INTERREGNUM: ¿Regreso al futuro?

¿Qué tipo de gran potencia será China? ¿Para qué fines utilizará su poder? Esta es la gran pregunta con respecto al futuro del sistema global, y no puede responderse de una única manera.

Desde hace años, Pekín mantiene un discurso de responsabilidad internacional, que refleja en los hechos mediante su contribución a las operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas o su compromiso con la lucha contra el cambio climático, por poner dos ejemplos. Las tentaciones nacionalistas y proteccionistas del presidente Trump facilitan a China un espacio para aparecer como campeón de la globalización y de la cooperación internacional, como hizo Xi Jinping en el último foro de Davos. Al mismo tiempo puede observarse, sin embargo, cómo la República Popular incrementa su presión con respecto a las reclamaciones territoriales en su periferia marítima, desafiando las normas internacionales.

¿Por qué actúa China de manera diferente en la escena global y en su entorno exterior más próximo? Los factores que explican su comportamiento son múltiples, e incluyen variables económicas, diplomáticas y de seguridad. Pero algunas claves pueden encontrarse también en la Historia. Durante siglos, China definió la estructura internacional de Asia mediante la concepción jerárquica propia de sus esquemas culturales, aunque incompatibles con el principio de igualdad entre los Estados. Pekín sólo sería consciente de la idea de soberanía mantenida por los países occidentales tras la irrupción de estos últimos en su región a partir de mediados del siglo XIX con las guerras del Opio.

El choque de estos dos conceptos opuestos de universalidad no benefició a un imperio chino en decadencia, pero convencido de su superioridad moral. Casi dos siglos más tarde, cuando va camino de recuperar su posición como mayor economía del planeta, ¿puede Pekín restablecer un orden sinocéntrico?

Resulta arriesgado concluir que la Historia predetermina acciones y resultados. Pero Howard French, excorresponsal del New York Times en Pekín y en Tokio, ha intentado explicar las actuales tensiones en Asia recurriendo a este tipo de argumentos en su fascinante libro de reciente publicación, “Everything Under the Heavens: How the Past Helps Shape China’s Push for Global Power” (Knopf, 2017). De Japón a Vietnam, de Malasia a Filipinas (Corea se echa en falta), French analiza en detalle los problemas que enfrentan a Pekín con sus vecinos, intentando demostrar que responden a su tradicional ambición de control. El resultado es una brillante exploración de cómo la manera en que China define su identidad ha configurado la evolución de sus relaciones exteriores a lo largo de los siglos y está presente, aún hoy, en las acciones de su gobierno.

El análisis de French permite comprender mejor esas aparentes contradicciones de la diplomacia china. Aun descontando parcialmente sus conclusiones—el pasado no basta por sí solo para explicar la dinámica contemporánea—, los hechos parecen confirmar la tesis de que Pekín avanza año tras año en la recuperación de su estatus sin encontrar grandes resistencias (hasta el momento). Aunque apenas queda apuntado en el libro, es un objetivo que, no obstante, también puede deberse a una motivación más relacionada con la actualidad y el futuro que con la Historia: el orgullo nacional como sustituto del déficit de modernización de las instituciones políticas.

El amo del termostato

Cuando en 1999 el Wall Street Journal preguntó a una serie de personalidades cuál creía que había sido el invento del milenio, el fundador del Singapur moderno, Lee Kuan Yew, no citó la máquina de vapor ni internet. Eligió el aire acondicionado porque gracias a él, decía, los trópicos habían neutralizado la desventaja de su clima húmedo y caluroso. El periodista Cherian George aprovechó el comentario para escribir La nación del aire acondicionado, una recopilación de artículos que desarrolla la metáfora de la ciudad estado como un sitio agradable, pero artificial y despótico. “Lee hizo confortable Singapur, pero tuvo buen cuidado de no soltar el termostato”, ironizaba The Economist en el obituario que le dedicó en marzo de 2015.

Aunque la isla es teóricamente una democracia, el acoso a la oposición mediante una ley antidifamación heredada de la Inglaterra victoriana frustra cualquier alternancia en la práctica. Resguardado de la presión electoral, el Gobierno puede ahorrarse el populismo que tanto daño ha hecho, por ejemplo, a Latinoamérica. “Nosotros decidimos lo que es correcto, no nos preocupa lo que la gente opine”, solía decir Lee, que siempre consideró el autoritarismo una de las claves que les había permitido saltar en una generación Del Tercer Mundo al Primero, como pomposamente tituló sus memorias.

En realidad, Singapur ya era una importante plaza comercial en el siglo XIX y en 1965, cuando los choques entre chinos y malayos la obligaron a dejar la federación de Malasia, era un lugar “próspero, al menos para los estándares de la época”, escribe el politólogo de la Universidad de Cornwell Tom Pepinsky. Su PIB per cápita era de 516 dólares, similar al de Portugal y algo inferior al de Grecia.

El hecho de que el punto de partida no fuera tan bajo como a Lee le gustaba repetir no le resta, sin embargo, mérito. Mientras portugueses y griegos rondan hoy los 20.000 dólares, los singapurenses superan los 50.000. ¿Cómo lo han logrado?

Adam Smith explica en La riqueza de las naciones que “para llevar una nación desde la barbarie más abyecta a las más altas cotas de opulencia poco más se requiere que paz, impuestos moderados y una tolerable administración de justicia”. Esta escueta cita resume en buena medida la receta de Singapur.

Primero, paz. La Ciudad del León (significado etimológico de su nombre) está encajonada entre vecinos hostiles: Malasia al norte e Indonesia al sur. Lee levantó un ejército capaz de disuadirlos de cualquier veleidad. Con cinco millones de habitantes, Singapur dedica a defensa más dinero que Indonesia, que tiene 250 millones.

Segundo, impuestos moderados. Como escribe el Nobel Joseph Stiglitz, Lee obligó a sus conciudadanos a “responsabilizarse de sus necesidades”. Debían depositar un tercio de sus salarios en un “fondo de previsión” con el que se costean la sanidad, la vivienda y las pensiones. Las competencias del Estado son mínimas y el gasto público supone el 19% del PIB, uno de los más bajos del mundo.

Tercero, una tolerable administración de justicia. Este fue el aspecto decisivo. “No basta con bajar los impuestos para captar inversores”, declaraba el politólogo Mark Klugmann a Actualidad Económica en 2014. “Con eso creas la típica zona especial, que no tiene nada de especial, porque hay 3.500 en el mundo. No digo que esté mal, pero los capitales prefieren Alemania o Suiza. ¿Por qué? Porque los magistrados son íntegros”.

Lee era abogado y sabía que una buena tradición judicial era clave para atraer a las multinacionales, pero ¿qué tradición podía ofrecer si no tenía ni dos minutos de vida? Se volvió hacia Hong Kong. ¿Cómo se las había ingeniado su Tribunal Supremo para labrarse su reputación? De ningún modo. Hong Kong no tenía Tribunal Supremo. Estaba en Londres. Había externalizado la administración de justicia. “Singapur hizo lo mismo”, dice Klugmann, “y en 15 minutos acumuló seis siglos de práctica jurídica”.

Y las libertades políticas, ¿son irrelevantes entonces? No deben de serlo cuando la inmensa mayoría de los países ricos son democracias consolidadas. La razón es que la celebración regular de elecciones limpias permite “descartar las opciones fallidas” y facilita la “alternancia pacífica” de Gobierno, como señala Michael Ignatieff.

Lee fue un líder inteligente y honesto que, además, tuvo suerte. Pero ¿qué habría pasado si se hubiera equivocado gravemente? El planeta está lleno de ejemplos (Cuba, Corea del Norte, Filipinas, Guinea) que demuestran que conviene soltar el termostato de vez en cuando.

El ajedrez asiático

Donald Trump ha afirmado que la situación creada por Corea del Norte y sus repercusiones en el área estratégica de Asia Pacífico es como una partida de ajedrez en la que no hay que adelantar públicamente las jugadas de cada uno. Y lo dijo tras afirmar que no había que descartar una acción militar directa de EEUU contra Corea del Norte y antes de sugerir que no se negaría a encontrarse con el presidente norcoreano si se dan las condiciones necesarias para ello. Todos estos comentarios, que parecen haber sorprendido a algunos analistas y desatado una nueva ola de comentarios de suficiencia respecto a Trump, no parecen indicar otra cosa que lo que desde hace meses parece evidente: Estados Unidos está volviendo al realismo político que durante décadas fue la estrategia de los republicanos y combinando está vuelta a los clásicos con un renovado protagonismo de la Casa Blanca en la puesta en marcha de la política exterior de Estados Unidos.

Sun Tzu, general, estratega militar y filósofo de la China del siglo VIII, citado hasta la saciedad (aunque mucho menos leído) como fuente de la estrategia militar, política y empresarial, dijo que “el bando que sabe cuándo combatir y cuándo no hacerlo se alzará con  la victoria. Existen caminos que no hay que transitar, ejércitos a los que no hay que atacar, hay ciudades amuralladas que no hay que asaltar”.

Este método de prudencia y cálculo a la hora de emprender acciones militares seguramente es bien conocido por los asesores de Trump y, desde luego, parece una definición anticipada de la posición estratégica china desde hace muchos años. En el fondo se trata de la doctrina de acumulación de fuerzas y razones y la aproximación indirecta a un objetivo antes de emprender una acción que una vez puesta en marcha debe ser decisiva.

No darle importancia y presentar estas posiciones como un comentario más de Trump es un error que incide en los que ya comete Europa, que sigue perdiendo oportunidades de estar presente en la esfera internacional dejando todo el protagonismo a terceros. La cada vez más intensa agenda de Putin (conversaciones con Merkel y Trump con pocas horas de diferencia) sin que exista aparentemente una posición común de la UE al menos respecto a dos problemas fundamentales, Corea del Norte y la presión rusa en el Báltico, definen bien quienes están a cada lado del tablero, aunque tal vez sea uno de esos en los que pueden jugar más de dos.