Entradas

El ajedrez asiático

Donald Trump ha afirmado que la situación creada por Corea del Norte y sus repercusiones en el área estratégica de Asia Pacífico es como una partida de ajedrez en la que no hay que adelantar públicamente las jugadas de cada uno. Y lo dijo tras afirmar que no había que descartar una acción militar directa de EEUU contra Corea del Norte y antes de sugerir que no se negaría a encontrarse con el presidente norcoreano si se dan las condiciones necesarias para ello. Todos estos comentarios, que parecen haber sorprendido a algunos analistas y desatado una nueva ola de comentarios de suficiencia respecto a Trump, no parecen indicar otra cosa que lo que desde hace meses parece evidente: Estados Unidos está volviendo al realismo político que durante décadas fue la estrategia de los republicanos y combinando está vuelta a los clásicos con un renovado protagonismo de la Casa Blanca en la puesta en marcha de la política exterior de Estados Unidos.

Sun Tzu, general, estratega militar y filósofo de la China del siglo VIII, citado hasta la saciedad (aunque mucho menos leído) como fuente de la estrategia militar, política y empresarial, dijo que “el bando que sabe cuándo combatir y cuándo no hacerlo se alzará con  la victoria. Existen caminos que no hay que transitar, ejércitos a los que no hay que atacar, hay ciudades amuralladas que no hay que asaltar”.

Este método de prudencia y cálculo a la hora de emprender acciones militares seguramente es bien conocido por los asesores de Trump y, desde luego, parece una definición anticipada de la posición estratégica china desde hace muchos años. En el fondo se trata de la doctrina de acumulación de fuerzas y razones y la aproximación indirecta a un objetivo antes de emprender una acción que una vez puesta en marcha debe ser decisiva.

No darle importancia y presentar estas posiciones como un comentario más de Trump es un error que incide en los que ya comete Europa, que sigue perdiendo oportunidades de estar presente en la esfera internacional dejando todo el protagonismo a terceros. La cada vez más intensa agenda de Putin (conversaciones con Merkel y Trump con pocas horas de diferencia) sin que exista aparentemente una posición común de la UE al menos respecto a dos problemas fundamentales, Corea del Norte y la presión rusa en el Báltico, definen bien quienes están a cada lado del tablero, aunque tal vez sea uno de esos en los que pueden jugar más de dos.

Sigue la rectificación del rumbo

El cambio de lenguaje de la Administración Trump respecto al acuerdo con Irán apoyado y negociado por la Administración Obama, el aumento de la presión contra el Daesh en Afganistán mientras el gobierno de Kabul, sin rechazo de EEUU, negocia con un sector de los talibán, el aumento de protagonismo en el escenario sirio y el aumento de la dureza verbal respecto a Corea del Norte dibujan ya un cambio de modelo en la gestión de la escena internacional. A qué consecuencias conduce este cambio es otra cuestión.

El cambio respecto a Irán, en el fondo, no es tan sorprendente. Si sumamos que los republicanos nunca vieron con buenos ojos lo que consideraron un exceso de concesiones a Teherán al hecho de que, si EE.UU. quiere recuperar protagonismo en Siria separando su campo del de Bachar el Assad, tiene que marcar territorio con Irán, aliado de Moscú y de Damasco, tenemos parte de la explicación. La otra es que Teherán está viendo crecer sus divergencias internas, y la Administración Trump sabe que es buen momento para advertir que no va a poder convertir aquel acuerdo con Obama para fortalecer su aspiración a ser potencia regional, apoyada en la amenaza nuclear y miliar a medio plazo.

Al otro lado de la frontera oriental iraní, un fortalecimiento de la presencia del Daesh es una amenaza para Kabul, para Estados Unidos y para la estabilidad, y también para Irán, que teme ver crecer el radicalismo sunnita en su flanco oriental y para los propios talibán que, aunque compartan teología, se disputan parcelas de poder. En el fondo, una gran ofensiva en Afpak, como llaman en EE.UU. a la región afgano-pakistaní sería, en parte, un alivio para Teherán y sus aliados de Moscú.

En realidad, la nueva misión del mundo del equipo de Trump es menos novedosa de la que intentó poner en marcha Obama. Parece que EEUU vuelve al realismo político de la era Kissinger, tan alejada del idealismo de Obama como del redentorismo pretencioso y no menos idealista de los neocom.

Pero hay que esperar. Trump es impulsivo, tiene tendencia al narcicismo y necesitan que le marquen el territorio en casa. Y esos elementos son malos compañeros para gestionar las crisis.

Trump pide paso

El bombardeo por la Armada de Estados Unidos de  la base siria de la que partieron los aviones que realizaron el ataque con armas químicas contra una posición de los rebeles al Gobierno de Bachar el Assad, supone una carta de presentación de EEUU en el nuevo panorama internacional tras los titubeos de Obama y las bravatas, mezcladas con anuncios del repliegue sobre sí mismo, del propio Donald Trump. Como dice Miguel Ors en esta publicación, el presidente se ha tropezado con la realidad.

No se trata tanto de analizar los detalles que han precedido a la intervención de Estados Unidos ni qué elementos han rodeado a la inmensa estupidez del crimen del Gobierno sirio y cómo ha situado a la propia Rusia en un terreno incómodo. Lo realmente significativo es el giro que supone que Estados Unidos se haya hecho presente directamente en un escenario del que se había alejado, que anuncia que está dispuesto a llevar a cabo nuevas acciones similares y, lo que es más importante, que la Casa Blanca ha comenzado a deslizar un mensaje que rompe el consenso europeo de resignación que significaba aceptar que una solución del conflicto pasa por pactar con el dictador, postura que ha venido convirtiendo a Rusia en el líder de la supuesta pacificación. Trump irrumpe en la partida con cartas nuevas.

Sin embargo, aunque no ha mostrado su juego, que sean cartas nuevas no significa que sean buenas. Frente al dictador y sus crímenes hay una multitud de bandas y bandos que compiten en criminalidad con el Gobierno de Damasco y que, además, suponen una mayor desestabilización y amenaza para la región y para el equilibrio internacional. Ahora bien, la situación de placet a El Assad que significaba la situación anterior y que aún sigue vigente, supone por su parte, la consolidación de un eje Teherán-Moscú con apoyo en Hizbullah que sitúa en un mismo lado, aunque pueda parecen sorprendente, a Israel, Arabia Saudí, Egipto, Jordania, Estados Unidos y, si reflexiona un poco, a la Unión Europea.

Cambiando de metáfora lúdica, Trump ha dado una patada al tablero y quiere uno nuevo para el que no tiene piezas suficientes, pero que va a necesitar que Europa, es decir, básicamente Alemania y Francia, se sienten un definir un papel claro y lo defienda con determinación. El conflicto sirio no se circunscribe a Siria sino que se extiende a Irak, llega en sus alianzas hasta Yemen y repercute en una Palestina que en la práctica funciona como dos países; Gaza y la llamada Cisjordania. Si no se analiza el escenario en su conjunto las medidas pueden ser parciales, y no hay pruebas de que Trump lo haya analizado en toda su complejidad.

España juega en Japón

 

La visita de los reyes de España, esta semana, a Japón se produce en un momento importante para la región Asia Pacífico y en un contexto en el que Europa necesita estar presente en la medida en que EEUU da un paso atrás en el liderazgo económico pero ratifica sus compromisos de mantener su presencia militar ante la ofensiva diplomática y naval China en el Mar de la China.

Las relaciones entre España y Japón son tan intensas como discretas desde hace décadas. El bajo perfil como potencia de España, los intereses turísticos por atraer visitantes de aquel país y la creciente colaboración económica contribuyen a envolver juntas relaciones que deberían ir a más en la medida en que España sí está aumentando su protagonismo en la zona con los acuerdos en materia de defensa con Australia, Indonesia y, en menor medida, con Malasia.

Los reyes han recuperado su agenda internacional tras el largo parón ocasionado por la parálisis política, y esto se produce en un momento en que España está siendo impulsada a desempeñar un papel más importante en Europa por la retirada de Gran Bretaña de la UE y por la incertidumbre que suponen las próximas elecciones en Francia y en Alemania donde el populismo de la extrema derecha parece en claro ascenso y con posibilidades de obtener un triunfo en Francia.

En este escenario, la diplomacia desarrollada por la monarquía sigue siendo tan importante como en tiempos pasados, cuando Don Juan Carlos de Borbón garantizaba presencia en donde parecía que la política gubernamental parecía desdibujarse. No pocos éxitos comerciales, proyectos empresariales e influencia política se deben a estas actividades reales.

China: más presión sobre el islamismo

China sigue emitiendo mensajes difíciles de interpretar, entre otras cosas porque falta información en un país que sigue siendo hermético respecto al origen de la toma de decisiones y, sobre todo en detalles sobre el grado de tensión social y de la influencia real del islamismo, presente de manera significativa entre los integrantes de la etnia uigur.

Recientemente, las autoridades chinas han aumentado la presión sobre el islamismo radical prohibiendo llevar un velo que cubra totalmente el rostro, lucir una barba “anormalmente” larga o negarse a ver la propaganda del Estado en radio y televisión. Estas prohibiciones afectan a la región china de Xinjiang, un territorio foco de conflictos étnicos en el que las autoridades chinas acaban de introducir una nueva regulación cuyo objetivo es “frenar el extremismo” religioso.

La ley introduce 15 nuevas disposiciones, entre las que también se incluyen la obligatoriedad de que los menores reciban la educación estipulada a nivel nacional, la ilegalización de los matrimonios o divorcios a través de procesos religiosos en lugar de los procedimientos legales o el castigo por dañar de manera deliberada carnés de identidad oficiales, registros domiciliarios e incluso la moneda china, todas ellas vistas como “manifestaciones del extremismo”.

Los conflictos entre ciudadanos de la etnia uigur y la de los han, la mayoritaria en el resto del país, son algo habitual, y han generado numerosos episodios de violencia en los que han fallecido cientos de personas en los últimos años. Mientras que Pekín atribuye esta violencia a formaciones islamistas y secesionistas que mantienen vínculos con el extranjero, los grupos de uigures en el exilio y otros de derechos humanos consideran que los conflictos son la consecuencia de la represión que ejercen las autoridades comunistas sobre la libertad religiosa de esta minoría étnica y de las políticas aplicadas para fortalecer su control en la zona.

A finales de febrero, el Estado Islámico hizo público un vídeo en el que aparecían supuestos combatientes uigures entrenándose en Irak y prometiendo golpear a China para que la “sangre corra por los ríos”. Tras este anuncio, el régimen chino ha incrementado su presencia militar en Xinjiang, en donde ha llegado a realizar masivos desfiles militares en diferentes ciudades de la región, como el que reunió a más de 10.000 soldados en la capital regional, Urumqi.

Los problemas de seguridad con los uigures y el islamismo están, en gran parte, en el fondo de la política exterior china hacia las repúblicas centroasiáticas, su proyección geoestratégica por la antigua ruta de la seda y la búsqueda de cada vez  mejores relaciones con Pakistán, donde el islamismo radical tiene una presencia notable.

El test de Hong Kong

La elección de Carrie Lam al frente del Gobierno de Hong Kong, en una elección indirecta criticada por los demandantes de una democracia a la europea pero más participativa que en China, ha sido un nuevo éxito del Gobierno de Pekín, que quería en ese puesto a una persona con buenas relaciones con la República Popular, dispuesta a entenderse con sus dirigentes y alejada de planteamientos independentistas o de enfrentamiento con la política china.

China necesitaba este triunfo para que no se le abra otro frente en la delicada situación regional. Para los dirigentes chinos no se trata tanto de tener en el Gobierno de la ex colonia británica a una partidaria suya, cuanto de tener a alguien que dé estabilidad a las relaciones y garantice una paz social que ha pasado por momentos complicados en los últimos años. Hong Kong, por su historia, por su política, por su posición geoestratégica y por su potencia comercial es una pieza clave en el tablero del Pacífico y tiene una sociedad que ha vivido durante muchas décadas con un nivel de libertades económicas y políticas inexistentes en China.

La señora Lam, una política experimentada, tendrá que negociar ahora la política económica de Hong Kong, con autonomía para definir acciones propias en este terreno, y una reforma política demandada por los habitantes de la ex colonia que contente a todos y que sea asumible por China. No es una tarea fácil, pero eso es lo que se espera de ella, porque no sólo China, sino prácticamente todos, apuestan por una estabilidad que no añada problemas a los ya existentes en la zona.

Maniobras en la sombra

Tras meses de paralización, ha vuelto a reunirse la comisión técnica indo-pakistaní encargada revisar el acuerdo sobre la gestión de las aguas del Indo entre estos dos países enemigos tradicionales, ambos dotados de armas nucleares y cada uno encuadrado en bloques distintos, aunque la dinámica cambiante de la situación internacional confunda y mezcle, a veces, esas alianzas. Se trata de una comisión encargada de revisar el tratado de reparto y control de la gestión de las aguas de rio Indo (firmado en 1960) y suspendido hace unos meses por incidentes provocados por la acción de terroristas, teóricamente procedentes de Pakistán en territorio fronterizos con India.

Aunque tienen el aspecto de unas conversaciones técnicas, el acercamiento entre India y Pakistán puede tener un significado que va más allá en el complejo panorama regional. India, aliado tradicional de Rusia en la región, lleva años haciendo esfuerzos para reconstruir alianzas con Estados Unidos y Europa, y en ese marco no hay que perder de vista sus crecientes relaciones con Israel, país, por otra parte, muy atento a las relaciones de Pakistán con Arabia Saudí y a sus recelos con Irán. Pakistán, por su parte, mantiene también crecientes relaciones con China, es aliado como se ha dicho de los saudíes frente al empuje chiita que representa Irán en Oriente Próximo y es un país situado de lleno en el escenario afgano, por la porosidad de sus fronteras, por compartir población de etnia pastun y por la complicidad de sectores de sus aparatos de Estado con los talibán. Además, existe un cierto nivel de colaboración, no exento de recelos y trampas, con Estados Unidos por razones obvias. Es en este contexto donde la aproximación entre India y Pakistán, estimulada tanto por Rusia como por Estados Unidos, gana importancia.

No es que el viejo conflicto indo-pakistaní, países que se disputan la región de Cachemira y otras zonas fronterizas y cuyo enfrentamiento nació del proceso de independencia de India y desgajamiento de Pakistán como un país destinado a construir una república islámica del Indostán vaya a desaparecer, ni mucho menos. Pero una distensión en la frontera permitiría a Pakistán trasladar parte de sus fuerzas militar de la frontera oriental a la occidental y controlar los flujos hacia Afganistán, que es lo que Occidente desea. Y una mayor estabilidad en Afganistán es una de las pocas cosas en las que Estados Unidos, Europa, Rusia y China están de acuerdo, por lo que puede tener de freno a iniciativas islamistas que afectan a todos estos países.

Es importante prestar atención, más allá del ruido de las provocaciones de Corea del Norte y el movimiento de piezas de China, Estados Unidos y Rusia, a estos segundos frentes dónde, además de cambiar elementos del preocupante escenario de Asia Central, pueden tener repercusiones en el área del Pacífico por el este y en Oriente Próximo por el oeste.

El nuevo escenario coreano (del Sur)

La destitución de la presidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye, puede estar marcando el comienzo de una nueva etapa histórica para este país. Corea es hoy una sociedad nueva en la que la sociedad civil ha ganado importancia y muchos sectores juveniles han pasado a primer plano en el protagonismo político y social demostrando una enorme capacidad de movilización.

Pero los analistas señalan que no hay forma de afirmar que éste sea un fenómeno duradero ya que, como demuestran casos similares en Occidente, cada vez se producen más oleadas políticas con gran capacidad de influencia pero efímeras, hasta ser sustituidas por otras con tanta intensidad como ligereza a la vez.

La gran pregunta para los expertos es: ¿A dónde se dirige esta fuerza emergente? ¿Quién la canalizará y convertirá en opción política posible sobre el terreno?

En este escenario aparece con fuerza un liberal, Moon Jae-in, que fue derrotado por Park en el 2012 y ahora encabeza las encuestas. Pero los conservadores, muy golpeados por las denuncias de corrupción, todavía son fuertes en determinadas regiones, sobre todo en el sur, y apuestan por buscar un candidato carismático.

 Si Moon, el candidato liberal favorito, llega a la presidencia, podría haber grandes cambios en las relaciones con Corea del Norte. Moon fue colaborador del finado presidente liberal Roh Moo-hyun, que en los años 2000 buscó un acercamiento con el norte, promoviendo intercambios comerciales y culturales que posteriormente serían interrumpidos por los conservadores, porque simultáneamente Pyongyang expandía sus programas de armas nucleares.

En este contexto, los conservadores están tratando de encontrar alternativas en su liderazgo, ahora duramente golpeado por las  denuncias de corrupción, sabiendo que las provocaciones desde Corea del Norte les ofrecen un colchón argumental. Pero en todo caso, la situación está abierta en uno de los rincones con más tensión del planeta.

Europa, ausente del reto asiático

Nunca antes se había esforzado tanto China en visualizar su desacuerdo con Corea del Norte como con ocasión del lanzamiento de misiles norcoreanos al Mar del Japón de hace unos días. ¿Qué está pasando?

Pues pasa que la situación internacional es muy dinámica; el escenario de la órbita geostratégica China está cambiando y la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump y sus anuncios atrabiliarios está llenando de incertidumbre los ámbitos de toma de decisiones por desconocerse a dónde va la política exterior de Estados Unidos. Y en esta situación, el pragmatismo ha entendido que seguir con las pautas de provocación y exigencia de concesiones de Pyongyang, ya no sólo tiene menos garantías de éxito, sino que puede desencadenar una situación incontrolable en la que Pekín no tiene garantías de obtener ventajas. Y hay datos que parecen indicar que el régimen norcoreano está metido en una dinámica de huida hacia adelante que tal vez esté determinada por luchas internas por el poder. El asesinato del hermano mayor del “querido líder” por parte de sus servicios secretos apuntaría en esta dirección.

En este contexto, consciente o inconscientemente, China está ofreciendo una ventana de oportunidad para, al menos, definir un nuevo marco de estabilidad. Si Pyongyang sigue exhibiéndose como “Estado gamberro”, si Pekín ve riegos y requiere un marco estable para defender mejor sus intereses y si Rusia, en creciente protagonismo en todos los frentes, está redefiniendo su política el Pacífico, es difícil explicar la ausencia de Asia-Pacífico de la agenda europea.

Esto hace, y comienza a ser ya un triste tópico, más peligrosa la sensación de que el presidente Trump se mueve por impulso o quién sabe si a empujones de lobbies con intereses corporativos cortoplacistas.

Signos ambiguos


Medios oficiales chinos acaban de desmentir que se reducirán los presupuestos de Defensa tras circular un rumor, no menos oficial, en sentido contrario. La no reducción, incluso el previsible aumento de los gastos en defensa, es coherente con los planes oficiales de dotar a las fuerzas navales de más portaviones con mayores capacidades, submarinos más sofisticados y medios necesarios para proyectar tropas de combate por vía naval a territorios en disputa y eventualmente a Taiwán si llegara el momento de una intervención en la isla, un proyecto muy complicado pero nunca abandonado por China.
En todo caso, parece evidente que China tiene problemas de ajuste presupuestario y  habría que buscar la explicación en algo que los analistas vienen diciendo desde hace tiempo y es que el capitalismo salvaje de la economía china, dirigido, como no, con criterios autoritarios y centralizados propios del comunismo, estaría siendo incapaz de hacer frente a las demandas internas derivada de la creciente brecha, económica y social, entre las área rurales y las urbanas y entre unas regiones y otras, hasta el punto de configurarse la economía china en estos momentos como una gran burbuja en la que su extraordinaria liquidez sería el síntoma de un previsible derrumbe a corto plazo. De ahí que necesiten más fondos para resolver problemas internos urgente.
Pero esto no quiere decir que China quiera bajar la tensión ni atenuar su exhibición de músculo militar como apoyo a sus reivindicaciones territoriales y al reforzamiento de su presencia diplomática y comercial, sino más bien al contrario. Hace unas semanas, la agencia china de noticias Xinhua, anunciaba el envío de cazas, bombarderos y aviones de alerta temprana, así como barcos de guerra al estrecho de Miyako, entre las islas del sur de Japón y Okinawa, al noreste de Taiwán y hacia el Pacífico, “con el fin de mejorar la interoperabilidad de las Fuerzas Armadas”. Es para este escenario para el que China está destinando un importante porcentaje de su presupuesto militar.
No es fácil conocer todos los datos necesarios para tratar de adivinar el futuro inmediato de China, su posición y su economía, entre otras cosas porque hay un gran número de elementos aleatorios circulando por el planeta; pero a pesar de la ambigüedad de los gestos, algo se está moviendo en la zona geoestratégica del Pacífico.