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China, en el centro


China sigue, y no se puede decir que sus dirigentes no estén encantados, en el centro del escenario político mundial y asumiendo cada vez más papeles. La terrible persistencia de elementos propios de la dictadura comunista no logran hacer palidecer la sonrisa amable, las maniobras calculadas y los pasos medidos, pero decididos, de sus dirigentes.
La brutalidad interna de los gobernantes chinos es una constante histórica y el comunismo consagró, justificó moralmente, aunque de otra manera, y protocolizó la gestión de ésta. Pero eso está al margen, como en el resto de los países, de la diplomacia, las relaciones exteriores y lo planes a largo plazo. En ningún sitio como en China, está tan asumido que  los grandes proyectos colectivos no pueden verse obstaculizados moral, jurídica o políticamente por los avatares o los derechos individuales de los integrantes de la sociedad.
Por eso, la terrible historia del Premio Nobel Liu Xiabo, no va a ir mas allá de protestas occidentales que nada van a obstaculizar la marcha imparable de China en sus esfuerzos diplomáticos, comerciales y militares por situarse en el primer plano del protagonismo mundial. A pesar de los obstáculos y los vaivenes, China no ha hecho, en la última década, más que ocupar casillas que otros abandonaban voluntariamente o eran incapaces de mantener.
En este marco, la relación de China con Estados Unidos y Europa respecto a Corea del Norte gana valor cada día; y en ella pesan más, por supuesto, los inteses de China que los de Corea del Norte. Que China va a seguir sin aplicar las sanciones es evidente; y también lo es que la mayor o menor presión y los acuerdos a que llegue con EEUU van a estar determinados por sus movimientos en el gran juego internacional y de las ventajas que en ese escenario pueda conseguir. Si no se analiza al escenario del Pacífico desde esta perspectiva, faltaran datos para llegar a conclusiones operativas para Europa y para Estados Unidos.

Discursos y trampas

Una de las acusaciones más frecuentes contra China es el maltrato a los trabajadores, la carencia de protección de estos respecto a los empresarios, la facilidad de despido el trabajo de menores y otras tantas cosas parecidas.

Es obvio que en este tipo de acusaciones se mezclan verdades, verdades a medias y falsedades notorias, y que están todas teñidas de una fuerte ideologización. Y se puede hacer al respecto un ejercicio interesante. Reunamos todo lo que se dice de la reforma laboral en España y situémonos en una posición de observación desde fuera, como si no tuviéramos datos propios. En este caso sería fácil caer en la tentación de pensar que en España hay trabajadores en régimen de esclavitud, sin derechos, sometidos a la imposición empresarial y en un escenario de despidos, no solos libres, sino arbitrarios. Y todo esto en falso.
De la misma manera es rotundamente falso que en China no exista una legislación laboral. Que ésta requiera un perfeccionamiento desde la arbitrariedad que suponía el maoismo anterior y que la haga compatible con el crecimiento y la creación de empresas parece evidente, pero subrayemos que en China sí existe un sistema de seguridad social, pero aún se encuentra en construcción. En la medida que las empresas eran públicas en su mayoría éstas ya proveían al trabajador de prestaciones sociales, pero con el cambio de modelo económico operado en China los últimos 20 años, el sistema anterior se ha empezado a tambalear; en consecuencia, poco a poco (sobre todo después de 2010) se está intentando desarrollar un sistema que asegure pensiones de jubilación, atención médica, subsidio de desempleo y subsidio en caso de maternidad, pero las coberturas aún no son ni mucho menos universales.
China ha iniciado un modelo de crecimiento que necesita crear mercado, estimular empresas y, sobre todo, hacerlas competitivas en los grandes mercados internacionales. Aumentar los costes de producción, exigir aumentos salariales generalizados al margen de la productividad real y pretender que se haga a golpe de decreto sería, como en España, abonarse a que haya, esta vez sí, despidos masivos, pobreza y una gran inestabilidad social que, en el caso chino, sería una amenaza de escala planetaria.
Esto no quiere decir que los chinos y su sistema sean los buenos de la película; pero el asunto es lo suficientemente complejo para que se hagan reflexiones sosegadas y pegadas a la realidad y no desde púlpitos confortables en universidades progresistas o despachos sindicales que defienden privilegios. La exigencia de derechos “occidentales” para algunas sociedades es, en el fondo, un argumento que apoyaría algún sector de la Administración Trump por lo que tiene de barrera para el libre mercado. Hay que establecer normas para dar seguridad jurídica y estabilidad a los mercados, pero éstas no deberían ser instrumentos para mantener la intervención, el dirigismo económico y las barreras a la libertad que perpetúan la pobreza.

Un escudo con tensiones. Julio Trujillo

A pesar de que los analistas consideran un riesgo moderado la posibilidad de un enfrentamiento con Corea del Norte, Estados Unidos y los países vecinos a la autocracia coreana llevan muchos meses en un alto nivel de alerta con despliegue creciente de fuerzas capaces de responder anticipadamente y de tecnología para neutralizar eventuales ataques. Predomina la doctrina de que quien tiene capacidad para hacer daño puede hacerlo y hay que prevenirlo. Toda la ilusión por mantener la estabilidad, pero toda la preparación para ganar la guerra.

Una de las medidas tomadas por Estados Unidos con sus aliados fue la instalación en Corea del Sur de la Terminal de Defensa de Área a Gran Altitud (Thaad, por sus siglas en inglés).

El sistema está operativo y tiene la capacidad de interceptar misiles norcoreanos y defender a Corea del Sur, señalaron las Fuerzas de EE.UU. en ese país a través de un comunicado en aquel entonces. Pero no era del todo verdad. Tras unos meses el sistema está parcialmente operativo. Se sabe que el dispositivo de defensa puede interceptar misiles que en un futuro podría lanzar Corea del Norte, aunque todavía el Thaad no alcanzó su capacidad operativa completa.

Se esperaba que el sistema de defensa llegara a estar plenamente en funcionamiento en los próximos meses. Sin embargo, hace unos días la oficina presidencial de Corea del Sur anunció que se paralizaba el despliegue del escudo antimisiles ante la necesidad de que se someta a un estudio detallado de impacto ambiental. A nadie se le oculta que el nuevo presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, es partidario de una política más suave con su vecino del norte y de abrir puertas a una eventual negociación y el escudo antimisiles no sólo ha molestado, como es obvio por su exhibición de fuerza, a Corea del Norte, sino que ha sido criticado por China que ve en el sistema un avance de posiciones de ventaja estratégica para Estados Unidos.

El sistema no puede interceptar un hipotético ataque chino con misiles balísticos sobre territorio continental norteamericano. Lo que preocupa a Pekín son los potentes radares de banda X del sistema, que pueden detectar inteligencia de señales y movimientos militares en profundidad en territorio chino.

A la cúpula militar de China le preocupa que estos podrían ser utilizados para detectar lanzamientos de misiles chinos y alimentar los datos de los sistemas defensivos de Estados Unidos, por ejemplo, misiles interceptores basados en EE.UU., que afectan potencialmente la capacidad disuasoria de China. Pero EE.UU. ya cuenta con potentes radares en Japón y un sistema Thaad en Guam. No es fácil cuantificar el beneficio adicional que los radares de Thaad desplegados en Corea del Sur tendría para el Pentágono. Pero proporcionarán a los surcoreanos una nueva e importante capa de defensa frente a ataques con misiles.

Paralelamente a esta decisión, Estados Unidos probó su propio escudo antimisiles, como analizó 4asia.com, con resultados completamente satisfactorios, según fuentes del Pentágono.

La respuesta de Corea del Norte ha sido una nueva andanada de misiles sobre el mar de Japón como una prueba, un pulso más en la escalada de tensión. Esto resta capacidad de maniobra al presidente surcoreano Moon y sube un grado la preocupación y la alerta de Japón.

Así están las cosas mientras China, que insiste en la posibilidad mediar en una solución que rebaje la tensión no encuentra la respuesta que espera de Corea del Norte ni la confianza completa de Estados Unidos y sus aliados en la zona.

La discreta escalada. Julio Trujillo

El aumento de tensión que suponen los desafíos y provocaciones de Corea del Norte está provocando una escalada militar de potencias regionales como Japón que está pasando desapercibida para el gran público. Aunque sea explicable y Japón siga sometido a compromisos de contención impuestos tras su derrota en la II Guerra Mundial, ha puesto en pie una maquinaria militar dada despreciable y está desarrollando una nueva política de intervención y de definición de sus intereses nacionales y de política de defensa.

En la última década Japón ha ido construyendo una fuerza naval considerable siempre dentro de los límites marcados por los tratados de paz incluidos en la propia Constitución Japonesa, a veces con sutiles especificaciones técnicas. Tal es el caso del Izumo, el barco más grande construido por Japón desde el final de la II Guerra Mundial. El Izumo se parece mucho a un portaviones, aunque los oficiales de la Armada de Japón son cuidadosos al describir la nave como un “destructor portahelicópteros”. Ya ha participado en la primera exhibición de barcos de guerra de Singapur, un encuentro internacional en el que flotas procedentes de Asia y de más allá se reúnen para demostrar sus capacidades.

El aumento de las operaciones navales de Japón en el Mar Meridional de China y más allá también es una respuesta a una creciente preocupación para Tokio: la intención expresada por parte de China de dominar las aguas que rodean a Japón.

Los chinos sostienen que, con apenas unos ajustes menores, un barco como el Izumo podría transportar modernos aviones caza con capacidad de despegue vertical, incluyendo el caza furtivo F35.  China afirma que el Izumo y las últimas adquisiciones de la Fuerza de Autodefensa de Japón suponen el inicio de un nuevo expansionismo militar y un recordatorio del sufrimiento y la destrucción causados por la flota japonesa durante la II Guerra Mundial.

Para las fuerzas navales japonesas, sin embargo, los barcos como el Izumo tienen un doble mensaje: expresar el compromiso con frenar las intenciones chinas y hacer cumplir las resoluciones internacionales sobre la libertad de navegación y, a la vez, demostrar su intención de gastar más en defensa en sintonía con las exigencias de su aliado, Estados Unidos.

El clima como pretexto

Esta vez es el clima. Concretamente el cambio climático. La decisión de Estados Unidos de retirarse del Acuerdo de Paris para reducir elementos que potencian el aumento de las temperaturas globales ha sido hábilmente aprovechada por China para reforzar sus relaciones con Europa, presentarse como país respetuoso con el medio ambiente y seguir escalando puestos en el ranking de la influencia mundial.

La torpeza estratégica de Trump, que no puede desconocer que el acuerdo aún no está en vigor, que puede rectificarse y que Occidente exige a Estados Unidos una voluntad de liderazgo, es indiscutible. Y, sin embargo, en algunas cosas Trump y su equipo tienen razón: la apuesta por una supuesta energía limpia tiene tantos intereses y tan sucios o legítimos como la del petróleo; entre los gases que producen el efecto invernadero, los que provienen de la actividad humana no son los más importantes, y existe un debate científico, cuidadosamente silenciado, sobre el carácter de ciclo que podría tener la subida de temperaturas y no ser necesariamente un producto del capitalismo desalmado. Pero el presidente Trump no lo ha explicado así, sino como un compromiso con los trabajadores norteamericanos del carbón, una de las energías más contaminantes y productora de lluvia ácida y superada en limpieza y eficiencia por todas las demás.

La adhesión de China a los acuerdos internacionales es importante y necesaria, pero llena de un voluntarismo alejado la realidad. Hoy es el país más contaminado, depende mucho carbón y del petróleo y concederle espacios temporales de renovación, necesarios, supone ciertamente una ventaja competitiva frente a Estados Unidos, a quien se exige más cumplimiento en menos tiempo. El clima, con todas sus complejidades, es otro espacio de lucha estratégica que no debe perderse de vista.

Zafiedad, estupidez y estrategia.

Donald Trump es un hombre zafio que justifica su mala educación, personal y cultural, como lenguaje directo y su derecho a hablar con el “lenguaje de la gente”. Su dedicatoria, frívola, estúpida y fuera de tono, en el libro de visitas del Yad Vashem el museo israelí dedicado a la Shoa (Holocausto) son una muestra más que evidente de su ligereza intelectual y su escasa inteligencia emocional. Y a ese colofón de hace unas semanas debe añadirse sus comentarios sobre las mujeres, sus salidas de tono con algunos periodistas, su falta de contención verbal en sus contactos con líderes europeos o sus complicidades emocionales con algunos dirigentes rusos que hace tiempo están instalados en la chulería y la falta de elegancia, como es el caso del propio Putin.

Pero debajo de ese Trump empieza a dibujarse una estrategia, probablemente definida por su equipo, que parece clara. El presidente está decidido a que Estados Unidos tenga una estrategia respecto a Oriente Medio y Asia Central tras unos años en que la Casa Blanca parecía embrollada en un discurso de llevarse bien con todos y en conseguir el aplauso de la opinión pública políticamente correcta. Trump ha llegado a Arabia Saudí, les ha advertido de los lazos perversos con el Daesh en un mensaje no solo dirigido a Ryad sino también a Qatar, y les ha ofrecido ayuda militar frente a Irán a cambio de compromiso contra el Desh.
El islam sunní cuya autoridad religiosa encarna Arabia Saudí está en guerra con los chíies que apadrina Irán, en Irak, en Siria y, sobre todo en Yemen, en un conflicto en abierta confrontación militar. De esa confrontación provienen en realidad los lazos entre Al Qaeda, Daesh y el islam sunní, todos enemigos de los chíies. El campo chíi agrupa al régimen de Bachar el Asad de Siria, a sectores irakíes, al Estado paralelo que representa Hizbullah en Líbano (con tropas en Siria) y, como aliado estratégico, la Rusia de Putin. Con esa política, EEUU ha marcado el campo y redoblado su apoyo a Israel, no sólo la única democracia de la zona sino el único proyecto de vida con estándares occidentales y donde cristianos y musulmanes, además de judíos,  gozan de mayores libertades y seguridad en toda la región.
La política, si es el arte de lo posible, constituye una partida que hay que jugar con las cartas que tocan, y colocarse por encima del juego real es peligroso y un factor propagandístico de primer orden. Irán es hoy una potencia en auge que desestabiliza la zona y para comprometerla en una reglas del juego manejables hay que dejarle claro los límites. Como se les deja, en otro plano, a Arabia, Pakistán y Egipto.
Pero, al lado de la zafiedad y la estrategia (se puede compartir o no, pero es un plan donde no había nada) aparece la estupidez. Los sectores progresistas europeos se rasgan las vestiduras y acusan a Trump de todos los males. Para ello exhiben la zafiedad presidencial y presentan oposición ética a la búsqueda de alianzas con los saudíes. Sin dejar de recordar que los mismos que piden principios contra Ryad son los que piden hacer “política” con Maduro y lo pedían con ETA, conviene advertir que, en el fondo, no hay una propuesta alternativa. Hay simplemente rechazo a Estados Unidos siempre que no gobierne un miembro del Partido Demócrata e, incluso entonces, con reparos.
Trump ha entrado en Europa como un elefante en cacharrrería, incluso cuando tiene razón  y dice que los aliados europeos tienen que gastar más en Defensa. Y hace bien Angela Merkel cuando advierte que los europeos deben aprender a caminar solos porque no hay, ni tiene por qué haber, una identidad absoluta de intereses. Pero no cabe duda de que es más lo que une a la UE y a Estados Unidos que lo que los separa. Y Rusia es un adversario a los intereses de ambos en todos los terrenos.
Trump ha comenzado a verle las sombras al brexit y se las verá a sus obsesiones proteccionistas. Pero incluso antes de eso está en el mismo campo que Europa.

Irán, Arabia Saudí…. Y Trump.

Con apenas una semana de diferencia se han desarrollado unas elecciones en Irán y un viaje de Trump a Oriente Próximo con significativas escalas en Arabia Saudí e Israel. No son sucesos completamente independientes. Mientras Rusia estrecha lazos con el Damasco de Al Asad, a quien apoya el régimen de Teherán, Estados Unidos visita y firma acuerdos militares con Arabia Saudí que, con Egipto, planea, aunque se miren de reojo, una alianza contra el bloque chií que, irradiado desde Irán, va consolidando posiciones no sólo en Siria y Líbano (y en Yemen con dificultades) sino también en algunos círculos palestinos. Arabia Saudí verá acrecentado y modernizado su poder militar, que se muestra dudoso en su enfrentamiento contra los rebeles hutíes, apoyados por Teherán, en Yemen.

El presidente Trump está definiendo aceleradamente una política más activa en la zona que la de Obama y eso va a tener consecuencias en la consolidación de bloques en la zona. Las condiciones para resolver, militar o negociadamente, los conflictos en marcha van a cambiar profundamente.

En este escenario, con los suníes robusteciendo lazos con EEUU y los chíes más cerca de Moscú, las elecciones iraníes se han decantado del lado de Rohani, la menos dura de las versiones de le teocracia, la que ha negociado con EEUU y Occidente un acuerdo de contención de la investigación nuclear, que Trump e Israel ven con la máxima desconfianza y aspiran a cambiar, y la que ha realizado una serie de reformas, mínimas pero dinamizadoras de la sociedad iraní. Rohani ha conseguido derrotar otra vez al sector más intransigente y belicoso de los guardias revolucionarios y del Estado.

Esta nueva situación no dejará de influir en Centro Asia, la histórica Ruta de la Seda por donde China recuperará influencia, donde la religión mayoritaria es el islam suní y donde, a la vez, existen lazos por razones históricas y estratégicas, con Rusia.

En el otro lado del espacio geoestratégico en que esta alianza se mueve, Israel observa atentamente la situación. No hay que olvidar que el Gobierno de Jerusalén lleva meses fortaleciendo muy discretamente sus relaciones económicas con Qatar, colaborando con Egipto contra el terrorismo en el Sinaí y compartiendo información con estos países y Arabia sobre las relaciones de Irán en grupos palestinos de Gaza. Aunque tampoco hay que olvidar que el Estado Islámico es suní y ha logrado colaboración indirecta de estos países en la medida en que contrarrestaba el empuje de Irán.

Por eso, el discurso de Trump en Arabia Saudí ha insistido en la necesidad de implicarse más contra el terrorismo, premiar el compromiso en esa tarea con armamento más sofisticado y pedir que medien con los palestinos para que acepten volver a la mesa de negociación con Israel con propuestas realistas. Coincide esto con sectores israelíes que creen posible articular un acuerdo con países árabes, suníes y moderados, es decir Jordania, Egipto y eventualmente Arabia y Qatar, que imponga una paz con los palestinos con las fronteras de 1967 y un pacto sobre Jerusalén y los refugiados. Un complejo crucigrama para el que el presidente Trump y sus asesores parecen tener respuestas.

Corea del Norte sube el precio. Julio Trujillo

El lanzamiento de un nuevo misil, ahora con éxito, desde Corea del Norte, en su carrera por demostrar que están en situación de atacar las bases norteamericanas en Japón y en la zona es, básicamente, una subida del precio para aceptar un enfriamiento de la tensión regional. En un escenario en que las presiones de adversarios, como EEUU y Japón (además de Corea del Sur), y amigos como China, están aumentando las presiones, y en el que las elecciones en Corea del Sur han situado en la presidencia a un dirigente un poco menos duro con Pyongyang, los dirigentes norcoreanos entienden que subir un poco la agresividad y la provocación aumentando controladamente el riesgo es una buena apuesta.

En ese contexto ha irrumpido Rusia de manera pública criticando la acción norcoreana y, a la vez, recordando a EEUU que no hay otra alternativa que negociar, es decir, Moscú reforzando la pretensión norcoreana de conseguir ayuda financiera y ventajas a cambio de no desencadenar el terror. Es una vieja teoría no siempre oportuna y no exenta de riesgos.

Sin analizar aún todas las características técnicas del nuevo misil, del que EEUU dice que es un avance más y que, antes o después Corea del Norte conseguirá armas que podrían llegar a las costas norteamericanas del Pacífico, la realidad es que los tiempos para conseguir una contención efectiva van pasando y en un clima de tensión los riesgos se multiplican.

No es fácil tomar decisiones con garantías de efectividad; hay que recurrir a la experiencia, a la opinión de otras potencias con sus propios intereses y esperar en la otra parte una racionalidad que tampoco está garantizada. Pero esas son las cartas con las que hay que jugar esta partida.

China y Francia. Por Julio Trujillo.

La felicitación del presidente y el Gobierno chino a Enmanuel Macron por su victoria electoral responde a algo más que a un acto protocolario. China, sobre cuyo pragmatismo caben pocas dudas, ha comprendido que la visualización de Macron como salvador del sistema frente a la extrema derecha le va a dar una oportunidad de oro en el escenario europeo, y más cuando la salida de Gran Bretaña otorga a Francia la posibilidad de fortalecer su papel. En una Europa deprimida, la victoria de Macron y sus anuncios de que va a ponerse a la tarea de reformar y fortalecer la Unión Europea es una inyección de optimismo que no se puede desdeñar.
En ese contexto, y con un presidente en Estados Unidos que ha planteado dudas sobre el proyecto europeo y que amenaza con replegar sobre sí misma a la economía norteamericana, el discurso europeísta, con tintes liberales y promesas sociales y críticas a Estados Unidos está servido. Es verdad que a Macron le encantaría estrechar lazos con Estados Unidos y representa al sector más atlantista de Francia, pero Trump por un lado y  la necesidad de guiños nacionalistas a derecha e izquierda no se lo van a poner fácil.
En ese contexto, China va a encontrar un escenario favorable para sus disputas con Estados Unidos (menos graves de lo que parecen) y su búsqueda de un protagonismo internacional cada vez mayor.

La inmensa tarea de Enmanuel Macron. Por Julio Trujillo.

En su discurso de la noche electoral, ante sus seguidores y a las puertas del Louvre, el elegido nuevo presidente Macron insistió no menos de cinco veces en que tenía ante sí una inmensa tarea y subrayó la necesidad de crear las condiciones para que, en cinco años, los que ahora han votado en clave populista no se sientan tentados a volverlo a hacer. Es verdad que es una inmensa tarea en la que se suman la necesidad de articular en menos de un mes una formación política que le dé un grupo parlamentario en las elecciones de junio y esbozar las primeras medidas que transmitan un mensaje reformista a quienes le ha votado.

Sin embargo, el tirón electoral hacia la extrema izquierda y la extrema derecha tienen una misma base sociológica e ideológica por encima de las apariencias  (nostalgia de un Estado providencial, rechazo a toda medida liberal, desconfianza en la Unión Europea y melancolía mitificada de la época del franco francés), y esto va a ser leído por todo el espectro político, y también por el presidente Macron como un mensaje para reorientar algunas políticas. Por eso, algunas de las medidas anunciadas por Macron en la campaña electoral van a ser meditadas con mucho cuidado. De hecho, ya en la misma noche electoral, la parte de la izquierda que ha apoyado a Macron ya insistía en la necesidad de abandonar la senda de la austeridad para contentar a la demagogia populista, es decir, gastar más dinero público en contentar a esos sectores que en tomar medidas para impulsar una economía más competitiva. En todo caso, en este terreno el debate ya existe hace meses y los límites del mismo los marcará Alemania, que también tendrá que enfrentarse en poco tiempo, en septiembre, a elecciones generales.

Pero sí hay un terreno en el que Macron puede emitir mensajes que aglutinen a gran parte de la nación, y es en la política exterior y de defensa en las que el presidente va a sacar músculo nacional y aumentar el protagonismo francés en la escena internacional, insistiendo, como todos sus predecesores, en sugerir una grandeur hace tiempo en decadencia si es que existió alguna vez. Ya ha hablado el entorno presidencial de encuentros más o menos inminentes del presidente Macron con Merkel, Putin y Trump. Con Gran Bretaña fuera de la UE, Francia va a levantar la bandera europea en torno a su política exterior que será beneficiosa para toda la Unión según cada caso.

Partiendo de esta hipótesis, ¿dónde tratará Francia de escenificar su ascenso a las potencias? Ya lo hace en África, donde lleva décadas compitiendo con discreción con Estados Unidos, pero ha estado siendo desplazada de Oriente Próximo en donde fue potencia colonial, y es bastante plausible que trate de reaparecer con iniciativas propias, tal vez no muy alejadas de las de Putin, en aquella zona partiendo del conflicto sirio. Y aquí Francia va a intentar presentar una defensa de sus intereses nacionales con la bandera de la Unión Europea y con el apoyo de los socios de la UE entre los que no estará totalmente de acuerdo Gran Bretaña. Y también Asia-Pacífico. Europa, y por lo tanto Francia, no pueden ignorar el protagonismo chino y los riesgos de Corea del Norte en una zona de la que la UE lleva décadas desaparecida.

Este es el escenario para una Francia desgarrada, necesitada de referencias en una Europa que ha respirado de alivio por el presente inmediato pero que tendrá que asegurar el futuro. Es, efectivamente, una inmensa tarea.