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Más liquidez a la economía china

El banco central de China inyectó en marzo 618,990 millones de yuanes (89,930 millones de dólares) al sistema financiero a través de herramientas de liquidez de corto y mediano plazo, un aumento de casi el 50% respecto al mes anterior, a pesar de que los mercados temían una escasez de efectivo.

El fuerte incremento se produjo tras una baja de 35% de las inyecciones de dinero en febrero, que desataron preocupación en torno a una liquidez ajustada el mes pasado, lo que elevó las tasas de interés en el mercado de dinero a corto plazo y provocó una caída bursátil en China en las últimas semanas.

El Banco Popular de China (PBOC por sus siglas inglés) omitió las operaciones de mercado abierto por siete sesiones consecutivas hasta finales de mes y recalcó que los niveles de liquidez en el sistema bancario estaban “relativamente altos” a pesar de la demanda normalmente fuerte por fondos al final del trimestre.

En un factor que se suma a las condiciones más ajustadas, se cree que algunos bancos estuvieron reteniendo efectivo y restringiendo los créditos entre las instituciones antes de una rigurosa inspección trimestral a sus cuentas que realizará el Banco Central.

Los préstamos en circulación MLF (líneas de créditos de mediano plazo) totalizaron 4,064 billones de yuanes al final de marzo, en comparación con los 3,761 billones de yuanes registrados a fines de febrero, lo que implica una inyección neta de 303,000 millones de yuanes.

Los créditos en circulación de corto plazo (SLF) se ubicaron en 70,000 millones de yuanes a fines de marzo, frente a los 14,920 millones de yuanes del mes anterior, lo que representa una inyección neta de 55,080 millones de yuanes.

INTERREGNUM: Corea después de Park

Coincidiendo con el 30 aniversario de su transición a la democracia, Corea del Sur acaba de pasar por una dura prueba para la solidez de sus instituciones: la destitución de la presidenta Park Geun-hye. El 10 de marzo, por unanimidad, el Tribunal Constitucional confirmó el procedimiento puesto en marcha por la Asamblea Nacional el pasado mes de diciembre, tras conocerse que la presidenta compartía información clasificada con una amiga y confidente, que ésta utilizó para enriquecerse de manera ilícita. Termina así un periodo de inestabilidad y de manifestaciones populares, a favor y en contra de Park, que han revelado la profunda división ideológica y generacional de la sociedad surcoreana.

Algunos analistas hacen hincapié en la polarización social de los últimos meses, acentuada por un contexto de resistencia de los más jóvenes a los patrones jerárquicos propios de la cultura confuciana, el aumento del desempleo entre los graduados universitarios, y las presiones derivadas del rápido envejecimiento demográfico. Pese a unas circunstancias que no favorecen a priori la estabilidad política, los recientes acontecimientos quizá contribuyan sin embargo a fortalecer el sistema.

La decisión del Tribunal Constitucional confirma, por un lado, el respeto al Estado de Derecho en una cultura política habituada al autoritarismo. El “impeachment” de Park  ha abierto un debate sobre los defectos del modelo en vigor y la conveniencia de adoptar un modelo parlamentario o semipresidencialista (por ejemplo estableciendo la figura de un presidente con dos mandatos de cuatro años en vez de uno solo de cinco como el actual), que permitiría avanzar hacia un esquema político más transparente y participativo.

El impacto sobre la estrecha relación entre gobierno y grandes empresas, otra señalada característica del sistema político surcoreano, puede ser también significativo. La detención por soborno, vinculado con el mismo caso, de Lee Jae-Yong, heredero de la familia propietaria de Samsung, muestra que—en el fondo—han sido unas prácticas tradicionales las sometidas a juicio. La concentración del PIB surcoreano en un reducido número de conglomerados empresariales (“chaebol”) no parece ajustarse a los imperativos de una economía moderna en el siglo XXI. La prioridad por la innovación que tantos resultados ha proporcionado a Corea del Sur no es suficiente en una estructura de los negocios demasiado cercana al poder político, con el consiguiente riesgo de corrupción, de favoritismo y de decisiones equivocadas.

La vida política nacional no puede separarse, por último, de su entorno exterior y, en particular, de su vecino del Norte. Su situación geográfica entre tres grandes—China, Japón y Rusia—constriñe su margen de maniobra diplomático. A ello se suman los giros que suelen producirse en la política exterior surcoreana según el signo político del gobierno de turno. Los sondeos apuntan a la posible victoria, en las elecciones del próximo 9 de mayo, del liberal Moon Jae-in, quien fue jefe de gabinete del expresidente Roh Mu-hyun. De confirmarse tal resultado es previsible una política de acercamiento a Pyongyang, y de relativo distanciamiento de Estados Unidos (Moon se ha mostrado contrario al recién desplegado sistema antimisiles).

El próximo presidente herederá una nación divida. No obstante, no deben minusvalorarse las consecuencias de la destitución de Park. Lejos de afectar a la imagen internacional de Corea del Sur, representa un nuevo paso adelante en la consolidación de su democracia. En un contexto global de auge de movimientos autoritarios y populistas, y con una preocupante regresión democrática en el sureste asiático, hay que felicitarse por la victoria del Estado de Derecho en una de las grandes naciones del noreste de la región. Cuando parece reducirse el peso internacional de Europa, el futuro de la democracia dependerá en no pequeña medida del fortalecimiento del pluralismo en Asia.

Lecciones de Corea del Sur

Cuando el prestigioso economista de Harvard Dani Rodrik visitó Portugal hace unos años, las autoridades le consultaron si debían invertir en balnearios para jubilados alemanes o apostar por las nuevas tecnologías. “Hagan las dos cosas”, les sugirió Rodrik. “Al final, nunca se sabe lo que va a salir bien”.

Como consejo no parece muy impresionante, pero refleja bien el estado de la cuestión en materia de desarrollo. La aversión al intervencionismo ya no es tan radical como a principios de los 90, cuando Carlos Solchaga sentenció: “La mejor política industrial es la que no existe”. Expertos como Rodrik no se oponen a que los Gobiernos acometan grandes proyectos. Saben que la mayoría no irá a ningún lado, pero lo mismo sucede con las iniciativas privadas. La única diferencia es que estas desaparecen si no son rentables, mientras que las públicas suelen perpetuarse a pesar de las pérdidas. “Lo fundamental”, dice Rodrik, “no es acertar con la industria ganadora, sino retirar el apoyo a las perdedoras”.

Esta sencilla filosofía fue la clave del llamado milagro del río Han. Cuando el general Park Chung-hee asumió el poder en Seúl tras el golpe militar de mayo de 1961, lo hizo pertrechado con todo el arsenal dirigista que hemos aprendido a odiar: planes quinquenales, banca pública, control de cambios, etcétera. “La Administración Kennedy llegó a dudar si no sería un comunista encubierto”, explica un trabajo del Instituto Peterson de Economía Internacional.

Pero a diferencia de los funcionarios de Cuba o de los regímenes soviéticos de Europa central, los surcoreanos siempre fueron muy conscientes de que, en ausencia de competencia, las compañías se relajan y acaban convertidas en voraces sumideros de recursos, así que se impusieron dos reglas: (1) dar prioridad a las firmas exportadoras, para que el inclemente mercado internacional impidiera a sus gestores dormirse en los laureles, y (2) dejar caer, a veces con cruel rapidez, a las que no alcanzaran los objetivos previstos.

El resultado fue espectacular. Aunque el sistema impedía prosperar a quien no se llevara bien con el general, tampoco daba ninguna oportunidad a los ineptos. Así se formaron los chaebol o conglomerados (Samsung, LG, Hyundai, SK) que permitirían a Corea del Sur pasar de una pobreza africana a niveles de bienestar europeos en apenas una generación.

¿Hay que redimir el intervencionismo, entonces? No, pero hay que aborrecerlo por las razones adecuadas. La subordinación excesiva de la economía al Gobierno distorsiona la competencia en favor de los mejor conectados, no de los más eficientes, y espolea la corrupción. El problema no lo resuelve además la llegada de la democracia. Puede incluso agudizarlo, porque los políticos aprueban las leyes de las que depende el éxito de las empresas y las empresas tienen el dinero con el que los políticos ganan las elecciones, y no tardan en organizarse sociedades de socorro mutuo.

Es lo que aparentemente ha sucedido con la defenestrada presidenta Park Geun-hye. La fiscalía la acusa de extorsionar a los chaebol para captar 69 millones de dólares. El procedimiento les sonará: el conglomerado solicitaba una licencia y su tramitación se eternizaba hasta que, coincidiendo con la liberación de fondos para la fundación de una oscura asesora de Park, se desatascaba milagrosamente.

“Necesitamos hacer una gran limpieza”, ha declarado en el New York Times un líder opositor. “Hay que terminar con esta colusión, que es un legado de la dictadura”. Como Rodrik sostiene, sirvió maravillosamente para sacar al país de la miseria de la posguerra, pero ahora amenaza con hundirla en un marasmo de escándalos.

INTERREGNUM: El sueño asiático de China

Desde hace ya unos años, sinólogos del mundo entero dedican buena parte de su atención a intentar desentrañar las intenciones de Pekín tras el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, anunciado por el presidente Xi Jinping en el otoño de 2013. Mientras para unos la “Belt and Road Initiative” (BRI en sus siglas en inglés) responde a las necesidades de la economía china, para otros se trata de un plan orientado a consolidar a la República Popular como potencia central en el continente asiático. Los primeros apuntan al imperativo de buscar un nuevo motor de crecimiento y dar salida al exceso de capacidad industrial y financiera. Los segundos hacen hincapié en la voluntad china de reconfigurar la dinámica geopolítica de la región y minimizar la posición ocupada por Estados Unidos desde el fin de la segunda guerra mundial.

Las implicaciones estratégicas de la iniciativa son negadas por Pekín, aunque serían una consecuencia inevitable de su realización. Pero con independencia de sus propósitos iniciales, BRI aparece básicamente como un concepto en el que coinciden a un mismo tiempo la diplomacia económica china y sus intereses de seguridad. La ambición y sofisticación de la propuesta tiende, no obstante, a ocultar los considerables riesgos y obstáculos a su ejecución.

El tipo de problemas a los que Pekín comienza a encontrarse aparecen bien descritos en el fascinante libro del periodista y analista económico Tom Miller, “China’s Asian Dream: Empire Building along the New Silk Road” (Zed Books, 2017). Resultado de su investigación sobre el terreno a lo largo de varios años, su libro combina su talento como reportero, con docenas de entrevistas y un análisis sistemático, país por país, de las acciones chinas y de la reacción que están provocando sus inversiones.

En Asia central, en el Océano Índico y en el sureste asiático, un mismo patrón se repite: países en desarrollo que quieren—y necesitan—el capital chino para corregir un déficit en infraestructuras que limita sus oportunidades de crecimiento, temen a la vez las consecuencias de una excesiva dependencia de Pekín. La preferencia china por sus empresas públicas y trabajadores, su desinterés por las cuestiones medioambientales, y el grado de control que exige sobre sus proyectos, se han convertido en una variable de la dinámica política local. De Kazajstán a Laos, de Camboya a Bangladesh, pasando por Sri Lanka y Myanmar, India, Pakistán y Vietnam, Miller nos acerca a una región en plena transformación con un extraordinario nivel de detalle, confirmando algunas conclusiones a las que sería díficil llegar mediante el examen de un único país. Aunque centrado en la Ruta de la Seda, Miller ha escrito un estupendo retrato del Asia de nuestro tiempo, y un poderoso correctivo a la frecuente sobrevaloración de las capacidades chinas.

EVENTO: Madrid, ciudad abierta a las inversiones chinas

El Ayuntamiento de Madrid y Cátedra China catedrachina.com celebran un encuentro de reflexión sobre las oportunidades y los obstáculos para la inversión china en Madrid. El acto contó con la participación de representantes de corporaciones chinas implantadas en la ciudad. Los ponentes coincidieron en señalar la necesidad de crear un clima más favorable para atraer capital chino, lo que redundaría en beneficio de la economía madrileña y española.  La cifra de inversión aún es muy baja en comparación con otras capitales europeas, como Londres o París, a pesar de la buena valoración internacional de la capital española.

Bajo el título “Madrid como destino de inversión para empresas chinas” http://www.madrid.es/portales/munimadrid/es/Inicio/El-Ayuntamiento/Medios-de-comunicacion/Agenda-de-hoy/Sanchez-Mato-en-la-jornada-Madrid-destino-de-inversion-para-las-empresas-chinas?vgnextfmt=default&vgnextoid=86dd141934b6a510VgnVCM1000001d4a900aRCRD&vgnextchannel=8071317d3d2a7010VgnVCM100000dc0ca8c0RCRD el pasado 24 de febrero se celebró una jornada presentada por Carlos Sánchez Mato, delegado de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de Madrid y por Marcelo Muñoz, presidente de Cátedra China. Este último, con una dilatada experiencia como empresario en el país asiático, afirmó que la tendencia de inversión en España es aún modesta y es necesario “concienciar a la Administración y a los empresarios para potenciar las inversiones chinas”.

Muñoz aportó datos acerca del enorme crecimiento de la inversión china en el mundo, que pasó de ocupar el puesto 33 en 2010 al tercero en 2015. Actualmente es el primer socio comercial de más de 140 países.  El caso español ha sido tardío y con cifras muy bajas en comparación con otros países europeos como Reino Unido, Alemania o Francia, pero la tendencia en España va en aumento, en 2015 la cifra fue el doble que la registrada en 2014.

Enrique Fanjul, director de Relaciones Institucionales de Cátedra China, subrayó algunos factores que hacen de Madrid un destino atractivo, como el aumento de las conexiones aéreas; el efecto psicológico positivo que tienen algunos negocios exitosos como Huawei; la excelente posición geoestratégica de España, miembro la UE y con influencia en Iberoamérica y en el norte de África. Otras ventajas son la alta cualificación profesional, los costes laborales y logísticos competitivos en el conjunto europeo y una red de transporte extensa y moderna.

Fanjul también mencionó los inconvenientes de Madrid para atraer inversión, entre los más destacados estarían el desconocimiento por parte de los empresarios chinos de las posibilidades que ofrece, además de las insuficientes relaciones institucionales entre los dos países. También cree que el asunto de Wanda ha sido muy negativo. No ayudan los recelos que despiertan las inversiones en sectores tecnológicos, la incertidumbre política y las críticas por la falta de reciprocidad. Concluyó apostando por mejorar el marco institucional y las posibilidades que ofrecen las asociaciones de empresarios chinos, que pueden proyectar en su país de origen una imagen positiva de Madrid. Por último, es necesario priorizar los sectores, no sólo el turismo, también pueden resultar interesantes el agroalimentario y el de la salud.

El director general de Economía y Sector Público del Ayuntamiento de Madrid, Bernardino Sanz, anunció que en dos o tres meses Madrid contará con un plan estratégico de inversiones, diversificadas y abiertas a la cooperación con todos los agentes (Embajada, empresas y cámaras de comercio), a su juicio, el mayor valor está en los empresarios chinos implantados en Madrid por lo que es necesario acompañarlos y garantizar su compromiso.

Entre los representantes de empresas chinas, participó en el seminario José Luis Calvo, director de ventas de ZTE, compañía especializada en proporcionar infraestructuras de red para los operadores de telecomunicaciones, está abriendo el negocio a la comercialización de móviles y tabletas. Calvo no descartó que ZTE pudiera implantar un centro de I+D en Madrid, si la rentabilidad a medio plazo resultara interesante.

Otro de los ponentes que intervino en el acto fue el empresario Rubén Wang, establecido en Madrid desde hace 15 años, quien ve necesario tener una actitud más abierta y sin perjuicios en España, ya que los inversores vienen a crear trabajo y no a especular. China está preparada  para invertir en el exterior pero “la actitud debe receptiva, si no el capital se irá a otros países”.

También participó el periodista chino Dawei Ding, vicepresidente ejecutivo de Radio Internacional, quien tiene “plena confianza en que las inversiones chinas llegarán a España porque hay interés mutuo”.  Dawei ponía como ejemplo a seguir la estrategia de intercambios entre empresarios chinos e italianos, que está ofreciendo muy buenos resultados.

El último ponente fue el vicepresidente de Cátedra China, Víctor Cortizo, quien explicó que España ha cambiado su rol de inversor en China a país receptor y por ello es imprescindible aprender a manejar el nuevo modelo, basado en una cultura distinta. Anima a las autoridades a aumentar el número de visitas y a los empresarios a ser más dinámicos, a ofrecer sus propuestas más ajustadas a lo que necesitan los inversores, facilitando su comprensión “traducido al chino, con más detalle en los proyectos y que no vean tantos intermediarios”. Cree que España puede jugar un papel interesante de “puente” en la Nueva Ruta de la Seda y no quedarse en los aspectos culturales, otros países ya tienen oficinas para atraer inversión.

Tener superávit comercial mola, pero mola más tener el dólar

Igual que tantos empresarios metidos a políticos, Donald Trump no puede evitar establecer una analogía entre la balanza comercial de un país y la cuenta de resultados de una compañía, y el déficit le pone lógicamente de los nervios. “Estamos perdiendo una enorme cantidad de dinero, de acuerdo con muchas estadísticas, 800.000 millones de dólares”, declaraba en 2016 al New York Times. “No me parece inteligente”.

Se trata de un temor injustificado. La posición de la balanza comercial no es un indicador fiable de la marcha de una economía. El superávit puede deberse a que sus ciudadanos ahorran y sus artículos son competitivos, lo que a su vez promueve las exportaciones y el bienestar a largo plazo, como pasa con Alemania. Pero puede ser asimismo fruto de una caída de las importaciones causada por el desplome del consumo interno. Los griegos llevan reduciendo su desequilibrio exterior desde 2008 y a nadie se le ocurre decir que van como un tiro. “Si los superávits comerciales fuesen tan buenos”, escribe Don Boudreaux, un catedrático de la Universidad George Mason, “los años 30 habrían sido una era dorada en Estados Unidos”. El único ejercicio de esa década en que su balanza comercial presentó números rojos fue 1936. “En cada uno de los nueve restantes arrojó superávit”.

Por su parte, el déficit puede indicar una expansión insostenible del gasto, como la que los españoles y los irlandeses protagonizaron a raíz de su ingreso en el euro, y eso tarde o temprano se paga. Pero también es una secuela inevitable de las compras de maquinaria necesarias para impulsar el desarrollo. El milagro de los tigres asiáticos fue acompañado de aparatosos déficits por cuenta corriente. El propio Estados Unidos los ha registrado la mayor parte de su existencia, “desde 1790 hasta nuestros días”, subraya Walter E. Williams, otro profesor de la George Mason. “Y durante ese periodo pasamos de ser una nación pobre y relativamente débil a la más próspera y poderosa”.

“Hay que tener cuidado con lo que se desea”, observa Neil Irwin. Una de las razones por las que a Washington le resulta más complicado cuadrar su balanza exterior es porque su banco central emite la principal divisa de reserva del planeta. “Cuando una empresa malaya hace negocios con otra alemana”, escribe Irwin, “emplea a menudo dólares, y cuando los magnates de Dubai o el fondo soberano de Singapur quieren colocar sus ahorros, eligen en buena medida activos denominados en dólares”.

Esta demanda revalúa el billete verde y hace menos competitivos los productos de Estados Unidos, pero también le permite disfrutar de tipos de interés bajos, anima su renta variable e impide que los capitales salgan pitando al extranjero al menor atisbo de recesión. “En 2008, cuando el sistema bancario estuvo al borde del colapso, pasó todo lo contrario”.

Y las ventajas no son solo económicas. “La centralidad del dólar en las finanzas mundiales”, sigue Irwin, “le proporciona [a la Casa Blanca] un poder del que nadie más disfruta”. Para implementar las sanciones a Irán, Rusia o Corea del Norte, le bastó con advertir que cortaría el suministro de dólares a cualquier entidad que no cooperase.

Si Trump quiere que América siga siendo influyente, le conviene preservar este resorte, aunque uno de sus efectos secundarios sea el déficit comercial. Al fin y al cabo, tampoco parece haberle impedido progresar espectacularmente.

MALABARES ENERGÉTICOS

La contaminación en China constituye uno de los mayores focos de descontento social y, eventualmente, podría cuestionar la capacidad de sus autoridades para mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos. El Gobierno, consciente de la urgencia de mejorar esta situación, anunció en el plan quinquenal de 2015 que doblaría la producción eólica y quintuplicaría la solar. Con ello pretendía reducir  el uso intensivo del carbón que todavía supone un 65% de la mezcla energética del país, y que le convierte en el mayor emisor de CO2 del mundo.

Gracias a las fuertes inversiones estatales y al impulso de la producción propia, China se ha convertido en el país con más potencia eólica y solar instalada. Además, es el mayor productor y consumidor de tecnología para renovables.

Sin embargo, esta capacidad para generar energías limpias no está siendo aprovechada en toda su extensión debido a varios factores. En primer lugar, la mala ubicación de los parques energéticos, que se encuentran situados en la región noroeste, principalmente Gansu, Xinjiang y Tibet, alejada de las zonas más pobladas de la costa, y por tanto las que mayor demanda presentan. En segundo lugar, la deficiente red de distribución, con pérdidas de hasta el 30%, y la baja calidad de las turbinas eólicas y paneles solares instalados, cuyo rendimiento es mucho menor que el de los fabricados en Europa o EEUU.

En tercer lugar está la resistencia de los lobbies de las energías fósiles y de los gobiernos locales. Los primeros defienden sus privilegios, mientras que los segundos tratan de proteger el empleo que genera el sector de carbón, que se compone de pequeñas industrias diseminadas por todo el país. Esto provoca que los gobiernos locales prioricen la distribución de la energía procedente de fuentes fósiles, y explica la existencia de parques eólicos y solares preparados para producir energía limpia que no se conectan a la red.

Este conjunto de limitaciones en el uso de energías renovables es lo que se conoce como “curtailment”, y son las responsables de que China, con el doble de potencia instalada que EEUU, tenga prácticamente la misma capacidad de generación.

Por tanto, mientras que mejorar la ubicación de los nuevos parques, aumentar su rendimiento, o evitar pérdidas en la distribución, constituyen una cuestión técnica de la que ya está ocupando el gobierno de Pekín, conectarlos a la red (y en que medida) es una cuestión política que dependerá de la osmosis existente entre el descontento generado por la contaminación y el provocado por la falta de empleo. Pero los gobernantes chinos, con Xi Jinping a la cabeza, ya nos tienen acostumbrados a este tipo de malabares, donde tratan de  compensar reformas y desempleo o inversión y deuda. Aunque siempre con un denominador común, evitar la inestabilidad social que deslegitime al Partido y pueda hacerles perder el poder.

Los rumores sobre la muerte del trabajo son exagerados

La aseguradora japonesa Fukoku Mutual Life ha empezado a automatizar su servicio de reclamaciones. Watson, el superordenador de IBM, se encargará a partir de ahora de examinar los partes hospitalarios y determinar qué indemnización corresponde a cada cliente. La firma calcula que la implantación del sistema le costará 1,7 millones de dólares. Además, deberá pagar otros 128.000 al año por el mantenimiento, pero se ahorrará cada ejercicio 1,1 millones en nóminas e impulsará el 30% su productividad.

Esta y otras noticias similares han reavivado los anuncios de un apocalipsis laboral. “Cada día vemos cómo diferentes máquinas sustituyen a asalariados que hasta hace poco se sentían muy seguros, de modo que la inquietud […] hiela las espaldas de la gente más preparada”, editorializa El País. Y concluye que “está claro” que no va a haber empleo para todos.

No digo que no vaya a ser así en el futuro, pero hasta ahora los rumores sobre la muerte del trabajo han resultado exagerados. La población ocupada no ha dejado de crecer en lo que llevamos de siglo, ni parece que vaya a dejar de hacerlo en un plazo inmediato, como reflejan estas barritas del Banco Mundial.

Podrá objetarse que este gráfico es un cajón de sastre en el que se han metido todo tipo de naciones, incluidas las mucho más intensivas en mano de obra del Tercer Mundo, pero Maximilliano A. Dvorkin y Hannah Shell llegan a la misma conclusión cuando comparan la marcha del empleo en ocho economías avanzadas.

Aunque las curvas sufren sus altibajos, en ningún caso abonan la tesis de un declive que “hiela las espaldas”. A pesar del aumento de la población activa (impulsada por la incorporación de la mujer al mercado), la proporción de personas que trabajan se mantiene por encima de los niveles de los años 70 en todos los países, y en algunos incluso ha experimentado un progreso notable, como Japón, Alemania y, sobre todo, España. ¿Cómo es posible? ¿No realizan los robots muchas tareas de las que antes nos encargábamos los humanos? Esto es especialmente cierto en la agricultura o la industria textil. Si resucitáramos a un economista del siglo XIX y le explicáramos que el 2% de los estadounidenses producía hoy todos los alimentos y el 1% toda la ropa, se llevaría las manos a la cabeza. “¿Y qué hace la gente?”, diría.

La respuesta son nuevos artículos y servicios. De las 10 mayores fortunas del planeta, cinco se han labrado en actividades que no existían hace 40 años. Usted igual no nota el ahorro que comporta disponer de teléfonos, viajes o coches más baratos, pero la renta liberada por esa ganancia de productividad se acumula en el sistema financiero y acaba invertida en los proyectos de millones de emprendedores que se afanan por ser los próximos Steve Jobs y Elon Musk.

¿Y no llegará un momento en que este proceso se agote y no queden más cosas que fabricar y comprar? Una vez más, no digo que no vaya a ser así en el futuro, pero la experiencia revela que, por mucho dinero que tengamos, de momento siempre nos las hemos arreglado para encontrar algo en qué gastarlo: una piscina, un yate, un avión…

Asia y el aumento de la desigualdad

Durante largos años, los investigadores Branko Milanovic y Christoph Lakner recopilaron pacientemente las encuestas de presupuestos familiares de un centenar largo de servicios nacionales de estadística y resumieron la información en un gráfico. En el eje horizontal dispusieron a la población mundial ordenada por renta y, en el vertical, lo que había variado la riqueza de cada percentil. El resultado es una curva con forma de elefante que muchos activistas han enarbolado como prueba de que la globalización ha abierto una brecha insalvable en Occidente.

Efectivamente, mientras entre 1988 y 2008 el 1% más rico (la trompa) aumentó un 60% sus ingresos, en los percentiles 75 a 90 (que en teoría corresponden a las clases medias europea y estadounidense) apenas hubo variación. Este dispar comportamiento explicaría muchas de las cosas que estamos viendo. “Piense en Donald Trump”, se lee en el último libro de Milanovic. “Piense en el nacionalismo. Piense en el brexit”.

El problema de este razonamiento es que se apoya en una ficción estadística. Como explica el economista de la Resolution Foundation Adam Corlett en Examining an elephant, el gráfico compara cómo se reparte la renta entre los hogares del planeta en dos momentos dados, no cómo les ha ido a esos hogares concretos. Quienes ocupan los distintos percentiles en 2008 no son los mismos que los ocupaban en 1988. Ni siquiera comparten nacionalidad.

De hecho, como no tenían datos de todo el mundo, Milanovic y Lakner usaron listas de países distintas en cada año. Cuando el cotejo se ciñe a aquellos de los que había información para 1988 y para 2008, se obtiene un elefante levemente distinto, con una trompa más corta, es decir, con ricos menos ricos.

Este fenómeno se agudiza si se tiene en cuenta además que la población global no evolucionó uniformemente en esas dos décadas. Creció más en Asia, donde hay más pobres, lo que redujo la renta media del planeta y mejoró por tanto la situación relativa de los ricos. Ocurrió algo parecido con la ampliación al este. El 30 de abril de 2004, en vísperas de que ingresaran en la UE Chipre, Malta y otros ocho miembros del antiguo bloque soviético, el PIB per cápita español suponía el 90% del europeo. Un día después había saltado al 99%. ¿Éramos de verdad nueve puntos más ricos? No. Se trataba de una ilusión contable. Es como cuando en el ejército pedían un voluntario, los veteranos se echaban atrás como un solo hombre y el pobre novato que no se había movido del sitio parecía que había dado un paso al frente.

Parte del avance de los ricos del mundo desde 1988 es consecuencia también de esta distorsión y, para neutralizarla, Corlett compara poblaciones constantes. El resultado es un elefante con mucho más lomo y bastante menos trompa.

Pero aún queda un último ajuste. La distribución de la riqueza está muy afectada por el colapso comunista. China y la URSS eran uniformemente pobres antes y ahora se han sumado al próspero, pero más desigual, universo capitalista. ¿Qué proporción de las diferencias mundiales es atribuible a esta transición? Parece que bastante. Cuando se excluye del cálculo a estas dos regiones (y a Japón, cuyos datos no son fiables, según Corlett), la curva de Milanovic y Lakner se vuelve prácticamente plana. La insalvable brecha que se ha abierto en Occidente no lo parece ya tanto.

“Empleando los mismos datos que hay detrás del elefante”, escribe Corlett, “sería incorrecto sostener que los ingresos de las clases baja y media del Primer Mundo se han estancado”. Y concluye: “Como siempre en economía, la historia es mucho más complicada”.