INTERREGNUM: El sueño asiático de China

Desde hace ya unos años, sinólogos del mundo entero dedican buena parte de su atención a intentar desentrañar las intenciones de Pekín tras el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, anunciado por el presidente Xi Jinping en el otoño de 2013. Mientras para unos la “Belt and Road Initiative” (BRI en sus siglas en inglés) responde a las necesidades de la economía china, para otros se trata de un plan orientado a consolidar a la República Popular como potencia central en el continente asiático. Los primeros apuntan al imperativo de buscar un nuevo motor de crecimiento y dar salida al exceso de capacidad industrial y financiera. Los segundos hacen hincapié en la voluntad china de reconfigurar la dinámica geopolítica de la región y minimizar la posición ocupada por Estados Unidos desde el fin de la segunda guerra mundial.

Las implicaciones estratégicas de la iniciativa son negadas por Pekín, aunque serían una consecuencia inevitable de su realización. Pero con independencia de sus propósitos iniciales, BRI aparece básicamente como un concepto en el que coinciden a un mismo tiempo la diplomacia económica china y sus intereses de seguridad. La ambición y sofisticación de la propuesta tiende, no obstante, a ocultar los considerables riesgos y obstáculos a su ejecución.

El tipo de problemas a los que Pekín comienza a encontrarse aparecen bien descritos en el fascinante libro del periodista y analista económico Tom Miller, “China’s Asian Dream: Empire Building along the New Silk Road” (Zed Books, 2017). Resultado de su investigación sobre el terreno a lo largo de varios años, su libro combina su talento como reportero, con docenas de entrevistas y un análisis sistemático, país por país, de las acciones chinas y de la reacción que están provocando sus inversiones.

En Asia central, en el Océano Índico y en el sureste asiático, un mismo patrón se repite: países en desarrollo que quieren—y necesitan—el capital chino para corregir un déficit en infraestructuras que limita sus oportunidades de crecimiento, temen a la vez las consecuencias de una excesiva dependencia de Pekín. La preferencia china por sus empresas públicas y trabajadores, su desinterés por las cuestiones medioambientales, y el grado de control que exige sobre sus proyectos, se han convertido en una variable de la dinámica política local. De Kazajstán a Laos, de Camboya a Bangladesh, pasando por Sri Lanka y Myanmar, India, Pakistán y Vietnam, Miller nos acerca a una región en plena transformación con un extraordinario nivel de detalle, confirmando algunas conclusiones a las que sería díficil llegar mediante el examen de un único país. Aunque centrado en la Ruta de la Seda, Miller ha escrito un estupendo retrato del Asia de nuestro tiempo, y un poderoso correctivo a la frecuente sobrevaloración de las capacidades chinas.

Signos ambiguos


Medios oficiales chinos acaban de desmentir que se reducirán los presupuestos de Defensa tras circular un rumor, no menos oficial, en sentido contrario. La no reducción, incluso el previsible aumento de los gastos en defensa, es coherente con los planes oficiales de dotar a las fuerzas navales de más portaviones con mayores capacidades, submarinos más sofisticados y medios necesarios para proyectar tropas de combate por vía naval a territorios en disputa y eventualmente a Taiwán si llegara el momento de una intervención en la isla, un proyecto muy complicado pero nunca abandonado por China.
En todo caso, parece evidente que China tiene problemas de ajuste presupuestario y  habría que buscar la explicación en algo que los analistas vienen diciendo desde hace tiempo y es que el capitalismo salvaje de la economía china, dirigido, como no, con criterios autoritarios y centralizados propios del comunismo, estaría siendo incapaz de hacer frente a las demandas internas derivada de la creciente brecha, económica y social, entre las área rurales y las urbanas y entre unas regiones y otras, hasta el punto de configurarse la economía china en estos momentos como una gran burbuja en la que su extraordinaria liquidez sería el síntoma de un previsible derrumbe a corto plazo. De ahí que necesiten más fondos para resolver problemas internos urgente.
Pero esto no quiere decir que China quiera bajar la tensión ni atenuar su exhibición de músculo militar como apoyo a sus reivindicaciones territoriales y al reforzamiento de su presencia diplomática y comercial, sino más bien al contrario. Hace unas semanas, la agencia china de noticias Xinhua, anunciaba el envío de cazas, bombarderos y aviones de alerta temprana, así como barcos de guerra al estrecho de Miyako, entre las islas del sur de Japón y Okinawa, al noreste de Taiwán y hacia el Pacífico, “con el fin de mejorar la interoperabilidad de las Fuerzas Armadas”. Es para este escenario para el que China está destinando un importante porcentaje de su presupuesto militar.
No es fácil conocer todos los datos necesarios para tratar de adivinar el futuro inmediato de China, su posición y su economía, entre otras cosas porque hay un gran número de elementos aleatorios circulando por el planeta; pero a pesar de la ambigüedad de los gestos, algo se está moviendo en la zona geoestratégica del Pacífico.