INTERREGNUM: El sudoku de Moon Jae-in. Fernando Delage

Tras confirmarse en las elecciones del pasado 9 de mayo lo anunciado por los sondeos, el candidato del Partido Democrático, Moon Jae-in, se ha convertido en el nuevo presidente de Corea del Sur. Los acontecimientos que condujeron a estos comicios anticipados—la destitución de su antecesora, la conservadora Park Geun-hye, por graves delitos—revelan la naturaleza de los problemas más urgentes que Moon debe afrontar. La reforma del orden constitucional—quizá en dirección de un régimen parlamentario—en el contexto de un sistema multipartidista en transformación, es una demanda ciudadana que no podrá obviar. Como tampoco podrá desatender las inquietudes de una sociedad preocupada por el envejecimiento demográfico, la desigualdad económica o el desempleo juvenil.

No le van a faltar deberes a Moon en el frente interno. Pero en Corea del Sur la política exterior no es una cuestión secundaria. Corea del Norte y China son cuestiones centrales en el debate nacional, como lo es la alianza con Estados Unidos. Los factores a considerar complican todo esfuerzo de continuidad, por lo que la orientación de la diplomacia surcoreana ha variado en función del color conservador o liberal del gobierno. Se espera por tanto un nuevo giro con Moon, aunque las variables en juego van más allá de una mera elección entre Washington o Pekín; entre reforzar las sanciones o acercarse a Pyongyang.

Moon fue la mano derecha del presidente Roh Moo-hyun (2003-2008), quien intentó mantener una política de autonomía estratégica y de cooperación con Corea del Norte: la misma “sunshine policy” que había formulado con anterioridad otro presidente liberal, el premio Nobel de la paz Kim Dae-jung (1998-2003). El contexto estratégico ha cambiado de manera considerable desde entonces. Intentar recuperar esa misma política cuando es clara la capacidad nuclear de Pyongyang puede debilitar la presión externa sobre el régimen y crear graves diferencias con Washington—no muy distintas, por cierto, de las mantenidas en su día entre George W. Bush y Kim Dae-jung. La rapidez con que Estados Unidos ha querido desplegar un sistema de defensa antimisiles (THAAD) en Corea del Sur antes de las elecciones—Park lo apoyó pero Moon se opone al mismo—para crear así una política de hechos consumados no favorecerá a priori el entendimiento del nuevo gobierno con Trump.

THAAD cuenta también con la radical oposición de Pekín, que ha adoptado diversas sanciones contra empresas e intereses surcoreanos en los últimos meses. Moon, que ha ganado con solo el 41 por cien del voto, se encuentra ante estas circunstancias con la percepción menos favorable a China de la opinión pública surcoreana de los últimos años (3,5 de un máximo de 10 en marzo). La paradoja es que nunca ha sido la República Popular más decisiva para el futuro económico del país, así como para todo escenario relacionado con la reunificación de la península.

Moon tiene que jugar varias partidas a la vez, bajo la presión de múltiples frentes, en un único tablero. Su intención de reconfigurar el equilibrio geopolítico de la región es comprensible, pero el margen de maniobra de Corea del Sur es limitado. Si su tamaño y posición estratégica fueran otros, quizá Bismarck podría servirle de guía para completar un sudoku de tal complejidad.

Corea del Norte sube el precio. Julio Trujillo

El lanzamiento de un nuevo misil, ahora con éxito, desde Corea del Norte, en su carrera por demostrar que están en situación de atacar las bases norteamericanas en Japón y en la zona es, básicamente, una subida del precio para aceptar un enfriamiento de la tensión regional. En un escenario en que las presiones de adversarios, como EEUU y Japón (además de Corea del Sur), y amigos como China, están aumentando las presiones, y en el que las elecciones en Corea del Sur han situado en la presidencia a un dirigente un poco menos duro con Pyongyang, los dirigentes norcoreanos entienden que subir un poco la agresividad y la provocación aumentando controladamente el riesgo es una buena apuesta.

En ese contexto ha irrumpido Rusia de manera pública criticando la acción norcoreana y, a la vez, recordando a EEUU que no hay otra alternativa que negociar, es decir, Moscú reforzando la pretensión norcoreana de conseguir ayuda financiera y ventajas a cambio de no desencadenar el terror. Es una vieja teoría no siempre oportuna y no exenta de riesgos.

Sin analizar aún todas las características técnicas del nuevo misil, del que EEUU dice que es un avance más y que, antes o después Corea del Norte conseguirá armas que podrían llegar a las costas norteamericanas del Pacífico, la realidad es que los tiempos para conseguir una contención efectiva van pasando y en un clima de tensión los riesgos se multiplican.

No es fácil tomar decisiones con garantías de efectividad; hay que recurrir a la experiencia, a la opinión de otras potencias con sus propios intereses y esperar en la otra parte una racionalidad que tampoco está garantizada. Pero esas son las cartas con las que hay que jugar esta partida.

¿Solicitar la desnuclearización de la Península coreana es mucho pedir?

Washington.- A Kim Jong-un le gusta jugar con fuego, y nunca mejor dicho, pero sus ensayos balísticos cada vez más frecuentes, aunque muchos fallidos, son una fuente constante de preocupación para el mundo. Parece que la presión internacional estimula a éste provocador sus ambiciones militares. Mientras más foros hablan del peligro que representa Corea del Norte, más lanzamientos de misiles vemos.

La Administración Trump ha sido muy directa en expresar su absoluto rechazo y disposición a responder a gran escala de ser necesario. Lo que a Pyongyang parece exacerbarle su deseo de responder con otro proyectil. En el fondo ha sido este pulso lo que ha puesto en los titulares de toda la prensa internacional a un país destrozado, que con lo único que cuenta es con armamento nuclear capaz de desestabilizar el planeta, que no es poco, razón por la que no frenarán su carrera armamentística, pues es su única arma de protagonismo internacional. Por lo tanto, ¿es descabellado pedir la desnuclearización de la Península coreana?

Tan solo unas horas previas al lanzamiento del misil del viernes pasado, Tillerson afirmaba que el objetivo final que tiene Estados Unidos es la desnuclearización de la península de Corea. Así mismo tachaba de extraordinariamente importantes las relaciones entre China y Estados Unidos, pues “nosotros necesitamos su ayuda para conseguir la desnuclearización”. Afirmaba también que Estados Unidos no va a volver a la mesa de negoción con Pyongyang, porque sería como premiarlos por estar violando las resoluciones de Naciones Unidas. Por su parte, China, en su tónica acostumbrada, llamaba a la calma y a una salida pacífica. Lo que, al menos por ahora, es difícil de imaginar.

Estados Unidos quiere jugar teniendo en su equipo a China. Sería la manera más sensata de resolver o parar esta grave amenaza. Ninguna de las partes desea un conflicto armado. La embajadora estadounidense ante Naciones Unidas, Nikki Haley, afirmó la pasada semana que, por primera vez, China está siendo realmente un gran aliado para enfrentar la grave situación en Corea. Insistió en que Estados Unidos debe continuar la presión que está ejerciendo; sin embargo, dijo, “ni la comunidad internacional ni EEUU tenemos como objetivo comenzar una guerra, pero si nos dan razones habrá una respuesta militar”.

En el marco de estas graves tensiones, Donald Trump informa a Corea del Sur, (en una entrevista concedida a Reuters), que sería apropiado pagar el billón de dólares que cuesta el escudo antimisiles (THADD por sus siglas en inglés). Ciertamente, el lado comercial del presidente es muy dominante y sale a relucir en cualquier maniobra, incluso en las diplomáticas. Y, a su vez, manda un doble mensaje por su cuenta de twitter, diciendo que Corea del Norte no ha respetado los deseos de China y del presidente con el lanzamiento del último misil. Recordándole a los norcoreanos que China está del lado de Estados Unidos en la lucha por acabar con la proliferación armamentística de Pyongyang mientras que aprovecha para coquetear con Xi Jinping.

Estamos en medio de una novedosa situación donde Estados Unidos necesita a China y no está teniendo ningún reparo en admitirlo. A China le gusta sentirse necesitada, pero no quiere renunciar a su juego táctico de seguir siendo el proveedor de Pyongyang, pero con prudencia, porque hasta ellos saben que Kim Jong-Un es peligroso y despiadado. Los chinos están disfrutando el protagonismo indirecto que le está trayendo la cercanía con Washington y sin duda, le sacaran provecho en otras negociaciones donde necesitan del apoyo estadounidense.

China quiere evitar un enfrentamiento militar a toda costa, pues desestabilizaría la zona y podría generar una estampida de norcoreanos buscando refugio en su territorio. Y además les pone en una situación vulnerable, pues en un escenario de confrontación bélica podrían salir agredidos por error. Y son conscientes de que Estados Unidos podría comenzar un ataque directo en la parte norte de la península coreana. A su vez, contar con un régimen como el de Pyongyang les ayuda a mantener el liderazgo en la región, ya que los convierte en los interlocutores de unos y otros. Pero, ¿hasta dónde está dispuesta a llegar la comunidad internacional frente a un peligro potencial como éste?

La comunidad internacional tiene el deber de exigirle más a China. El juego diplomático y el coqueteo al que está jugando Estados Unidos es válido, y probablemente inteligente. Sin embargo, si China quiere el reconocimiento de súper potencia debe comportarse como tal y presionar de verdad a Pyongyang con recortes de exportaciones, a ver si finalmente en un momento de sensatez el gobierno chino logra que el norcoreano rectifique y dejen el juego nuclear que trae a todos de cabeza.

El ajedrez asiático

Donald Trump ha afirmado que la situación creada por Corea del Norte y sus repercusiones en el área estratégica de Asia Pacífico es como una partida de ajedrez en la que no hay que adelantar públicamente las jugadas de cada uno. Y lo dijo tras afirmar que no había que descartar una acción militar directa de EEUU contra Corea del Norte y antes de sugerir que no se negaría a encontrarse con el presidente norcoreano si se dan las condiciones necesarias para ello. Todos estos comentarios, que parecen haber sorprendido a algunos analistas y desatado una nueva ola de comentarios de suficiencia respecto a Trump, no parecen indicar otra cosa que lo que desde hace meses parece evidente: Estados Unidos está volviendo al realismo político que durante décadas fue la estrategia de los republicanos y combinando está vuelta a los clásicos con un renovado protagonismo de la Casa Blanca en la puesta en marcha de la política exterior de Estados Unidos.

Sun Tzu, general, estratega militar y filósofo de la China del siglo VIII, citado hasta la saciedad (aunque mucho menos leído) como fuente de la estrategia militar, política y empresarial, dijo que “el bando que sabe cuándo combatir y cuándo no hacerlo se alzará con  la victoria. Existen caminos que no hay que transitar, ejércitos a los que no hay que atacar, hay ciudades amuralladas que no hay que asaltar”.

Este método de prudencia y cálculo a la hora de emprender acciones militares seguramente es bien conocido por los asesores de Trump y, desde luego, parece una definición anticipada de la posición estratégica china desde hace muchos años. En el fondo se trata de la doctrina de acumulación de fuerzas y razones y la aproximación indirecta a un objetivo antes de emprender una acción que una vez puesta en marcha debe ser decisiva.

No darle importancia y presentar estas posiciones como un comentario más de Trump es un error que incide en los que ya comete Europa, que sigue perdiendo oportunidades de estar presente en la esfera internacional dejando todo el protagonismo a terceros. La cada vez más intensa agenda de Putin (conversaciones con Merkel y Trump con pocas horas de diferencia) sin que exista aparentemente una posición común de la UE al menos respecto a dos problemas fundamentales, Corea del Norte y la presión rusa en el Báltico, definen bien quienes están a cada lado del tablero, aunque tal vez sea uno de esos en los que pueden jugar más de dos.

INTERREGNUM: Cacofonía norcoreana

Mientras Kim Jong Un aprovechaba el 105 aniversario del nacimiento de su abuelo—el “presidente eterno” de Corea del Norte, Kim Il Sung—para mostrar al mundo sus capacidades militares y amenazar a Estados Unidos, Trump siguió desconcertando a los observadores. Responder a las bravuconadas de Kim mediante el envío de un portaaviones que en realidad iba camino de Australia no contribuye a su credibilidad. Pero más llamativas resultan sus declaraciones sobre el juego diplomático que dice haber puesto en marcha con Pekín.

Trump aseguró que si China no presionaba a Pyongyang, actuaría por su cuenta. Es posible, sin embargo, que, durante su encuentro en Florida a principios de este mes, el presidente Xi Jinping le convenciera de lo inviable de toda solución unilateral. Afirmar que “todas las opciones están encima de la mesa” carece pues de valor cuando Trump sólo puede gestionar—que no resolver—la crisis norcoreana con la ayuda de Pekín. Su tweet indicando, por otra parte, que no acusará a China de manipular su moneda por la colaboración que ésta va a prestar con respecto a Corea del Norte, como si tal quid pro quo fuera posible, refleja un notable desconocimiento de los intereses estratégicos chinos.

Pekín comparte el objetivo de una península desnuclearizada y la urgencia de mitigar la escalada de tensión. Pero Corea del Norte representa un útil instrumento de negociación en su relación con Estados Unidos al que no va a renunciar (especialmente si aspira a conseguir el visto bueno de Washington a su creciente control del mar de China Meridional). Por lo demás, según contó Trump en otro tweet, Xi le explicó que Corea perteneció a China en otros tiempos: una revelación que—pese a la indignación que ha provocado en Seúl—confirmaría la ambición de Pekín de rehacer un orden sinocéntrico en Asia, como el que existió hasta la irrupción de Occidente a mediados del siglo XIX. La contradicción que esto supone con su tweet anterior quizá se le haya escapado al presidente. Lo relevante, en cualquier caso, es que—en la actual dinámica de redistribución de poder—las amenazas vacías de Washington debilitan la confianza de sus aliados, y facilitan de ese modo la reconfiguración de la estructura regional de seguridad deseada por Pekín.

Un escenario bélico parece descartable por sus consecuencias, pero el tiempo juega a favor del desarrollo del arsenal nuclear norcoreano; una perspectiva que también inquieta a China aunque la garantía de seguridad que quiere Pyongyang sólo se la puede dar Estados Unidos. Ante la innegable gravedad del problema se requiere mayor creatividad, una mejor comprensión de los objetivos chinos a largo plazo y, quizá, mayor discreción. Silenciar la cuenta de tuiter del presidente no perjudicará a la diplomacia norteamericana.

Semana de pasión en la Casa Blanca

Ha sido una semana muy movida, con muchos frentes abiertos para la Administración Trump. Desde que Washington bombardeó la base aérea en Siria parece que el orden global al que estábamos acostumbrados revive de entre las cenizas. El secretario de Estado Tillerson, en su visita a Moscú, dejó claro que las relaciones entre Rusia y Estados Unidos están muy tensas con la frase “las dos potencias nucleares más fuertes del mundo no pueden tener esta relación”; por un lado reconociendo abiertamente la crisis, pero por otro dejando espacio a una negociación que pasaría por eliminar del mapa político al dictador Bachar al-Ásad. Mientras tanto, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, diez miembros votaban a favor de una resolución de condena al ataque con gas químico que perpetuo el régimen sirio, como era de esperar, Rusia vetaba la resolución.

Días antes, Trump se acerca al presidente Xi Jinping con un cambio radical de actitud que dejan en el pasado sus áridas afirmaciones de la campaña electoral, e incluso de los primeros días de gobierno. Después de la visita del mandatorio asiático Trump afirmaba que había habido una buena química entre los dos y después su acostumbrado comentario desde su cuenta de twitter, nos informó de cómo, por ejemplo, le explicó a su homólogo chino que un acuerdo económico con los Estados Unidos sería mucho más provechoso para China, si Beijing soluciona el conflicto con los coreanos del norte. En otro twitter dio por sentado su gran nivel de confianza en que Beijing negociará con Pyongyang para hacerle desistir de continuar con su carrera nuclear y armamentística.

China, en su tónica habitual, trata de conciliar posiciones con un discurso disuasivo, mientras que suspende los vuelos de Air China entre Beijing y Pyongyang, como queriendo demostrarle a Trump su disposición a trabajar por una solución pacífica, a la que Trump responde enviando el portaviones Carl Vinson, mientras que Pyongyang se prepara para la celebración del nacimiento de Kim II Sung, creador de la Corea del Norte que conocemos. Varios expertos coinciden, e incluso imágenes de satélite lo indicarían, en que podrían estar preparando otro lanzamiento de un misil, e incluso que podría ser una prueba nuclear para retar a Trump, que ha amenazado con una respuesta a gran escala. Mientras, el Pentágono demuestra su disposición de respuesta con el lanzamiento la bomba “GBU-43”, o explosivo aéreo de acción masiva, en Afganistán contra el ISIS. Y, como si todo esto no fuera suficiente, para cerrar la semana de tensión, el portavoz del ejército de Corea del Norte declaró que están preparados para frustrar cualquier movimiento militar, económico o político hostil y “provocador” del gobierno de Trump de una forma despiadada que no les permitirán a los agresores sobrevivir.

Otra variante de la política exterior estadounidense es su nuevo tono en la relación a la OTAN, con la visita del secretario general Jens Stoltenberg. El presidente Trump le quitó el apelativo de  obsoleta a la OTAN, además de definirla como un baluarte de paz y seguridad, a la vez que se comprometió en mantener su relación y compromiso con la misma. Sin embargo, aprovechó la ocasión, una vez más, para recordarles a los países miembros que deben asumir una mayor responsabilidad económica aumentando sus gastos en defensa.

La situación interna en la Casa Blanca es descrita por algunos como una especie de batalla campal en la que los asesores del presidente presionan para que sus líneas de pensamiento sean tomadas en cuenta por Trump y puestas en práctica. Puede ser esta la razón por la que Ivanka, la primogénita y más cercana al líder, decidiera hacerse con un despacho al lado de la oficina oval, aumentando su grado de influencia. A la vez, su marido, Jared Kushner, se ha posicionado en su rol más internacional. Parece que las cosas vuelven al cauce tradicional en los primeros días de este gobierno, coincidiendo con la salida de Steve Bannon, conocido por sus posiciones radicales, su exacerbación del patriotismo e impulsor de la islamofobia, del Consejo de Seguridad Nacional. Batalla que gana el segundo consejero de seguridad de Trump, el teniente general Herbert Raymond McMaster, que sustituyó al General Flynn removido por sus implicaciones con Rusia.

Parece que entramos en una etapa de mayor coherencia de la política exterior de Trump con previas administraciones. Sin embargo, siguen existiendo muchos frentes inciertos. El Departamento de Estado, uno de los grandes olvidados de la nueva Administración, tiene pendiente la asignación de más de cuatrocientos puestos, entre cargos de carrera y de asignación política. Muchos de los diplomáticos en ejercicio se debaten entre dejar el servicio exterior o darse un tiempo que les ayude a ver hacia dónde va la nueva política exterior. Y esto, en medio de una dramática reducción del presupuesto del Departamento de Estado y las agencias de ayuda humanitaria en un tercio, a la vez que se incrementa en 54.000 millones el presupuesto para defensa. Aumento que cada vez tiene más sentido en el viraje militar – defensivo que está tomando la política exterior del gobierno de Trump.

INTERREGNUM: Putin se cuela en Palm Beach

No parece probable que Xi pensara en Siria mientras su avión aterrizaba en Palm Beach. Alguna pequeña cesión tendría que conceder a Trump en materia comercial, y la discusión sobre Corea del Norte resultaría inevitable, especialmente tras su penúltimo lanzamiento de un misil solo horas antes. Seguramente el presidente norteamericano también querría hablar del mar de China Meridional. Pero, ¿Siria?

El bombardeo de Estados Unidos ha transformado sobre la marcha el contexto de la cumbre Trump-Xi. Aun sin esperarse grandes decisiones—Trump carece aún de una política elaborada sobre China y del equipo correspondiente; Xi tiene que evitar sorpresas antes del Congreso del Partido Comunista en otoño—este primer encuentro entre los dos principales líderes mundiales podía ser determinante de la percepción de los países asiáticos sobre el cambio de equilibrio de poder entre ambas potencias. El lanzamiento de misiles sobre Siria ha alterado, sin embargo, la agenda.

La decisión de Washington no se ha tomado sin pensar en su invitado chino—y en Corea del Norte. De un plumazo, la idea sostenida por algunos estrategas chinos de que Estados Unidos es un “tigre de papel”—expresión utilizada en su día por Mao Tse-tung—ha desaparecido del mapa. Opciones con respecto a Corea del Norte que parecían descartadas pueden cobrar nueva vida. Al mismo tiempo, Washington puede necesitar a Pekín para nuevos fines.

La evolución de los acontecimientos en Siria puede conducir, finalmente, a un consenso sobre el desafío geopolítico que representa Vladimir Putin. Más allá de su guerra híbrida contra Occidente, manipulando la información e interfiriendo en procesos políticos internos, su estrategia de ocupar los vacíos dejados por Estados Unidos quizá haya superado el punto de no retorno. El curso de la guerra siria, ha confesado Trump, le ha hecho cambiar de opinión sobre Assad, sobre Oriente Próximo y también—se entiende—sobre Putin.

Antes de nacer, ya puede darse por muerta la posibilidad de un entendimiento con el presidente ruso. Trump va a necesitar a la OTAN—que deja de ser “obsoleta”—y a la Unión Europea, pues también es una batalla por valores y principios políticos. Pero no puede encontrar mejor “aliado” que Xi, para quien la estabilidad del orden internacional es una absoluta prioridad.

Algunos analistas comparaban la cumbre Trump-Xi con el primer viaje de Nixon a Pekín, que, en 1972, supuso el principio del fin de la guerra fría. Quizá no sea casualidad que Henry Kissinger esté asesorando a la administración Trump, ni tampoco que Steve Bannon haya dejado el Consejo de Seguridad Nacional la víspera de la llegada de Xi. Mucho dependerá de la respuesta de Rusia a los misiles norteamericanos, pero, como cabía prever, los hechos empiezan a cambiar a Trump, más que Trump al mundo.

Misiles y Seguridad estadounidense. Ficción o realidad

Washington.- 4Asia participó la pasada semana en el seminario de “Defensa de Misiles” organizado por el Centro de Estrategias y Estudios Internacionales, uno de los think tank más importantes de Washington. Con la presencia de militares estadounidenses, australianos, canadienses además de un grupo de diplomáticos de distintas nacionalidades, un destacado grupo de especialistas analizó el sistema defensivo que provee a los Estados Unidos de un complejo sistema de seguridad que resguarda su territorio y el de sus aliados.

El presidente Reagan fue quien inspiro la idea del sistema defensivo antimisiles, pero en aquel entonces con el propósito de neutralizar armas nucleares provenientes de la Unión Soviética. Y las posteriores administraciones, desde Bush padre, Clinton, Bush hijo, e incluso Obama, mantuvieron entre sus prioridades nacionales el programa de seguridad contra misiles como un sistema defensivo para la protección del territorio estadounidense.

El origen de este concepto se remonta a 1996, cuando se llevan a cabo los primeros avances tecnológicos en esta materia. Sin embargo, fue en 2002, justo después del mayor ataque terrorista del 11-S, cuando Bush hijo impulsó el despliegue a gran escala de este sistema. A la vez, se comenzó a invertir en un sistema defensivo fuera del territorio estadounidense con el objetivo de neutralizar potenciales peligros externos hacia los aliados, e incluso como escudo capaz de interceptar a larga distancia un ataque a territorio estadounidense.

El sistema de defensa antimisiles está asociado a 15 husos horarios distintos, incluyendo sensores en tierra, mar y en el espacio.

Thomas Karako, uno de los expertos más prominentes en el tema, dice que este importantísimo sistema, vital para la seguridad de EEUU, no es del todo fiable, a pesar de las astronómicas sumas de dinero que han sido invertidas. Según sus propias palabras, ha madurado de una etapa de infancia a  la adolescencia, y, sin embargo, el camino a la perfección es largo, y llegar allí requiere de mucho más tiempo y pruebas que permitan robustecer la fiabilidad del mismo.

Estados Unidos cuenta con un importante número de bases de capacidad defensiva contra misiles, ubicadas a lo largo del planeta capaces de detectar la presencia de algún tipo de amenaza, y algunas de estas bases cuentan además con la capacidad de neutralizar misiles, destruirlos o derribarlos. Entre las ubicadas en territorio estadounidense, hay una base marina en Hawái con un radar móvil, junto con 34 barcos desplegados en el océano. En California dos, otra en Colorado. Alaska cuenta con una base aérea y dos interceptores, más el radar Cobra, que está recibiendo y enviando información a la NASA, la Agencia de Defensa de Misiles, así como el Comando aeroespacial estadounidense. En cuanto a la costa este, hay una en Nueva York y otra en Massachusetts. Fuera de su territorio, Japón tiene dos bases terrestres, más el SPY-1 que es un radar muy sofisticado capaz de detectar y eliminar cualquier misil. El mismo tipo de radar que está instalado en la base de Rota, en España. Así, existe otro en Israel y otro en Turquía. En el Reino Unido y en Groenlandia también cuentan con otro tipo de radares de alerta temprana.

Recientemente, a finales del 2016, se instalaron 36 interceptores en las bases de Alaska y California, tratando de prevenir misiles de largo alcance provenientes de Corea del Norte y potencialmente de Irán. Y otros 8 serán instalados a finales de este año. Este sistema no fue concebido para prevenir amenazas provenientes de otros países, como Rusia o China, sino que fue ideado fundamentalmente para detener un ataque de Corea del Norte. De acuerdo al Senador republicano Dan Sullivan, Corea del Norte tendrá muy pronto un misil balístico intercontinental capaz de llegar a territorio estadounidense, por lo que asegura que hay que seguir tomando medidas de prevención e invertir más recursos en defensa. Así mismo enfatizó que en el caso de un ataque de Pyongyang, Washington debería realizar una respuesta masiva.

Corea del Norte es percibido como un gran riesgo en crecimiento. Kim Jong-un ha aumentado sus ensayos de misiles exponencialmente en los últimos años. Claramente están mejorando con cada prueba y afinando su tecnología. El Senado de los Estados Unidos ve unánimemente a Corea del Norte como el mayor riesgo de este momento, capaz de perpetrar un ataque continental o bien a algunos de los aliados estadounidenses. Prueba de esto es la carta que 30 senadores firmaron para alertar al presidente Trump sobre este grave riesgo, previo a la visita del Presidente Xi Jinging, y con el propósito de que Trump diera prioridad a este punto en su agenda e intentara cerrar un compromiso en el que China presione a Corea del Norte para frenar su carrera armamentística y sus ambiciones nucleares.

Nos toca esperar a ver si China quiere jugar su carta de interlocutor y se posiciona en un rol de intermediario. A nadie le beneficiaría un ataque de Kim Jong-un, pues la respuesta estadounidense podría parecerse mucho a la guerra de las galaxias, pero en versión real, con efectos devastadores para la región de Asia Pacífico y sin duda para la estabilidad del mundo.

INTERREGNUM: Dudas sobre el siglo de Asia

El rápido crecimiento de las economías de la región durante los últimos 40-50 años ha conducido a la idea de que el siglo XXI será el siglo de Asia. Que China (a partir de 1979) e India (desde 1991) decidieran integrarse en la economía global siguiendo el camino emprendido por Japón en la década de los cincuenta, y por Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur en los años sesenta, condujo a una transformación histórica que se ha traducido en un desplazamiento del poder internacional. Sin embargo, de manera paralela a su éxito económico, también han comenzado a multiplicarse los problemas de seguridad, y emergen nuevas variables que afectan al equilibrio interno de las naciones asiáticas.

Lo espectacular de las cifras y la velocidad del ascenso económico de Asia han atraído la atención de numerosos analistas, y han sido objeto de una enorme literatura que ha intentado explicar las causas e implicaciones económicas y geopolíticas del fenómeno. Más raros son los trabajos que examinan los nuevos problemas que podrían obstaculizar ese camino ascendente.

Realizar una radiografía de tales desafíos es precisamente el propósito de Michael Auslin en su libro “The end of the Asian century” (Yale University Press, 2017). Auslin, analista en el American Enterprise Institute en Washington, confiesa que su intención era la de investigar el potencial de Asia, que también él creía brillante e imparable. Pero sus entrevistas y observación sobre el terreno durante la preparación del libro le condujeron a un cambio de enfoque.

Su trabajo peca de cierto pesimismo, como ya se trasluce del título. No obstante, se trata de un estudio riguroso de una serie de factores que, de manera conjunta, ofrecen un útil marco de aproximación al Asia contemporánea. Dichos factores incluyen: la incertidumbre sobre la sostenibilidad del crecimiento en las economías asiáticas (¿podrá China en particular superar la trampa de los ingresos medios y convertirse en un país avanzado?); el impacto de las presiones demográficas (del rápido envejecimiento de Japón, China y Corea del Sur al potencial de India); la inacabada transición política interna (con sistemas híbridos y el retroceso de la democracia en el sureste asiático); y el empeoramiento de la desconfianza entre Estados (en forma de reclamaciones territoriales y tensiones marítimas) en un contexto de modernización de sus capacidades militares.

Con respecto a todas estas cuestiones, Auslin sintetiza un enorme volumen de información, ofreciendo una perspectiva sistemática sobre las principales cuestiones que los gobernantes asiáticos se verán obligados a atender durante los próximos años. Sus recomendaciones, más débiles, no restan peso a esta excelente contribución al debate sobre el Asia del futuro. Un futuro, eso sí, que—además de las fuerzas estructurales descritas en el libro—, dependerá también de decisiones concretas, como las que adoptarán Trump y Xi Jinping después de tomarse la medida el uno al otro en su encuentro de esta semana en Palm Beach.

INTERREGNUM: Corea después de Park

Coincidiendo con el 30 aniversario de su transición a la democracia, Corea del Sur acaba de pasar por una dura prueba para la solidez de sus instituciones: la destitución de la presidenta Park Geun-hye. El 10 de marzo, por unanimidad, el Tribunal Constitucional confirmó el procedimiento puesto en marcha por la Asamblea Nacional el pasado mes de diciembre, tras conocerse que la presidenta compartía información clasificada con una amiga y confidente, que ésta utilizó para enriquecerse de manera ilícita. Termina así un periodo de inestabilidad y de manifestaciones populares, a favor y en contra de Park, que han revelado la profunda división ideológica y generacional de la sociedad surcoreana.

Algunos analistas hacen hincapié en la polarización social de los últimos meses, acentuada por un contexto de resistencia de los más jóvenes a los patrones jerárquicos propios de la cultura confuciana, el aumento del desempleo entre los graduados universitarios, y las presiones derivadas del rápido envejecimiento demográfico. Pese a unas circunstancias que no favorecen a priori la estabilidad política, los recientes acontecimientos quizá contribuyan sin embargo a fortalecer el sistema.

La decisión del Tribunal Constitucional confirma, por un lado, el respeto al Estado de Derecho en una cultura política habituada al autoritarismo. El “impeachment” de Park  ha abierto un debate sobre los defectos del modelo en vigor y la conveniencia de adoptar un modelo parlamentario o semipresidencialista (por ejemplo estableciendo la figura de un presidente con dos mandatos de cuatro años en vez de uno solo de cinco como el actual), que permitiría avanzar hacia un esquema político más transparente y participativo.

El impacto sobre la estrecha relación entre gobierno y grandes empresas, otra señalada característica del sistema político surcoreano, puede ser también significativo. La detención por soborno, vinculado con el mismo caso, de Lee Jae-Yong, heredero de la familia propietaria de Samsung, muestra que—en el fondo—han sido unas prácticas tradicionales las sometidas a juicio. La concentración del PIB surcoreano en un reducido número de conglomerados empresariales (“chaebol”) no parece ajustarse a los imperativos de una economía moderna en el siglo XXI. La prioridad por la innovación que tantos resultados ha proporcionado a Corea del Sur no es suficiente en una estructura de los negocios demasiado cercana al poder político, con el consiguiente riesgo de corrupción, de favoritismo y de decisiones equivocadas.

La vida política nacional no puede separarse, por último, de su entorno exterior y, en particular, de su vecino del Norte. Su situación geográfica entre tres grandes—China, Japón y Rusia—constriñe su margen de maniobra diplomático. A ello se suman los giros que suelen producirse en la política exterior surcoreana según el signo político del gobierno de turno. Los sondeos apuntan a la posible victoria, en las elecciones del próximo 9 de mayo, del liberal Moon Jae-in, quien fue jefe de gabinete del expresidente Roh Mu-hyun. De confirmarse tal resultado es previsible una política de acercamiento a Pyongyang, y de relativo distanciamiento de Estados Unidos (Moon se ha mostrado contrario al recién desplegado sistema antimisiles).

El próximo presidente herederá una nación divida. No obstante, no deben minusvalorarse las consecuencias de la destitución de Park. Lejos de afectar a la imagen internacional de Corea del Sur, representa un nuevo paso adelante en la consolidación de su democracia. En un contexto global de auge de movimientos autoritarios y populistas, y con una preocupante regresión democrática en el sureste asiático, hay que felicitarse por la victoria del Estado de Derecho en una de las grandes naciones del noreste de la región. Cuando parece reducirse el peso internacional de Europa, el futuro de la democracia dependerá en no pequeña medida del fortalecimiento del pluralismo en Asia.