El ajedrez asiático

Donald Trump ha afirmado que la situación creada por Corea del Norte y sus repercusiones en el área estratégica de Asia Pacífico es como una partida de ajedrez en la que no hay que adelantar públicamente las jugadas de cada uno. Y lo dijo tras afirmar que no había que descartar una acción militar directa de EEUU contra Corea del Norte y antes de sugerir que no se negaría a encontrarse con el presidente norcoreano si se dan las condiciones necesarias para ello. Todos estos comentarios, que parecen haber sorprendido a algunos analistas y desatado una nueva ola de comentarios de suficiencia respecto a Trump, no parecen indicar otra cosa que lo que desde hace meses parece evidente: Estados Unidos está volviendo al realismo político que durante décadas fue la estrategia de los republicanos y combinando está vuelta a los clásicos con un renovado protagonismo de la Casa Blanca en la puesta en marcha de la política exterior de Estados Unidos.

Sun Tzu, general, estratega militar y filósofo de la China del siglo VIII, citado hasta la saciedad (aunque mucho menos leído) como fuente de la estrategia militar, política y empresarial, dijo que “el bando que sabe cuándo combatir y cuándo no hacerlo se alzará con  la victoria. Existen caminos que no hay que transitar, ejércitos a los que no hay que atacar, hay ciudades amuralladas que no hay que asaltar”.

Este método de prudencia y cálculo a la hora de emprender acciones militares seguramente es bien conocido por los asesores de Trump y, desde luego, parece una definición anticipada de la posición estratégica china desde hace muchos años. En el fondo se trata de la doctrina de acumulación de fuerzas y razones y la aproximación indirecta a un objetivo antes de emprender una acción que una vez puesta en marcha debe ser decisiva.

No darle importancia y presentar estas posiciones como un comentario más de Trump es un error que incide en los que ya comete Europa, que sigue perdiendo oportunidades de estar presente en la esfera internacional dejando todo el protagonismo a terceros. La cada vez más intensa agenda de Putin (conversaciones con Merkel y Trump con pocas horas de diferencia) sin que exista aparentemente una posición común de la UE al menos respecto a dos problemas fundamentales, Corea del Norte y la presión rusa en el Báltico, definen bien quienes están a cada lado del tablero, aunque tal vez sea uno de esos en los que pueden jugar más de dos.

INTERREGNUM: Cacofonía norcoreana

Mientras Kim Jong Un aprovechaba el 105 aniversario del nacimiento de su abuelo—el “presidente eterno” de Corea del Norte, Kim Il Sung—para mostrar al mundo sus capacidades militares y amenazar a Estados Unidos, Trump siguió desconcertando a los observadores. Responder a las bravuconadas de Kim mediante el envío de un portaaviones que en realidad iba camino de Australia no contribuye a su credibilidad. Pero más llamativas resultan sus declaraciones sobre el juego diplomático que dice haber puesto en marcha con Pekín.

Trump aseguró que si China no presionaba a Pyongyang, actuaría por su cuenta. Es posible, sin embargo, que, durante su encuentro en Florida a principios de este mes, el presidente Xi Jinping le convenciera de lo inviable de toda solución unilateral. Afirmar que “todas las opciones están encima de la mesa” carece pues de valor cuando Trump sólo puede gestionar—que no resolver—la crisis norcoreana con la ayuda de Pekín. Su tweet indicando, por otra parte, que no acusará a China de manipular su moneda por la colaboración que ésta va a prestar con respecto a Corea del Norte, como si tal quid pro quo fuera posible, refleja un notable desconocimiento de los intereses estratégicos chinos.

Pekín comparte el objetivo de una península desnuclearizada y la urgencia de mitigar la escalada de tensión. Pero Corea del Norte representa un útil instrumento de negociación en su relación con Estados Unidos al que no va a renunciar (especialmente si aspira a conseguir el visto bueno de Washington a su creciente control del mar de China Meridional). Por lo demás, según contó Trump en otro tweet, Xi le explicó que Corea perteneció a China en otros tiempos: una revelación que—pese a la indignación que ha provocado en Seúl—confirmaría la ambición de Pekín de rehacer un orden sinocéntrico en Asia, como el que existió hasta la irrupción de Occidente a mediados del siglo XIX. La contradicción que esto supone con su tweet anterior quizá se le haya escapado al presidente. Lo relevante, en cualquier caso, es que—en la actual dinámica de redistribución de poder—las amenazas vacías de Washington debilitan la confianza de sus aliados, y facilitan de ese modo la reconfiguración de la estructura regional de seguridad deseada por Pekín.

Un escenario bélico parece descartable por sus consecuencias, pero el tiempo juega a favor del desarrollo del arsenal nuclear norcoreano; una perspectiva que también inquieta a China aunque la garantía de seguridad que quiere Pyongyang sólo se la puede dar Estados Unidos. Ante la innegable gravedad del problema se requiere mayor creatividad, una mejor comprensión de los objetivos chinos a largo plazo y, quizá, mayor discreción. Silenciar la cuenta de tuiter del presidente no perjudicará a la diplomacia norteamericana.

Sigue la rectificación del rumbo

El cambio de lenguaje de la Administración Trump respecto al acuerdo con Irán apoyado y negociado por la Administración Obama, el aumento de la presión contra el Daesh en Afganistán mientras el gobierno de Kabul, sin rechazo de EEUU, negocia con un sector de los talibán, el aumento de protagonismo en el escenario sirio y el aumento de la dureza verbal respecto a Corea del Norte dibujan ya un cambio de modelo en la gestión de la escena internacional. A qué consecuencias conduce este cambio es otra cuestión.

El cambio respecto a Irán, en el fondo, no es tan sorprendente. Si sumamos que los republicanos nunca vieron con buenos ojos lo que consideraron un exceso de concesiones a Teherán al hecho de que, si EE.UU. quiere recuperar protagonismo en Siria separando su campo del de Bachar el Assad, tiene que marcar territorio con Irán, aliado de Moscú y de Damasco, tenemos parte de la explicación. La otra es que Teherán está viendo crecer sus divergencias internas, y la Administración Trump sabe que es buen momento para advertir que no va a poder convertir aquel acuerdo con Obama para fortalecer su aspiración a ser potencia regional, apoyada en la amenaza nuclear y miliar a medio plazo.

Al otro lado de la frontera oriental iraní, un fortalecimiento de la presencia del Daesh es una amenaza para Kabul, para Estados Unidos y para la estabilidad, y también para Irán, que teme ver crecer el radicalismo sunnita en su flanco oriental y para los propios talibán que, aunque compartan teología, se disputan parcelas de poder. En el fondo, una gran ofensiva en Afpak, como llaman en EE.UU. a la región afgano-pakistaní sería, en parte, un alivio para Teherán y sus aliados de Moscú.

En realidad, la nueva misión del mundo del equipo de Trump es menos novedosa de la que intentó poner en marcha Obama. Parece que EEUU vuelve al realismo político de la era Kissinger, tan alejada del idealismo de Obama como del redentorismo pretencioso y no menos idealista de los neocom.

Pero hay que esperar. Trump es impulsivo, tiene tendencia al narcicismo y necesitan que le marquen el territorio en casa. Y esos elementos son malos compañeros para gestionar las crisis.

Trump tropieza (otra vez) con la realidad

Cuando en marzo de 2001 los talibanes demolieron los Budas de Bamiyán, miles de miradas se giraron hacia George W. Bush, pero este no movió un dedo. Durante la campaña, en uno de los debates que mantuvo con Al Gore, ya había advertido que no compartía “el uso de las tropas” que la Casa Blanca estaba haciendo y que él sería más “cuidadoso”. No mencionó Afganistán ni Al Qaeda, pero en diplomacia no es necesario ser explícito. La opinión pública interpretó correctamente que el nuevo presidente se replegaba de la escena internacional.

Hasta que Bin Laden le tiró las Torres Gemelas. En ese momento Bush se dio cuenta de que nada humano le era ajeno y de que si Estados Unidos no iba a Afganistán, Afganistán acababa yendo a Estados Unidos.

Quince años después, Donald Trump ha vuelto a rehacer el mismo camino. Tras señalar que Siria “no es asunto nuestro” y desaconsejar a Barack Obama que la atacara, acaba de destruir la base desde la que partieron los aviones que gasearon el pasado 4 de abril la localidad de Khan Sheikhoun.

La psicología de dictadorzuelos como Bachar el Asad es bastante elemental. Son como un niño pequeño: prueban los límites de los padres hasta que les cae un coscorrón; entonces se paran. Por desgracia, Obama no era mucho de dar coscorrones (o de que se le viera dándolos) y en Damasco se habían ido envalentonando, especialmente después de comprobar cómo la amenaza de que no toleraría el uso de armas químicas se quedaba en papel mojado.

Henry Kissinger ya advirtió en su día que esta retractación era muy inquietante, sobre todo porque no la consideraba un hecho puntual, sino la manifestación de un malestar más hondo. “La diplomacia y el recurso a la fuerza no son acciones aisladas”, razonaba en The Atlantic hace unos meses. “Están vinculadas”, lo que significa que “la otra parte de una negociación debe saber que hay un punto de inflexión más allá del cual pasarás a imponer tu voluntad. De lo contrario, estás condenado al bloqueo o la derrota”.

El problema es que, para ir más allá de ese punto, deben darse tres condiciones. Estados Unidos reúne dos: “una capacidad militar adecuada” y “la voluntad táctica de desplegarla”, pero ha perdido la tercera: “una doctrina que alinee los valores del poder y la sociedad”.

Durante la Guerra Fría hubo plena sintonía entre políticos y ciudadanos: por eso se derrotó a la Unión Soviética. Pero en Vietnam e Irak “fuimos demasiado lejos”, dice Kissinger, “porque nuestra acción armada no se había adecuado ni a lo que los votantes podían soportar ni a una estrategia para la región”. Como Obama, muchos americanos piensan que la democracia no se puede defender vulnerando los valores que la inspiran. Cada vez que Washington apoya a un dictador o derroca a un líder legítimo, se enajena la simpatía de la opinión pública y socava su propia base de autoridad. De acuerdo con esta doctrina, sigue Kissinger, “el mejor modo en que Estados Unidos puede contribuir a la difusión de sus principios es retirándose de aquellas regiones donde únicamente podemos empeorar la situación”. Eso es lo que se hizo en Siria.

Esta actuación exterior tiene una justificación ética endeble, por no decir que hipócrita. “Obama ha efectuado bombardeos similares [a los de Camboya en 1969] con drones en Paquistán, Somalia y Yemen”, observa Kissinger. Pero sobre todo supone una transformación radical. Desde Harry Truman, todos los presidentes han coincidido en la necesidad de involucrarse en los acontecimientos internacionales. Existía una “visión clara” de lo que era el “orden pacífico” y “nadie cuestionaba que nos sacrificaríamos para preservarlo”. Se estacionó un gran ejército en Europa y se enviaron portaaviones al golfo Pérsico y al estrecho de Formosa.

Con Obama esa determinación se tambaleó. Por primera vez desde los años 40 la implicación de Washington en el resto del planeta dejó de estar garantizada.

Trump ha vuelto a poner las cosas en su sitio. A ver lo que dura.

INTERREGNUM: Putin se cuela en Palm Beach

No parece probable que Xi pensara en Siria mientras su avión aterrizaba en Palm Beach. Alguna pequeña cesión tendría que conceder a Trump en materia comercial, y la discusión sobre Corea del Norte resultaría inevitable, especialmente tras su penúltimo lanzamiento de un misil solo horas antes. Seguramente el presidente norteamericano también querría hablar del mar de China Meridional. Pero, ¿Siria?

El bombardeo de Estados Unidos ha transformado sobre la marcha el contexto de la cumbre Trump-Xi. Aun sin esperarse grandes decisiones—Trump carece aún de una política elaborada sobre China y del equipo correspondiente; Xi tiene que evitar sorpresas antes del Congreso del Partido Comunista en otoño—este primer encuentro entre los dos principales líderes mundiales podía ser determinante de la percepción de los países asiáticos sobre el cambio de equilibrio de poder entre ambas potencias. El lanzamiento de misiles sobre Siria ha alterado, sin embargo, la agenda.

La decisión de Washington no se ha tomado sin pensar en su invitado chino—y en Corea del Norte. De un plumazo, la idea sostenida por algunos estrategas chinos de que Estados Unidos es un “tigre de papel”—expresión utilizada en su día por Mao Tse-tung—ha desaparecido del mapa. Opciones con respecto a Corea del Norte que parecían descartadas pueden cobrar nueva vida. Al mismo tiempo, Washington puede necesitar a Pekín para nuevos fines.

La evolución de los acontecimientos en Siria puede conducir, finalmente, a un consenso sobre el desafío geopolítico que representa Vladimir Putin. Más allá de su guerra híbrida contra Occidente, manipulando la información e interfiriendo en procesos políticos internos, su estrategia de ocupar los vacíos dejados por Estados Unidos quizá haya superado el punto de no retorno. El curso de la guerra siria, ha confesado Trump, le ha hecho cambiar de opinión sobre Assad, sobre Oriente Próximo y también—se entiende—sobre Putin.

Antes de nacer, ya puede darse por muerta la posibilidad de un entendimiento con el presidente ruso. Trump va a necesitar a la OTAN—que deja de ser “obsoleta”—y a la Unión Europea, pues también es una batalla por valores y principios políticos. Pero no puede encontrar mejor “aliado” que Xi, para quien la estabilidad del orden internacional es una absoluta prioridad.

Algunos analistas comparaban la cumbre Trump-Xi con el primer viaje de Nixon a Pekín, que, en 1972, supuso el principio del fin de la guerra fría. Quizá no sea casualidad que Henry Kissinger esté asesorando a la administración Trump, ni tampoco que Steve Bannon haya dejado el Consejo de Seguridad Nacional la víspera de la llegada de Xi. Mucho dependerá de la respuesta de Rusia a los misiles norteamericanos, pero, como cabía prever, los hechos empiezan a cambiar a Trump, más que Trump al mundo.

China: más presión sobre el islamismo

China sigue emitiendo mensajes difíciles de interpretar, entre otras cosas porque falta información en un país que sigue siendo hermético respecto al origen de la toma de decisiones y, sobre todo en detalles sobre el grado de tensión social y de la influencia real del islamismo, presente de manera significativa entre los integrantes de la etnia uigur.

Recientemente, las autoridades chinas han aumentado la presión sobre el islamismo radical prohibiendo llevar un velo que cubra totalmente el rostro, lucir una barba “anormalmente” larga o negarse a ver la propaganda del Estado en radio y televisión. Estas prohibiciones afectan a la región china de Xinjiang, un territorio foco de conflictos étnicos en el que las autoridades chinas acaban de introducir una nueva regulación cuyo objetivo es “frenar el extremismo” religioso.

La ley introduce 15 nuevas disposiciones, entre las que también se incluyen la obligatoriedad de que los menores reciban la educación estipulada a nivel nacional, la ilegalización de los matrimonios o divorcios a través de procesos religiosos en lugar de los procedimientos legales o el castigo por dañar de manera deliberada carnés de identidad oficiales, registros domiciliarios e incluso la moneda china, todas ellas vistas como “manifestaciones del extremismo”.

Los conflictos entre ciudadanos de la etnia uigur y la de los han, la mayoritaria en el resto del país, son algo habitual, y han generado numerosos episodios de violencia en los que han fallecido cientos de personas en los últimos años. Mientras que Pekín atribuye esta violencia a formaciones islamistas y secesionistas que mantienen vínculos con el extranjero, los grupos de uigures en el exilio y otros de derechos humanos consideran que los conflictos son la consecuencia de la represión que ejercen las autoridades comunistas sobre la libertad religiosa de esta minoría étnica y de las políticas aplicadas para fortalecer su control en la zona.

A finales de febrero, el Estado Islámico hizo público un vídeo en el que aparecían supuestos combatientes uigures entrenándose en Irak y prometiendo golpear a China para que la “sangre corra por los ríos”. Tras este anuncio, el régimen chino ha incrementado su presencia militar en Xinjiang, en donde ha llegado a realizar masivos desfiles militares en diferentes ciudades de la región, como el que reunió a más de 10.000 soldados en la capital regional, Urumqi.

Los problemas de seguridad con los uigures y el islamismo están, en gran parte, en el fondo de la política exterior china hacia las repúblicas centroasiáticas, su proyección geoestratégica por la antigua ruta de la seda y la búsqueda de cada vez  mejores relaciones con Pakistán, donde el islamismo radical tiene una presencia notable.

INTERREGNUM: Corea después de Park

Coincidiendo con el 30 aniversario de su transición a la democracia, Corea del Sur acaba de pasar por una dura prueba para la solidez de sus instituciones: la destitución de la presidenta Park Geun-hye. El 10 de marzo, por unanimidad, el Tribunal Constitucional confirmó el procedimiento puesto en marcha por la Asamblea Nacional el pasado mes de diciembre, tras conocerse que la presidenta compartía información clasificada con una amiga y confidente, que ésta utilizó para enriquecerse de manera ilícita. Termina así un periodo de inestabilidad y de manifestaciones populares, a favor y en contra de Park, que han revelado la profunda división ideológica y generacional de la sociedad surcoreana.

Algunos analistas hacen hincapié en la polarización social de los últimos meses, acentuada por un contexto de resistencia de los más jóvenes a los patrones jerárquicos propios de la cultura confuciana, el aumento del desempleo entre los graduados universitarios, y las presiones derivadas del rápido envejecimiento demográfico. Pese a unas circunstancias que no favorecen a priori la estabilidad política, los recientes acontecimientos quizá contribuyan sin embargo a fortalecer el sistema.

La decisión del Tribunal Constitucional confirma, por un lado, el respeto al Estado de Derecho en una cultura política habituada al autoritarismo. El “impeachment” de Park  ha abierto un debate sobre los defectos del modelo en vigor y la conveniencia de adoptar un modelo parlamentario o semipresidencialista (por ejemplo estableciendo la figura de un presidente con dos mandatos de cuatro años en vez de uno solo de cinco como el actual), que permitiría avanzar hacia un esquema político más transparente y participativo.

El impacto sobre la estrecha relación entre gobierno y grandes empresas, otra señalada característica del sistema político surcoreano, puede ser también significativo. La detención por soborno, vinculado con el mismo caso, de Lee Jae-Yong, heredero de la familia propietaria de Samsung, muestra que—en el fondo—han sido unas prácticas tradicionales las sometidas a juicio. La concentración del PIB surcoreano en un reducido número de conglomerados empresariales (“chaebol”) no parece ajustarse a los imperativos de una economía moderna en el siglo XXI. La prioridad por la innovación que tantos resultados ha proporcionado a Corea del Sur no es suficiente en una estructura de los negocios demasiado cercana al poder político, con el consiguiente riesgo de corrupción, de favoritismo y de decisiones equivocadas.

La vida política nacional no puede separarse, por último, de su entorno exterior y, en particular, de su vecino del Norte. Su situación geográfica entre tres grandes—China, Japón y Rusia—constriñe su margen de maniobra diplomático. A ello se suman los giros que suelen producirse en la política exterior surcoreana según el signo político del gobierno de turno. Los sondeos apuntan a la posible victoria, en las elecciones del próximo 9 de mayo, del liberal Moon Jae-in, quien fue jefe de gabinete del expresidente Roh Mu-hyun. De confirmarse tal resultado es previsible una política de acercamiento a Pyongyang, y de relativo distanciamiento de Estados Unidos (Moon se ha mostrado contrario al recién desplegado sistema antimisiles).

El próximo presidente herederá una nación divida. No obstante, no deben minusvalorarse las consecuencias de la destitución de Park. Lejos de afectar a la imagen internacional de Corea del Sur, representa un nuevo paso adelante en la consolidación de su democracia. En un contexto global de auge de movimientos autoritarios y populistas, y con una preocupante regresión democrática en el sureste asiático, hay que felicitarse por la victoria del Estado de Derecho en una de las grandes naciones del noreste de la región. Cuando parece reducirse el peso internacional de Europa, el futuro de la democracia dependerá en no pequeña medida del fortalecimiento del pluralismo en Asia.

Pyongyang y el desafío del juego del que nada pierde

Washington.- Corea del Norte ha estado más de medio siglo bajo sanciones de Naciones Unidas y lejos de restringir sus tendencias provocadoras parece que el efecto es, de hecho, contrario, o al menos eso es lo que parece haber pasado desde que le presidente Trump tomó posesión de la Casa Blanca. Con el tercer lanzamiento de un misil, aunque fallido, el pasado miércoles 22, Pyongyang ha respondido de esta manera a la visita del secretario de Estado Tillerson a la región del Pacifico. Este juego del que nada tiene que perder es realmente peligroso, pero ¿hasta dónde están dispuestos a llegar los coreanos del norte?

De acuerdo con el más reciente informe de Naciones Unidas, la mayoría de la población de Corea del Norte carece de asistencia sanitaria básica; el 41% de su población está desnutrida, y más del 70% de sus ciudadanos depende de la distribución de alimentos por organizaciones de ayuda humanitaria. Estas ONGs han sufrido una reducción considerable de sus presupuestos desde el 2012, año en que Pyongyang decidió reactivar su carrera misilistica.

Kim Jong-un no tiene nada que perder; gobierna un país muy atrasado en el que su población solo recibe la información y la propaganda del Estado, donde justifican el gasto nuclear como una necesidad imperiosa de poder reaccionar ante una ofensiva estadounidense. Todo esto mientras llaman títeres del imperio de los Estados Unidos a los coreanos del sur.

Choe Myong Nam, representante diplomático de Corea del Norte ante la sede de Naciones Unidas en Ginebra, afirmó a mediados de la semana pasada que no temen a ninguna maniobra que Estados Unidos esté intentando para imponer más sanciones en el sistema económico global, como el bloqueo de transacciones internacionales. Pyongyang continuará desarrollando su capacidad de ataque preventivo con la aceleración de su programa de misiles balísticos intercontinentales. Lo que hace evidente que los mecanismos diplomáticos, como las sanciones, les molestan pero no les detienen. En la página web de KCNA (agencia oficial de noticias de Corea del Norte) apareció publicado, justo después de la visita de Tillerson, un análisis de un grupo de abogados del régimen en el que solicitan un foro que determine la legalidad y legitimación de las sanciones que les han sido impuestas. Otra prueba de como juegan a una diplomacia paralela.

Kim Jong-un, el tercer líder supremo de la dinastía Kim que comenzó con su abuelo Kim il-Sung, a quien se le otorgó el título de “Presidente Eterno” sucedido por su padre Kim Jong-il , en cuyo caso el título es de “Eterno Secretario General” de la comisión nacional para la defensa, ha continuado con el plan inicial de la dinastía de mantenerse al precio que sea, pero además parece estar radicalizando su posición cada vez más.

Oficiales del Pentágono creen que habrá otro lanzamiento de misiles antes del fin del mes de marzo, razón por la que se mantienen la alerta de cuál será el objetivo, y confían en que el escudo antimisiles sea capaz de neutralizarlos. Imágenes satelitales han captado excavaciones de nuevos túneles en los alrededores de Punggye-ri, área donde se han hecho previamente pruebas nucleares, por lo que la inquietud es alta.

Otra medida que ha tomado el gobierno estadounidense es el patrullaje de la zona con el Air Force WC-135 Constant Phoenix, que ya se encuentra en Japón listo para empezar su misión. Este avión está especializado en capturar partículas en la atmosfera que puedan ayudar a determinar explosiones nucleares. El “sabueso”, por su nombre en el argot militar, ya fue usado en el 2006, cuando Corea del Norte hizo su primer lanzamiento nuclear, en el que se llegó a determinar la presencia de desechos radiactivos.

Estados Unidos está perdiendo la paciencia con los juegos del osado régimen. Míster Trump no es conocido precisamente por su carácter diplomático y conciliador. La clave de este entramado está en Beijing y en su disposición de parar a Kim Jong-un. El encuentro de Tillerson con el presidente chino Xi Jinping abrió una nueva fase de relaciones bilaterales y se sabe que el gobierno chino puso énfasis en las coincidencias entre ambos países y la necesidad de una mayor comunicación, mientras que Tillerson le pidió reforzar las relaciones y manejar apropiadamente los temas delicados, refiriéndose a Pyongyang.

Tal vez sea esta crisis la que acerque a China y Estados Unidos. O tal vez sea China quien aproveche la necesidad que tiene Washington de un mediador con Kim Jong-un, y a cambio reciba el beneplácito de Trump para penetrar en más mercados y enriquecer aún más a su economía. Mientras Estados Unidos se cierra con el proteccionismo, paradójicamente China se abre deliberadamente.

Ni tanto ni tan calvo

En la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, el ministro iraní de Asuntos Exteriores Mohamad Yavad Zarif planteó abrir un diálogo “entre hermanos” para abordar los conflictos de Oriente Próximo. “La escalada de la violencia que padece [la región] hunde sus raíces en la constante presencia de tropas extranjeras”, proclamó, como si el golfo Pérsico hubiera sido alguna vez un remanso de paz y sus habitantes necesitaran ayuda exterior para liarse a tortas.

Yavad Zarif trazó un paralelismo con la Guerra Fría y sugirió emular el proceso de Helsinki, en el que Occidente y el bloque soviético fueron aproximando posiciones pacientemente hasta converger en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Un “modesto foro” como aquel, señaló Yavad Zarif, podría “fomentar la confianza” y “promover el entendimiento en un amplio espectro de temas”.

Esta invitación al diálogo suena inevitablemente cínica en boca del representante de un régimen que lleva años atizando el fuego en Irak, Siria, Yemen, Líbano o Israel, y nadie en Múnich lo tomó demasiado en serio. Pero eso no significa que la solución consista en tensar más la cuerda, como parece dar a entender la Administración Trump, con sus amenazas de reconsiderar el acuerdo nuclear o de “dar un aviso” a Irán.

“Adoptar posiciones maximalistas al inicio de una transacción”, escriben Ross Harrison y Alex Vatanka en Foreign Affairs, “puede ser una estrategia efectiva” en el sector inmobiliario. Los empresarios de la construcción ponen sobre la mesa propuestas que saben inasumibles para la otra parte y entran en un toma y daca de ofertas y contraofertas hasta alcanzar un acuerdo. Por desgracia, esta técnica no es “transferible a las complejidades de las relaciones exteriores”, porque “no siempre hay abierto un proceso formal de negociación en el que uno pueda desdecirse” sin aparentar debilidad. Barack Obama se comió con patatas su advertencia de que no toleraría el uso de armas químicas en Siria y el propio Trump ha tenido que rectificar su decisión de abandonar la doctrina de una sola China.

En la Casa Blanca están convencidos de que Teherán es el malo de la película y quizás lleven razón, pero lo que pueden hacer al respecto es limitado. No solo no van a organizar una invasión, sino que necesitan la ayuda de Irán para combatir al ISIS y difícilmente la lograrán lanzando bravatas inverosímiles.

“Trump debe empezar por admitir dos realidades”, dicen Harrison y Vatanka. “La primera es que Oriente Próximo está enredado en un entramado de conflictos que involucran a multitud de actores” y “no puede aislar a Irán del resto de las piezas” sin poner en peligro los intereses estadounidenses.

La segunda es que los ayatolás se las han arreglado hasta ahora para sortear las iniciativas unilaterales de Washington, pero “son más vulnerables a la presión de la comunidad internacional”. Pueden permitirse andar a la greña con Estados Unidos, pero no con todo el planeta. “En otras palabras”, concluyen, “la forja de alianzas es el camino más seguro que Trump puede tomar […] para cumplir su compromiso de erradicar al ISIS” y, simultáneamente, contener a Irán.

La escalada militar en el Pacífico

Japón puso en funcionamiento un nuevo  buque capacitado para transportar helicópteros y eventualmente tropas y, por lo tanto, para actuar militarmente en puntos alejados o fuera de su territorio nacional. A pesar de las limitaciones impuestas a Japón tras su rendición en la II Guerra Mundial, las nuevas amenazas estratégicas, el tiempo transcurrido y sus acuerdos de defensa con Estados Unidos, el país del sol naciente va aumentando lentamente su capacidad de acción militar a la par que aumenta, de momento levemente, el nacionalismo japonés.

El segundo gran portahelicópteros nipón entró en servicio el miércoles, dando a Japón una mayor capacidad de despliegue más allá de sus costas para hacer frente a la creciente influencia de China en Asia. Lleva el nombre de un navío de la Armada nipona hundido por Estados Unidos en el Pacífico durante la guerra.

“La situación en el Mar de la China Meridional es estable gracias a los esfuerzos conjuntos de China y los países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN, por sus siglas en inglés). China y sus vecinos nunca permitirán a Japón que cree problemas”, han explicado fuentes oficiales china en una crítica a los movimientos de Tokio. Las tensiones entre China y Japón, la segunda y tercera economías más grandes del mundo, han aumentado por la disputa territorial causada por las disputas territoriales de algunas islas y la rivalidad en la región. Desde 2012, ambos países se enfrentan a un callejón sin salida al estilo de la Guerra Fría, tras nacionalizar el Gobierno japonés tres islas disputadas del mar de la China Meridional, que Pekín reclama.

Desde entonces, China ha enviado en reiteradas ocasiones buques militares a las aguas cercanas a las deshabitadas islas para expresar su rechazo a su nacionalización, mientras Pekín ha pedido muchas veces a Tokio que reconozca formalmente la existencia de una disputa sobre la soberanía de las islas. Japón lo ha rechazado por temor a que satisfacer la demanda de China fortalezca su posición en la región.

Las tensiones entre ambos países han tenido consecuencias económicas significativas, como la disminución de la inversión china en Japón, y muy probablemente, aumentarán en el futuro.