Valla rota

La ley de inmigración II y los giros políticos de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

En nuestro artículo de la semana pasada explicábamos las marcadas diferencias entre los inmigrantes ilegales y los inmigrantes bajo la amnistía que les concedió DACA. Y apelábamos a la necesidad de una ley migratoria adaptada a los valores fundamentales de la nación estadounidense conforme a su constitución y el respeto a los derechos humanos, y por supuesto a sus propios intereses nacionales. Hoy retomamos el tema para explicar el cambio de dirección que han tomado las cosas, producto de un momento de pragmatismo en el que Trump negocia con el partido demócrata un acuerdo que mantendría el estatus pseudo-legal de estos individuos. Muy a pesar de que los pronósticos apuntaban en la dirección opuesta.

Trump es un hombre que necesita resultados, no hay más que ver sus negocios y la fortuna que ha conseguido amasar. La lealtad no es precisamente el valor más arraigado en su proceder, y la mejor prueba es que hoy estamos hablando de pactos entre él y el partido demócrata para sacar adelante una ley migratoria que proteja a estos “dreamers”, después de haber sido él mismo el que activó el debate y expresó sin tapujos su tendencia anti-inmigración, en la que los DACA estaban incluidos. Es bien sabido que en política los pactos entre distintos partidos son la clave de la supervivencia del sistema, pero en el caso de este inesperado cambio de postura de Trump se refleja su falta de afiliación y lealtad al partido republicano, y su desvinculación a la tradición más conservadora de las bases del partido.

En su estilo más puro, negocia durante una cena con los líderes demócratas el miércoles por la noche y amanece el jueves a las 6:35 a.m. twitteando a sus fieles seguidores, intentando justificar las razones de su cambio de postura (que valga acotar fueron las mismas razones que expusimos en esta columna la semana pasada): “Ellos fueron traídos a nuestro país hace muchos años atrás por sus padres, cuando eran niños. No es su culpa…” etc., etc. La clave de la rapidez de estas negociaciones están en poder presionar para presentar la ley antes del 13 de Diciembre, fecha en que vence la deuda pública, y en la que se verán obligados a negociar una vez más con los demócratas para evitar el cierre del gobierno estadounidense. Sumado a esto, son pocos los días legislativos que quedan dentro de la normativa y funcionamiento del congreso. Ambos escenarios benefician a los demócratas dándoles mayor control del juego.

Lo que seguramente Trump no midió fueron las consecuencias internas en las bases del partido republicano, en el núcleo más conservador, pues ésta es la segunda estacada en que deja a su partido en dos semanas. La primera fue el acuerdo con los demócratas para autorizar más gasto, más deuda pública y evitar el cierre del gobierno.

Los analistas ahora están planteando que Trump está buscando espacios de entendimiento con la oposición para poder sacar leyes adelante en vez de dejar que la lenta burocracia vaya a su ritmo. Sin embargo, en las filas de su partido se percibe como traición. A pesar de que muchos puedan estar a favor de los acuerdos, no están a gusto con las formas y el secretismo a sus espaldas.

Da la impresión de que las promesas electorales que lo hicieron presidente empiezan a desvanecerse frente a las ganas de empezar a dar resultados y avanzar. Hay que ver si favoreciendo a los “dreamers”, con la contrapartida pública de tener el apoyo demócrata para fortalecer la seguridad fronteriza, es un precio político razonable. Los demócratas están aprovechando su momento para sacar la mejor tajada: negocian la deuda sólo hasta diciembre, y mientras tanto consiguen avances políticos, como mantener DACA. Mientras que en las filas del partido republicano Trump está generando una división aún mayor que puede comprometer futuras negociaciones y apoyos que seguramente necesitará en el futuro cercano.

Fractal

Veinte años de la crisis asiática (y 3). El efecto mariposa. Miguel Ors Villarejo

El Museo Siam de Bangkok ha dedicado este año una exposición al aniversario de la crisis asiática. Aparte de fotografías y gráficos con la cotización del baht, el visitante podía contemplar “objetos que condensan el sufrimiento de los ciudadanos corrientes”, cuenta la agencia AP: “la estatua del Buda a la que un hombre de negocios confesó lo que no se atrevía a decir a su familia: que se había arruinado. O el teléfono por el que una mujer se enteró de que su jefe se había quitado la vida”. Algunos estudios cifran en 10.400 los suicidios adicionales que se produjeron en 1998 solo en Japón, Corea del Sur y Hong Kong.

La muestra se subtituló “Lecciones (no) aprendidas” y a The Economist le parece con razón “injusto”, porque las víctimas de la catástrofe se saben hoy muchas cosas “de memoria”. “Con la excepción de Hong Kong”, dice la revista, “no confían en una paridad fija con el dólar para controlar la inflación”. También son mucho más sensibles a los desequilibrios exteriores. “Tailandia arroja hoy un superávit del 11% en su balanza por cuenta corriente”.

Los tigres no son los únicos que han extraído enseñanzas. El FMI también se vio obligado a revisar su manual de primeros auxilios. Sus remedios nunca han sido muy populares, pero en 1997 imponía unas condiciones tan draconianas para acceder a sus préstamos contingentes, que Malasia rompió las negociaciones y decidió salir por libre del atolladero. En abierto desafío con el catecismo liberal vigente, impuso controles de capitales, aumentó el gasto público y rescató empresas y bancos. “El establishment académico auguró el colapso inevitable de la economía malaya”, recuerda Martin Khor, director del think tank South Centre. “Pero sorprendentemente se repuso incluso más deprisa y con menos pérdidas que otros países. Hoy las medidas [de Kuala Lumpur] se consideran una eficaz estrategia anticrisis”. Tuvimos ocasión de apreciarlo en 2007 y 2008, cuando Estados Unidos no dudó en nacionalizar su industria del motor y el G20 auspició un plan de estímulo para relanzar la actividad mundial.

Al final y a pesar de los anuncios apocalípticos de la izquierda, el capitalismo sobreviviría a aquel verano de 1997. “Los tigres se recuperaron antes de lo previsto”, reconoce el presidente del Banco de Desarrollo Asiático, Takehiko Nakao, y una vez saneados han retomado un vigoroso crecimiento.

Pero sería una ingenuidad incurrir en un optimismo de signo opuesto. En el azul firmamento capitalista los horizontes nunca están del todo despejados. Primero, porque la flotación de la moneda no es un remedio infalible. Todos (en Asia, en Europa o en América) estamos supeditados a las decisiones de la Reserva Federal. Cada vez que sube o baja tipos, altera la rentabilidad relativa de los activos y ocasiona movimientos de capitales que pueden hacer mucho daño.

Y segundo, porque se engaña quien crea que las crisis son consecuencia de la ineptitud (o la venalidad) de los responsables políticos y económicos, y que otros más perspicaces (u honestos) podrán evitarlas en el futuro. La seguridad absoluta no existe. El matemático John Allen Paulos relata el experimento de tres investigadores que emularon un negocio de elaboración y venta de cerveza, “con fábricas, mayoristas y minoristas, todo de pega. Introdujeron regulaciones verosímiles sobre pedidos, plazos y existencias, y pidieron a directivos, empleados y otras personas que […] jugaran como si todo fuera serio”. No tardaron en detectar “variaciones imprevistas”, “graves retrasos en el cumplimiento de los pedidos” y “una sensibilidad extrema a cualquier pequeño cambio”.

Es lo que predice la teoría del caos. En todo sistema dinámico (como la bolsa o la atmósfera) una alteración minúscula en las condiciones de partida puede dar lugar a escenarios diametralmente opuestos. “El lector de prensa”, aconseja Paulos, “debería ser muy cauto ante […] las crónicas que señalan causas únicas” para situaciones complejas, como las recesiones, porque están sujetas a fuerzas que las hacen “poco predecibles”. El aleteo de una mariposa en China puede determinar que, meses después, en Florida reine la calma o ruja un huracán. Y el hasta entonces irrelevante déficit exterior de un país del Lejano Oriente puede desatar el pánico en las finanzas planetarias.

Mujer asiatica

El rol de la mujer en Asia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Diversos expertos coincides en que septiembre de 1995 marcó un momento histórico en la reivindicación de derechos de la mujer en Asia. La firma de la “declaración de Beijing” selló las pautas de los estándares a seguir en igualdad de género, acceso igualitario a la educación, militancia política y lucha contra la violencia de género, entre los aspectos más destacados. De acuerdo con Naciones Unidas fue el plan más progresista que jamás había existido para promover los derechos de la mujer. A pesar de que han pasado más de dos décadas, esta declaración sigue siendo una fuente de poderosa inspiración y guía para la sociedad civil, los gobiernos y los activistas en la lucha por avanzar en este camino.

Asia ha crecido de manera significativa en las últimas décadas; ha sacado de la pobreza extrema a millones de personas, sin embargo, más de 800 millones de asiáticos siguen viviendo con menos de 1,25 dólares diarios y 1.700 millones sobreviven con menos de 2 dólares diarios (de acuerdo con la organización para la cooperación y el desarrollo). En el caso de las mujeres, en el sur de Asia la participación en la fuerza de trabajo es tan solo del 40% comparado con la masculina. En Asia Central y del Este las niñas de primaria y secundaria se matriculan un 20% menos que los niños.

En el caso de India, desde 2005 se está observando un fenómeno curioso: cada vez más mujeres tienen acceso a educación; sin embargo, menos mujeres trabajan. A pesar de la expansión de centros urbanos, menos mujeres se insertan en actividades laborales en estas ciudades, hecho llamativo, porque suele ser radicalmente opuesto a lo que ocurre en otras sociedades. Tan solo el 27% de las indias trabajan y, contrariamente a lo que ha sucedido en la mayoría de las sociedades, en India cada día aumenta el paro femenino. Entre 2000 y 2012, más de 70 millones de indias dejaron de trabajar según la Sociedad Asiática (Asian Society Organization). En Pakistán, donde solo un 25% trabajan, en los años recientes se ha observado cómo ha habido un aumento progresivo.

En Bangladesh, el 58% de sus mujeres participan en alguna actividad laboral, mientras que en Nepal el 80% trabajan, siendo el porcentaje más alto en el sur de Asia, de acuerdo con un estudio publicado por la Universidad de Harvard en el 2016. Sin embargo, la mayoría de las mujeres sufren malnutrición y no reciben remuneración por su trabajo; es una sociedad dominada por castas donde la mujer ha estado históricamente en desventaja.

En Asia, el protagonismo político sigue siendo ejercido en su mayoría por hombres. En Filipinas únicamente ha aumentado un 10% la participación femenina en el gobierno nacional. Al igual que pasó en Indonesia o Corea del Sur, el hecho de que muchas mujeres lleguen a altos cargos políticos se debe a que son hijas o esposas de algún personaje destacado de la esfera política del país y curiosamente no han utilizado sus posiciones para defender los derechos femeninos. A pesar de que los países del sureste asiático han firmado la declaración de la eliminación de cualquier forma de discriminación femenina, con la excepción de Laos y Vietnam, es difícil incorporar la igualdad de género cuando un hijo es siempre más deseado que una hija; o en el caso de los países budistas que siguen creyendo que reencarnar como mujer tiene menos méritos y es consecuencia del comportamiento en vidas pasadas.

Japón por su parte cuenta con una participación política femenina de tan solo el 10%, mientras que solo 49% de sus mujeres trabajan; y a pesar de ser un país industrializado, la diferencia salarial es del 26,6% entre géneros. Parecida es la situación en Corea del Sur donde, a pesar de que el 99% de las mujeres reciben formación, tan solo la mitad de ellas trabajan.

Otra muestra de lo importancia que tiene la igualdad de género en el desarrollo económico de la región puede constatarse en las prioridades que tiene el Banco de Desarrollo de Asia, que tan solo en el 2016 destinó 45% de su presupuesto a esta materia. Cuenta con un plan operacional de incentivos para la promoción de la mujer, que comenzó en el año 2013 y que prevé continuar hasta el 2020, en donde estiman que llegarán a conseguir el objetivo, a través de un seguimiento de la inserción de la mujer en actividades económicas (emprendedoras, oportunidades, créditos, etc.), educación de niñas y adolescentes (desarrollo de sus vocaciones, capacitación, etc.), y el seguimiento en las leyes y políticas en pro de reducir las diferencias entre géneros, además de incentivar el acceso a posiciones en toma de decisiones tanto en el sector privado como público.

Mucho camino se ha andado y a pesar de que se ha progresado con la puesta en marcha de leyes y políticas para beneficiar a las mujeres y niñas asiáticas, aún queda un largo camino por recorrer. Y en muchos casos las religiones, los usos y costumbres culturales suponen el más aguerrido de los bloqueos en esta lucha.

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El amo del termostato

Cuando en 1999 el Wall Street Journal preguntó a una serie de personalidades cuál creía que había sido el invento del milenio, el fundador del Singapur moderno, Lee Kuan Yew, no citó la máquina de vapor ni internet. Eligió el aire acondicionado porque gracias a él, decía, los trópicos habían neutralizado la desventaja de su clima húmedo y caluroso. El periodista Cherian George aprovechó el comentario para escribir La nación del aire acondicionado, una recopilación de artículos que desarrolla la metáfora de la ciudad estado como un sitio agradable, pero artificial y despótico. “Lee hizo confortable Singapur, pero tuvo buen cuidado de no soltar el termostato”, ironizaba The Economist en el obituario que le dedicó en marzo de 2015.

Aunque la isla es teóricamente una democracia, el acoso a la oposición mediante una ley antidifamación heredada de la Inglaterra victoriana frustra cualquier alternancia en la práctica. Resguardado de la presión electoral, el Gobierno puede ahorrarse el populismo que tanto daño ha hecho, por ejemplo, a Latinoamérica. “Nosotros decidimos lo que es correcto, no nos preocupa lo que la gente opine”, solía decir Lee, que siempre consideró el autoritarismo una de las claves que les había permitido saltar en una generación Del Tercer Mundo al Primero, como pomposamente tituló sus memorias.

En realidad, Singapur ya era una importante plaza comercial en el siglo XIX y en 1965, cuando los choques entre chinos y malayos la obligaron a dejar la federación de Malasia, era un lugar “próspero, al menos para los estándares de la época”, escribe el politólogo de la Universidad de Cornwell Tom Pepinsky. Su PIB per cápita era de 516 dólares, similar al de Portugal y algo inferior al de Grecia.

El hecho de que el punto de partida no fuera tan bajo como a Lee le gustaba repetir no le resta, sin embargo, mérito. Mientras portugueses y griegos rondan hoy los 20.000 dólares, los singapurenses superan los 50.000. ¿Cómo lo han logrado?

Adam Smith explica en La riqueza de las naciones que “para llevar una nación desde la barbarie más abyecta a las más altas cotas de opulencia poco más se requiere que paz, impuestos moderados y una tolerable administración de justicia”. Esta escueta cita resume en buena medida la receta de Singapur.

Primero, paz. La Ciudad del León (significado etimológico de su nombre) está encajonada entre vecinos hostiles: Malasia al norte e Indonesia al sur. Lee levantó un ejército capaz de disuadirlos de cualquier veleidad. Con cinco millones de habitantes, Singapur dedica a defensa más dinero que Indonesia, que tiene 250 millones.

Segundo, impuestos moderados. Como escribe el Nobel Joseph Stiglitz, Lee obligó a sus conciudadanos a “responsabilizarse de sus necesidades”. Debían depositar un tercio de sus salarios en un “fondo de previsión” con el que se costean la sanidad, la vivienda y las pensiones. Las competencias del Estado son mínimas y el gasto público supone el 19% del PIB, uno de los más bajos del mundo.

Tercero, una tolerable administración de justicia. Este fue el aspecto decisivo. “No basta con bajar los impuestos para captar inversores”, declaraba el politólogo Mark Klugmann a Actualidad Económica en 2014. “Con eso creas la típica zona especial, que no tiene nada de especial, porque hay 3.500 en el mundo. No digo que esté mal, pero los capitales prefieren Alemania o Suiza. ¿Por qué? Porque los magistrados son íntegros”.

Lee era abogado y sabía que una buena tradición judicial era clave para atraer a las multinacionales, pero ¿qué tradición podía ofrecer si no tenía ni dos minutos de vida? Se volvió hacia Hong Kong. ¿Cómo se las había ingeniado su Tribunal Supremo para labrarse su reputación? De ningún modo. Hong Kong no tenía Tribunal Supremo. Estaba en Londres. Había externalizado la administración de justicia. “Singapur hizo lo mismo”, dice Klugmann, “y en 15 minutos acumuló seis siglos de práctica jurídica”.

Y las libertades políticas, ¿son irrelevantes entonces? No deben de serlo cuando la inmensa mayoría de los países ricos son democracias consolidadas. La razón es que la celebración regular de elecciones limpias permite “descartar las opciones fallidas” y facilita la “alternancia pacífica” de Gobierno, como señala Michael Ignatieff.

Lee fue un líder inteligente y honesto que, además, tuvo suerte. Pero ¿qué habría pasado si se hubiera equivocado gravemente? El planeta está lleno de ejemplos (Cuba, Corea del Norte, Filipinas, Guinea) que demuestran que conviene soltar el termostato de vez en cuando.

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Por qué Xi Jinping no se arrima más al toro

En noviembre de 2013, a los pocos meses de asumir la presidencia de China, Xi Jinping reiteró ante el Comité Central del Partido Comunista el papel “decisivo” que el mercado desempeñaba en la asignación de recursos y se comprometió a restringir la intervención del Estado en la economía. El comunicado despejó cualquier duda sobre su filiación: Xi era, sin duda, un reformista. Un apparatchik incluso declaró al Diario del Pueblo que sus planes supondrían un “salto adelante” comparable al de Deng Xiaoping, padre de la liberalización que transformó la República Popular en el gigante actual.

Casi cuatro años después, Xi únicamente ha mostrado resolución para “ocupar y militarizar amplias zonas” del Pacífico, se lamenta Ian Johnson en la New York Review of Books. “Xi será uno de los líderes más fuertes sobre el papel”, añade, pero es “mucho menos impresionante cuando se consideran sus obras”. Y señala cómo las ineficientes empresas públicas sobreviven gracias a la respiración asistida que les suministra la banca oficial. “La argumentación con la que se pretende justificar la desaceleración […] ya no es creíble”, escribe Johnson. El país no atraviesa un bache cíclico, sino que podría estar cayendo en “la temida ratonera de los ingresos medios”, una fase en la que quedan atrapadas las sociedades cuyos gobernantes son incapaces de adoptar las medidas que conducen a la prosperidad genuina.

Es una crítica dura y bien documentada. Respecto de la expansión militar, la necesidad de garantizarse las materias primas y el control de las rutas comerciales ha llevado a Pekín a reivindicar “en menos de dos años […] 17 veces más tierra en el mar de la China Meridional que el resto de reclamantes en los últimos 40 años”, señala Águeda Parra Pérez en un artículo del Instituto Español de Estudios Estratégicos. Sin embargo, esta politóloga también subraya que Xi “se ha mostrado siempre firmemente comprometido con la paz” y que, de hecho, “sus presupuestos de defensa llevan años en descenso”, en gran medida porque no quiere “repetir los errores de la antigua URSS”, cuya escalada militar acabó asfixiando el desarrollo.

La gran prioridad de Pekín sigue siendo el crecimiento. ¿Por qué no acomete entonces las reformas que Johnson le aconseja? Básicamente, porque no es tan sencillo. Como los expertos taurinos que gritan al matador desde la seguridad del tendido: “¡Pero arrímate más, hombre!”, los columnistas financieros dicen con mucha seguridad lo que hay que hacer, pero en realidad tienen menos idea de la que aparentan. Durante una charla pronunciada en 2009, Dani Rodrik observó que los grandes hitos en la lucha contra la pobreza se han producido al margen de la academia. “¿Puede alguien darme el nombre del economista occidental o del trabajo de investigación en que se basaron las reformas chinas?”, preguntó a su auditorio. “¿Y qué me dicen de Corea del Sur, Malasia o Vietnam?” En ninguno de esos casos jugó la teoría un rol decisivo. Hasta Chile, cuyo éxito se atribuye (“erróneamente”, según Rodrik) al asesoramiento de Milton Friedman, despegó después de que se descartaran varias “políticas desastrosas de los Chicago Boys” y se aplicara una “heterodoxa combinación” de liberalismo, control de capitales y programas sociales.

El propio Xi comenzó hace tres años a aplicar las directrices de los organismos internacionales. “Recuerdo que daba clases allí [en China] y, de la noche a la mañana, me desapareció un tercio de los alumnos”, contaba en Actualidad Económica el profesor del IESE Pedro Videla. “Les dije: ¿tan mal lo estoy haciendo?, pero me explicaron que eran funcionarios y que se habían acabado sus privilegios: los Audi, las casas, los másteres. A partir de ahora todos los ciudadanos iban a ser iguales… Esta caída del gasto público se trasladó, sin embargo, a la economía general con más intensidad de lo previsto. La construcción se hundió, lo mismo que el consumo de los hogares. El Gobierno se asustó, recogió velas y ahora el crédito crece a tasas del 80%, los pisos han vuelto a dispararse y la inversión, que se había desplomado al 10% del PIB, ha remontado hasta el 25%”.

Si en la New York Review of Books se han dado cuenta de que la situación de las empresas públicas es delicada, seguro que en Pekín están también al corriente. Otra cosa es que puedan hacer algo al respecto. Han logrado modificar algo la composición de su economía”, dice Videla. “El sector servicios ya aporta el 50% del PIB. Pero el resto del ajuste no sabemos cómo va a ir. Hasta ahora pensábamos que lo controlaban todo e iban a evitar una caída brusca. Pero hace dos veranos fueron incapaces de levantar la bolsa y han surgido las dudas”.

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INTERREGNUM: Corea después de Park

Coincidiendo con el 30 aniversario de su transición a la democracia, Corea del Sur acaba de pasar por una dura prueba para la solidez de sus instituciones: la destitución de la presidenta Park Geun-hye. El 10 de marzo, por unanimidad, el Tribunal Constitucional confirmó el procedimiento puesto en marcha por la Asamblea Nacional el pasado mes de diciembre, tras conocerse que la presidenta compartía información clasificada con una amiga y confidente, que ésta utilizó para enriquecerse de manera ilícita. Termina así un periodo de inestabilidad y de manifestaciones populares, a favor y en contra de Park, que han revelado la profunda división ideológica y generacional de la sociedad surcoreana.

Algunos analistas hacen hincapié en la polarización social de los últimos meses, acentuada por un contexto de resistencia de los más jóvenes a los patrones jerárquicos propios de la cultura confuciana, el aumento del desempleo entre los graduados universitarios, y las presiones derivadas del rápido envejecimiento demográfico. Pese a unas circunstancias que no favorecen a priori la estabilidad política, los recientes acontecimientos quizá contribuyan sin embargo a fortalecer el sistema.

La decisión del Tribunal Constitucional confirma, por un lado, el respeto al Estado de Derecho en una cultura política habituada al autoritarismo. El “impeachment” de Park  ha abierto un debate sobre los defectos del modelo en vigor y la conveniencia de adoptar un modelo parlamentario o semipresidencialista (por ejemplo estableciendo la figura de un presidente con dos mandatos de cuatro años en vez de uno solo de cinco como el actual), que permitiría avanzar hacia un esquema político más transparente y participativo.

El impacto sobre la estrecha relación entre gobierno y grandes empresas, otra señalada característica del sistema político surcoreano, puede ser también significativo. La detención por soborno, vinculado con el mismo caso, de Lee Jae-Yong, heredero de la familia propietaria de Samsung, muestra que—en el fondo—han sido unas prácticas tradicionales las sometidas a juicio. La concentración del PIB surcoreano en un reducido número de conglomerados empresariales (“chaebol”) no parece ajustarse a los imperativos de una economía moderna en el siglo XXI. La prioridad por la innovación que tantos resultados ha proporcionado a Corea del Sur no es suficiente en una estructura de los negocios demasiado cercana al poder político, con el consiguiente riesgo de corrupción, de favoritismo y de decisiones equivocadas.

La vida política nacional no puede separarse, por último, de su entorno exterior y, en particular, de su vecino del Norte. Su situación geográfica entre tres grandes—China, Japón y Rusia—constriñe su margen de maniobra diplomático. A ello se suman los giros que suelen producirse en la política exterior surcoreana según el signo político del gobierno de turno. Los sondeos apuntan a la posible victoria, en las elecciones del próximo 9 de mayo, del liberal Moon Jae-in, quien fue jefe de gabinete del expresidente Roh Mu-hyun. De confirmarse tal resultado es previsible una política de acercamiento a Pyongyang, y de relativo distanciamiento de Estados Unidos (Moon se ha mostrado contrario al recién desplegado sistema antimisiles).

El próximo presidente herederá una nación divida. No obstante, no deben minusvalorarse las consecuencias de la destitución de Park. Lejos de afectar a la imagen internacional de Corea del Sur, representa un nuevo paso adelante en la consolidación de su democracia. En un contexto global de auge de movimientos autoritarios y populistas, y con una preocupante regresión democrática en el sureste asiático, hay que felicitarse por la victoria del Estado de Derecho en una de las grandes naciones del noreste de la región. Cuando parece reducirse el peso internacional de Europa, el futuro de la democracia dependerá en no pequeña medida del fortalecimiento del pluralismo en Asia.