INTERREGNUM: El sudoku de Moon Jae-in. Fernando Delage

Tras confirmarse en las elecciones del pasado 9 de mayo lo anunciado por los sondeos, el candidato del Partido Democrático, Moon Jae-in, se ha convertido en el nuevo presidente de Corea del Sur. Los acontecimientos que condujeron a estos comicios anticipados—la destitución de su antecesora, la conservadora Park Geun-hye, por graves delitos—revelan la naturaleza de los problemas más urgentes que Moon debe afrontar. La reforma del orden constitucional—quizá en dirección de un régimen parlamentario—en el contexto de un sistema multipartidista en transformación, es una demanda ciudadana que no podrá obviar. Como tampoco podrá desatender las inquietudes de una sociedad preocupada por el envejecimiento demográfico, la desigualdad económica o el desempleo juvenil.

No le van a faltar deberes a Moon en el frente interno. Pero en Corea del Sur la política exterior no es una cuestión secundaria. Corea del Norte y China son cuestiones centrales en el debate nacional, como lo es la alianza con Estados Unidos. Los factores a considerar complican todo esfuerzo de continuidad, por lo que la orientación de la diplomacia surcoreana ha variado en función del color conservador o liberal del gobierno. Se espera por tanto un nuevo giro con Moon, aunque las variables en juego van más allá de una mera elección entre Washington o Pekín; entre reforzar las sanciones o acercarse a Pyongyang.

Moon fue la mano derecha del presidente Roh Moo-hyun (2003-2008), quien intentó mantener una política de autonomía estratégica y de cooperación con Corea del Norte: la misma “sunshine policy” que había formulado con anterioridad otro presidente liberal, el premio Nobel de la paz Kim Dae-jung (1998-2003). El contexto estratégico ha cambiado de manera considerable desde entonces. Intentar recuperar esa misma política cuando es clara la capacidad nuclear de Pyongyang puede debilitar la presión externa sobre el régimen y crear graves diferencias con Washington—no muy distintas, por cierto, de las mantenidas en su día entre George W. Bush y Kim Dae-jung. La rapidez con que Estados Unidos ha querido desplegar un sistema de defensa antimisiles (THAAD) en Corea del Sur antes de las elecciones—Park lo apoyó pero Moon se opone al mismo—para crear así una política de hechos consumados no favorecerá a priori el entendimiento del nuevo gobierno con Trump.

THAAD cuenta también con la radical oposición de Pekín, que ha adoptado diversas sanciones contra empresas e intereses surcoreanos en los últimos meses. Moon, que ha ganado con solo el 41 por cien del voto, se encuentra ante estas circunstancias con la percepción menos favorable a China de la opinión pública surcoreana de los últimos años (3,5 de un máximo de 10 en marzo). La paradoja es que nunca ha sido la República Popular más decisiva para el futuro económico del país, así como para todo escenario relacionado con la reunificación de la península.

Moon tiene que jugar varias partidas a la vez, bajo la presión de múltiples frentes, en un único tablero. Su intención de reconfigurar el equilibrio geopolítico de la región es comprensible, pero el margen de maniobra de Corea del Sur es limitado. Si su tamaño y posición estratégica fueran otros, quizá Bismarck podría servirle de guía para completar un sudoku de tal complejidad.

Vietnam y Estados Unidos, con China al fondo. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Vietnam estableció relaciones con los Estados Unidos en los años 50, una época convulsa pues los franceses seguían manteniendo la ocupación de la Península Indochina desde mediados del siglo XIX. Los vietnamitas expulsaron a los franceses en 1954, año en que Estados Unidos junto con sus países aliados comenzaron a colaborar militarmente con la provincia del Sur, para combatir el comunismo del Norte. El país quedó dividido en dos y los estadounidenses invirtieron billones de dólares en resistencia y en modernizar el sur con el propósito de parar el comunismo en la era de la guerra fría, lo que desencadenó la Guerra de Vietnam o la segunda guerra de Indochina.

En enero de 1973 se firmó en Paris el “Acuerdo de fin de la guerra y restauración de la paz de Vietnam”, lo que puso fin al conflicto y propició la reunificación del país bajo un solo régimen, el comunista.

En Vietnam pudo suceder lo que pasó en Corea. Sin embargo, la distancia entre el comunismo maoísta chino de aquel momento y el pragmatismo vietnamita fueron los elementos políticos diferenciales que evitaron este escenario. En 1975 la reunificación de ambos Estados se concretó y con ello una gran represión interna, lo que hizo que muchos vietnamitas del sur huyeran. En 1978 Vietnam invadió Camboya, lo que hizo que China comenzara una guerra con Vietnam que tan solo duró 17 días, pero aumentó la desconfianza entre chinos y vietnamitas. Ya la China imperial había ocupado Vietnam durante más de un siglo, episodio del que se liberaron en el 939. Todos estos hechos sucedidos en distintos momentos de la historia han hecho que China sea percibida como enemigo de Vietnam.

A pesar de seguir teniendo un régimen comunista, tras la guerra fría, el partido comunista de Vietnam comenzó una apertura en su economía que trajo cierta liberalización de su economía, proceso que comenzó en 1986, con la política “Doi Moi” o de puertas abiertas, que se puso en marcha con la idea de reorientar la economía hacia el libre mercado.

Los intercambios económicos son hoy extremadamente importantes para la economía vietnamita. De acuerdo a la organización Heritage, sus exportaciones e importaciones representan el 179% del Producto Interior Bruto vietnamita, en una económica en la que el Estado sigue estando muy envuelto en las actividades comerciales. Desde el 2000 el crecimiento económico de Vietnam está entre los más grandes del mundo. Razón por la cual entró en la Organización Mundial de Comercio en el 2007. El capitalismo se ha ido integrando progresivamente, y en los últimos 5 años la economía ha registrado un crecimiento promedio del 6%.

Con una económica basada fundamentalmente en el turismo y las exportaciones, es un país cercano a los Estados Unidos, cuyas relaciones diplomáticas se establecieron formalmente en 1995, y con el que han firmado convenios de cooperación en los años recientes en aéreas de apoyo diplomático, político, intercambio comercial, ciencia y tecnología, así como educación, salud, seguridad y defensa e incluso en materia de prevención de terrorismo nuclear, de acuerdo al Departamento de Estado. Así Hanói se ha convertido en un aliado estratégico de Washington en la región de Asia Pacifico, y viceversa.

China ha incrementado intensamente sus pretensiones expansionistas en la región del Pacifico. La construcción de las islas artificiales es una prueba de ello, pero además las distintas disputas de las Islas Paracels, Islas Spratly, e islotes, cayos, bancos de arena y arrecifes, que se disputan Filipinas, Brunei, Taiwán, Malasia y Vietnam, y que China reclama como propios dejando claro en más de una ocasión que son intereses estratégicos chinos en el Mar de China Meridional.

Vietnam cuenta con una ubicación estratégica a la vez muy vulnerable. Por el norte linda con el sur de China, y toda su costa este y sur hace frontera con el Mar Meridional de China. Para Estados Unidos un aliado como Vietnam sirve de contrapeso a las pretensiones chinas, e incluso fortalece su liderazgo en la región. Y por su lado, Vietnam necesita a Estados Unidos para contrarrestar el peso del gran dragón rojo y transmitir una imagen más fuerte. La administración Obama afianzó los lazos entre ambas naciones con la firma de más convenios, el incremento de la cooperación y la visita hecha por el presidente Obama en primavera del año pasado. La Administración Trump debería mantener el juego de poder ya establecido en la región y propiciar más acercamientos con Hanói, como contrapeso a Pekín, muy a pesar de su amistad con Xi Jinping. En el plano internacional las alianzas son la clave y las amistades necesarias y variantes, pero los intereses deben prevalecer.

Por qué los chinos sonríen menos. Miguel Ors Villarejo

Los lugareños del pueblo manchego desde el que escribo estas líneas no sonríen a menudo. Es algo chocante. En mi familia somos muy liberales con las sonrisas. Las regalamos con cualquier pretexto: cuando nos cruzamos con alguien, cuando nos ceden el paso, cuando nos dan las vueltas de la compra. Aquí, en cambio, reservan esas expansiones para ocasiones especiales. Es más, si una joven no exhibe en todo momento una expresión adusta, es probable que la acaben mirando mal. “¿Te has fijado? Será desvergonzada…”

Los estadounidenses lo pasarían fatal aquí. Un estudio publicado el año pasado revela que sus políticos y empresarios sonríen mucho más que los de otros países, lo que no solo da lugar a divertidos malentendidos. Poco después de abrir en Alemania, Wal-Mart tuvo que pedir a sus dependientes que no fueran tan simpáticos como en Arkansas, porque muchos clientes lo interpretaban como un intento de flirteo.

Y los alemanes no son los más estirados. El estudio escrutaba las gesticulaciones de líderes de varias nacionalidades y resulta que los que menos sonríen son los chinos. ¿Por qué? No hace tanto, Mao los mataba de hambre y hoy se han convertido en la primera potencia económica. ¿No es un motivo para estar contentos?

El último Informe Mundial de la Felicidad dedica un capítulo a analizar cómo ha evolucionado el ánimo de los chinos en el último cuarto de siglo y concluye que, a pesar del tremendo crecimiento experimentado, no han recuperado los niveles de satisfacción de principios de los 90. Su tesis es que la introducción de las reformas obligó a despedir a dos terceras partes de los empleados públicos, al tiempo que desmantelaba la precaria red de seguridad social. El resultado fue un estado general de ansiedad del que solo ahora empiezan a reponerse.

Pero las malas rachas de la economía no son un buen predictor de felicidad. De lo contrario, no se entendería cómo los latinoamericanos, en general, y los hondureños, en particular, son los ciudadanos más positivos del planeta.

Del mismo modo, tampoco hay que inferir de la apariencia alegre de un sujeto que sea dichoso. Los estadounidenses y los alemanes están prácticamente empatados en el ranking de la felicidad (6.993 y 6.951 puntos, respectivamente) y no pueden ser más distintos a la hora de manifestar sus emociones.

Olga Khazan cree que el factor determinante es la diversidad cultural. “En las naciones con mucha inmigración [como Estados Unidos] se sonríe más porque es un modo de estrechar vínculos. […] Nuestros antepasados suecos querían hacerse amigos de sus vecinos italianos”, pero “no sabían decir buongiorno”, así que forzaban un gesto de cordialidad.

Los chinos son, por contra, una nación más homogénea, igual que los lugareños del pueblo desde el que escribo. No es que les caiga mal. Es un tema cultural. No se lo tenga en cuenta.

Corea del Norte sube el precio. Julio Trujillo

El lanzamiento de un nuevo misil, ahora con éxito, desde Corea del Norte, en su carrera por demostrar que están en situación de atacar las bases norteamericanas en Japón y en la zona es, básicamente, una subida del precio para aceptar un enfriamiento de la tensión regional. En un escenario en que las presiones de adversarios, como EEUU y Japón (además de Corea del Sur), y amigos como China, están aumentando las presiones, y en el que las elecciones en Corea del Sur han situado en la presidencia a un dirigente un poco menos duro con Pyongyang, los dirigentes norcoreanos entienden que subir un poco la agresividad y la provocación aumentando controladamente el riesgo es una buena apuesta.

En ese contexto ha irrumpido Rusia de manera pública criticando la acción norcoreana y, a la vez, recordando a EEUU que no hay otra alternativa que negociar, es decir, Moscú reforzando la pretensión norcoreana de conseguir ayuda financiera y ventajas a cambio de no desencadenar el terror. Es una vieja teoría no siempre oportuna y no exenta de riesgos.

Sin analizar aún todas las características técnicas del nuevo misil, del que EEUU dice que es un avance más y que, antes o después Corea del Norte conseguirá armas que podrían llegar a las costas norteamericanas del Pacífico, la realidad es que los tiempos para conseguir una contención efectiva van pasando y en un clima de tensión los riesgos se multiplican.

No es fácil tomar decisiones con garantías de efectividad; hay que recurrir a la experiencia, a la opinión de otras potencias con sus propios intereses y esperar en la otra parte una racionalidad que tampoco está garantizada. Pero esas son las cartas con las que hay que jugar esta partida.

Diplomacia china: financiación estatal disfrazada de cooperación internacional. Por Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Chequera en mano se consigue casi todo, incluso  influir en la política o la dirección económica de una nación. Este ha sido el método de penetración que ha venido usando China en los últimos años en gran parte del planeta. Con el crecimiento masivo de la económica china y el exceso de liquidez han puesto en marcha una agresiva política exterior basada en financiar el déficit de países, en los momentos que estos más lo necesitan.

Empezaron mirando a África. Su pobreza y la vulnerabilidad de la mayoría de sus gobiernos presentaba el escenario ideal, acentuado además por la sensación de una recurrente práctica de Occidente de ignorar a este continente. Luego se fijaron en América Latina, con un gran potencial de recursos, que valga acotar China sabe que necesitará para su propia población y para conseguir más influencia, y con muchos países destrozados por caudillos trasnochados. Con teorías políticas obsoletas en marcha, qué mejor momento para ofrecer un respiro económico a cambio de masivas sumas de dinero o envíos de significativos colectivos chinos a estos países receptores. ¿Financiación estatal a cambio de influencia?

Ya lo dijo Xi Jinping en Davos en el Foro Económico Mundial: “La economía mundial es un gran océano del que no podemos escapar”, y tal como lo creen lo practican.

De acuerdo a Forbes, este líder tiene más poder que nunca desde que fue elegido líder del Partido Comunista en 2016. Su apariencia amable y conciliadora le ha permitido entrar incluso en la Casa Blanca, a pesar de las severas críticas de su homologo. Los chinos saben que son la segunda económica más fuerte del mundo, así que su influencia la ejercen diferente a los estadounidenses; ellos usan una psicología más retorcida, conversan, coquetean, galantean y finalmente sacan su chequera y ofrecen una suma interesante, que por lo general viene a resolver una situación interna del receptor, como falta de liderazgo del gobierno, impopularidad, crisis económicas o en muchos casos, pago de comisiones extraordinarias que facilitan cualquier tipo de negociación en donde la ética brilla por su ausencia.

A partir del 2010 China ha ido incrementando notablemente su presencia en Latinoamérica con préstamos que llegan a sumar unos 123 mil millones de dólares, de acuerdo a The Dialogue, un think tank cuyo foco es el estudio de las Américas. Monto que representa los créditos otorgados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Cooperación Andina de Comercio (CAF)  y el Banco Mundial juntos, coincidiendo con la recesión económica de la región, en la que las instituciones financieras hasta entonces tradicionales no estaban dispuestas a otorgar créditos como lo hacían antes de la crisis.

La lista de países a los que los tentáculos de la diplomacia china de financiación han llegado es numerosa. Comenzando con Venezuela que bajo el régimen chavista ha obtenido 17 créditos, siendo el país que más préstamos ha recibido en toda la región, llegando a sumar 62.200 millones de dólares. Seguidos por Brasil con 36.800 millones, Ecuador con más de 17.000 millones de dólares, todos ellos cedidos en la era de Correa, y Argentina que, en manos de los Kirchner, sumó 15.000 millones.

China cuenta con tres instituciones financieras, todas creadas por el Estado y al servicio del mismo:  el Banco chino de Desarrollo, cuya misión es financiar infraestructuras, industrias básicas, energía y transporte; el Exim Bank, que puede definirse como la banca diplomática que promueve las políticas de financiación para incentivar las exportaciones, productos y servicios chinos; y Sinasure, la aseguradora de los créditos otorgados por los bancos, para prevenir riesgos políticos y comerciales en los que se puede incurrir, blindando así al sistema de cualquier incumplimiento. Esta trilogía, cuidadosamente creada por el Estado chino, fue concebida como arma de influencia y penetración, siendo un novedoso disfraz que a priori no despierta inquietud. Sin embargo, han ido haciendo un laborioso trabajo que se estima que solo entre el 2005 al 2016 han otorgado 141.000 millones de dólares en Latinoamérica y el Caribe.

Pekín interpreta bien el juego y la dinámica internacional. El vacío dejado por el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y la banca norteamericana en financiar a los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Argentina ha sido gratamente acogido por las instituciones financieras chinas, que han aprovechado el castigo de Occidente hacia sus líderes y sus ideas políticas recalcitrantes. Lo mismo ha sucedido en Brasil, con la inestabilidad política y la recesión económica interna.

China, el país socialista, cuyo único partido es comunista, paradójicamente ha convertido su sistema económico en el capitalismo más salvaje conocido, siendo el primer exportador e importador de bienes y la primera potencial industrial.  Nada de esto es casual, el dragón rojo ha leído bien las señales, las distracciones y los vacíos de Occidente y ha ido ganando influencia y terreno en silencio y con discreción. Pero el día que quieran gritar podrán hacerlo a todo pulmón porque se habrán hecho con la mitad del planeta.

INTERREGNUM: Reinventar el TPP. Por Fernando Delage

En un contexto marcado por el desafío nuclear norcoreano y las tensiones en la periferia marítima china puede resultar comprensible que se preste menos atención al escenario geoeconómico asiático. Sin embargo, también en este frente se reproduce la competencia entre los grandes Estados de la región. Japón, en particular, con un activismo desconocido hasta la llegada de Abe al gobierno, está proponiendo nuevas ideas tras el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP) por la administración Trump.

El giro norteamericano ha elevado el protagonismo del Acuerdo Económico Regional Integral (RCEP) como principal iniciativa global a favor del libre comercio en la actualidad. Al incluir a 16 Estados que representan la mitad de la población mundial, más de la cuarta parte de las exportaciones y casi el 30 por cien del PIB del planeta, su potencial es considerable. Integra, además, a varias de las economías de mayor crecimiento de los últimos años. Pero, al contrario de lo que con frecuencia suele mantenerse, no se trata de una iniciativa “de China” articulada frente al TPP que lideraba Washington. Estados Unidos, es cierto, no participa, pero su origen—en 2011—, partió de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), con el objetivo de consolidar en un único marco los cinco acuerdos de libre comercio mantenidos por la organización con sus socios externos (China, Japón, India, Corea del Sur y Australia-Nueva Zelanda).

Es obvio que ni Japón ni India van a aceptar sin más las demandas chinas en un proceso de carácter multilateral. Pekín quiere acelerarlo para concluir el acuerdo antes de finales de año, con una agenda mínima de liberalización comercial. Japón—ésta es su primera propuesta—quiere, por el contrario, mantener abiertas las negociaciones para ampliar su contenido y dar forma a un pacto de “alta calidad” que incluya algunas de las cuestiones que incluía el TPP, como propiedad intelectual, contratación pública o normas medioambientales. El RCEP revela así la competencia entre dos modelos opuestos—el de China y el de Japón—sobre la estructura económica regional.

Japón acaba de sugerir una segunda propuesta: relanzar el TPP sin Estados Unidos. Fue el propio primer ministro, Shinzo Abe, quien aseguró hace unos meses que, sin Washington, el acuerdo carecía de sentido. No obstante, considera ahora que, dados sus potenciales beneficios, puede merecer la pena intentar rehacerlo. Tokio puede reforzar sus relaciones con distintos socios asiáticos, de Australia a Vietnam; mantener vivo un discurso a favor de la adopción de normas más ambiciosas en la región y, así, aumentar la presión para elevar los estándares contemplados originalmente por el RCPE; o, incluso, intentar atraer a Estados Unidos a un esquema multilateral.

Quizá este último objetivo no sea tan ilusorio, aunque resulte dudosa la viabilidad de recuperar el TPP. El interés compartido de las economías asiáticas por el libre comercio y por un marco regional puede neutralizar la intención del presidente Trump de defender los intereses de su país mediante acuerdos bilaterales. Mientras exista una alternativa regional, sus pretensiones no parecen tener mucho sentido. Quizá Abe se haya adelantado al intuir que, tarde o temprano, Estados Unidos dará marcha atrás para no quedarse al margen de la reconfiguración económica de Asia. ¿Se incorporará Washington un día al RCEP? ¿Decidirá reinventar el TPP bajo otro nombre? Seguiremos atentos a los acontecimientos.

Mi querido dictador. Por Miguel Ors.

Escipión el Africano acabó sus días exiliado en la aldea de Liternum. El general que liberó Roma de Aníbal y frenó en seco la expansión seléucida en Asia estaba harto del acoso a que lo sometieron sus rivales y pidió que enterraran su cuerpo lejos de tan “ingrata patria”. ¿Cómo pudo Roma tratar con semejante mezquindad a su salvador?

En realidad, la inmensa mayoría de sus conciudadanos lo adoraban, y ese fue el problema. Muchos senadores temían que aprovechara su popularidad para socavar las instituciones republicanas, una idea que a Escipión no debía de desagradarle. De hecho, cuando se le acusó de aceptar sobornos tras la batalla de Magnesia, no solo se negó a rendir cuentas, sino que aprovechó el aniversario de su victoria en Zama para convocar a una multitud, lanzarla sobre el Capitolio y paralizar la denuncia. Después se retiró a Liternum.

Aunque en ningún lado consta que Escipión intentara coronarse rey, el recelo de los senadores no carecía de fundamento, como posteriormente demostraría Julio César. Hoy vinculamos la amenaza del golpismo a la oligarquía conservadora, pero los líderes providenciales llegan a menudo, como Escipión, impulsados por los vientos del pueblo. En la España del XIX, “la mayoría [de los pronunciamientos] fueron de tendencia liberal”, escribe el historiador Eduardo Montagut. Y eso no los mejora. Al contrario.

El escritor James Fenton ha publicado en la New York Review of Books dos artículos memorables (aquí y aquí) sobre Rodrigo Duterte. En esta era de grandes demagogos, el presidente filipino brilla con luz propia. A su lado, Le Pen y Trump parecen maestros de escuela. Duterte llama “hijo de puta” al papa y manda “al infierno” a las organizaciones humanitarias. Incluso llegó a quejarse de no haber participado en la violación de una “atractiva” monja y, cuando le afearon el comentario, replicó: “Así es como hablan los hombres, no soy un hijo de las clases privilegiadas”. Este argumento populista fue recogido por sus seguidores, que pasaron rápidamente a la ofensiva: “¿Cómo puede nadie indignarse por un chiste de violadores cuando los políticos llevan años violando la patria?”

Duterte desembarcó en el palacio de Malacañán desde el ayuntamiento de Davao, donde se había ganado los sobrenombres de “El Castigador” y “Harry Duterte” por su represión de la delincuencia. Cuando hace dos décadas asumió la alcaldía, Davao era uno de los sitios menos aconsejables de Filipinas. En 2015 un sondeo la declaró la cuarta ciudad más segura del mundo, detrás de Seúl, Singapur y Osaka.

Aunque posteriormente se ha cuestionado la metodología de este estudio, Davao ha reducido claramente su tasa de homicidios y la razón es igualmente clara: se llama ejecuciones extrajudiciales. Si durante los nueve años que Ferdinand Marcos mantuvo la ley marcial (1972 a 1981) fueron asesinadas 3.000 personas, Duterte ha duplicado esa marca en sus primeros seis meses. Y la diferencia no es meramente cuantitativa. Dentro de su demencia, Marcos procuraba guardar las apariencias. No ordenó a un esbirro que matara a Benigno Aquino. Como explica Fenton, se tomó la molestia de contratar a un sicario anónimo, que fue convenientemente abatido en la escena del crimen antes de que pudiera hablar. Y cuando la autopsia “contradijo la versión oficial, se buscó y localizó una autopsia alternativa. En el entorno de Marcos había cierta idea del aspecto que debían ofrecer las cosas respetables, aunque nunca se alcanzara esa respetabilidad”, y se rodeó de un complejo aparato policial para perpetrar discretamente sus fechorías.

Duterte ni lo intenta. Filipinas es a todos los efectos una democracia. “Se puede hablar con libertad y la prensa es muy crítica”, sigue Fenton. También “hay una oposición”, pero no es demasiado efectiva y “las preguntas que a uno se le ocurren (recordando las fuerzas que se aliaron para derrocar a Marcos en 1986) es ¿dónde está la Iglesia? ¿Dónde está la izquierda? La respuesta es que […] no ha llegado el momento de movilizarse”. Como Escipión, Duterte ampara su impunidad tras el más impenetrable de los escudos: su enorme popularidad. Casi el 90% de los filipinos creen que, desde que llegó al poder, han mejorado los problemas de droga en su barrio.

“No mata a gente inocente”, sostiene uno de sus votantes en Time. Esto no es del todo cierto. “Un estudiante”, relata Fenton, “fue abatido el otro día en Manila por el típico equipo de dos hombres en una moto. Cuando el tirador se volvía a montar en la moto, se le oyó decir: ‘No era él”.

Pero da igual. El amor es ciego, y eso hace que los políticos más populares sean también los más proclives a los excesos, como bien sabían los romanos.

China y Francia. Por Julio Trujillo.

La felicitación del presidente y el Gobierno chino a Enmanuel Macron por su victoria electoral responde a algo más que a un acto protocolario. China, sobre cuyo pragmatismo caben pocas dudas, ha comprendido que la visualización de Macron como salvador del sistema frente a la extrema derecha le va a dar una oportunidad de oro en el escenario europeo, y más cuando la salida de Gran Bretaña otorga a Francia la posibilidad de fortalecer su papel. En una Europa deprimida, la victoria de Macron y sus anuncios de que va a ponerse a la tarea de reformar y fortalecer la Unión Europea es una inyección de optimismo que no se puede desdeñar.
En ese contexto, y con un presidente en Estados Unidos que ha planteado dudas sobre el proyecto europeo y que amenaza con replegar sobre sí misma a la economía norteamericana, el discurso europeísta, con tintes liberales y promesas sociales y críticas a Estados Unidos está servido. Es verdad que a Macron le encantaría estrechar lazos con Estados Unidos y representa al sector más atlantista de Francia, pero Trump por un lado y  la necesidad de guiños nacionalistas a derecha e izquierda no se lo van a poner fácil.
En ese contexto, China va a encontrar un escenario favorable para sus disputas con Estados Unidos (menos graves de lo que parecen) y su búsqueda de un protagonismo internacional cada vez mayor.

La inmensa tarea de Enmanuel Macron. Por Julio Trujillo.

En su discurso de la noche electoral, ante sus seguidores y a las puertas del Louvre, el elegido nuevo presidente Macron insistió no menos de cinco veces en que tenía ante sí una inmensa tarea y subrayó la necesidad de crear las condiciones para que, en cinco años, los que ahora han votado en clave populista no se sientan tentados a volverlo a hacer. Es verdad que es una inmensa tarea en la que se suman la necesidad de articular en menos de un mes una formación política que le dé un grupo parlamentario en las elecciones de junio y esbozar las primeras medidas que transmitan un mensaje reformista a quienes le ha votado.

Sin embargo, el tirón electoral hacia la extrema izquierda y la extrema derecha tienen una misma base sociológica e ideológica por encima de las apariencias  (nostalgia de un Estado providencial, rechazo a toda medida liberal, desconfianza en la Unión Europea y melancolía mitificada de la época del franco francés), y esto va a ser leído por todo el espectro político, y también por el presidente Macron como un mensaje para reorientar algunas políticas. Por eso, algunas de las medidas anunciadas por Macron en la campaña electoral van a ser meditadas con mucho cuidado. De hecho, ya en la misma noche electoral, la parte de la izquierda que ha apoyado a Macron ya insistía en la necesidad de abandonar la senda de la austeridad para contentar a la demagogia populista, es decir, gastar más dinero público en contentar a esos sectores que en tomar medidas para impulsar una economía más competitiva. En todo caso, en este terreno el debate ya existe hace meses y los límites del mismo los marcará Alemania, que también tendrá que enfrentarse en poco tiempo, en septiembre, a elecciones generales.

Pero sí hay un terreno en el que Macron puede emitir mensajes que aglutinen a gran parte de la nación, y es en la política exterior y de defensa en las que el presidente va a sacar músculo nacional y aumentar el protagonismo francés en la escena internacional, insistiendo, como todos sus predecesores, en sugerir una grandeur hace tiempo en decadencia si es que existió alguna vez. Ya ha hablado el entorno presidencial de encuentros más o menos inminentes del presidente Macron con Merkel, Putin y Trump. Con Gran Bretaña fuera de la UE, Francia va a levantar la bandera europea en torno a su política exterior que será beneficiosa para toda la Unión según cada caso.

Partiendo de esta hipótesis, ¿dónde tratará Francia de escenificar su ascenso a las potencias? Ya lo hace en África, donde lleva décadas compitiendo con discreción con Estados Unidos, pero ha estado siendo desplazada de Oriente Próximo en donde fue potencia colonial, y es bastante plausible que trate de reaparecer con iniciativas propias, tal vez no muy alejadas de las de Putin, en aquella zona partiendo del conflicto sirio. Y aquí Francia va a intentar presentar una defensa de sus intereses nacionales con la bandera de la Unión Europea y con el apoyo de los socios de la UE entre los que no estará totalmente de acuerdo Gran Bretaña. Y también Asia-Pacífico. Europa, y por lo tanto Francia, no pueden ignorar el protagonismo chino y los riesgos de Corea del Norte en una zona de la que la UE lleva décadas desaparecida.

Este es el escenario para una Francia desgarrada, necesitada de referencias en una Europa que ha respirado de alivio por el presente inmediato pero que tendrá que asegurar el futuro. Es, efectivamente, una inmensa tarea.

¿Solicitar la desnuclearización de la Península coreana es mucho pedir?

Washington.- A Kim Jong-un le gusta jugar con fuego, y nunca mejor dicho, pero sus ensayos balísticos cada vez más frecuentes, aunque muchos fallidos, son una fuente constante de preocupación para el mundo. Parece que la presión internacional estimula a éste provocador sus ambiciones militares. Mientras más foros hablan del peligro que representa Corea del Norte, más lanzamientos de misiles vemos.

La Administración Trump ha sido muy directa en expresar su absoluto rechazo y disposición a responder a gran escala de ser necesario. Lo que a Pyongyang parece exacerbarle su deseo de responder con otro proyectil. En el fondo ha sido este pulso lo que ha puesto en los titulares de toda la prensa internacional a un país destrozado, que con lo único que cuenta es con armamento nuclear capaz de desestabilizar el planeta, que no es poco, razón por la que no frenarán su carrera armamentística, pues es su única arma de protagonismo internacional. Por lo tanto, ¿es descabellado pedir la desnuclearización de la Península coreana?

Tan solo unas horas previas al lanzamiento del misil del viernes pasado, Tillerson afirmaba que el objetivo final que tiene Estados Unidos es la desnuclearización de la península de Corea. Así mismo tachaba de extraordinariamente importantes las relaciones entre China y Estados Unidos, pues “nosotros necesitamos su ayuda para conseguir la desnuclearización”. Afirmaba también que Estados Unidos no va a volver a la mesa de negoción con Pyongyang, porque sería como premiarlos por estar violando las resoluciones de Naciones Unidas. Por su parte, China, en su tónica acostumbrada, llamaba a la calma y a una salida pacífica. Lo que, al menos por ahora, es difícil de imaginar.

Estados Unidos quiere jugar teniendo en su equipo a China. Sería la manera más sensata de resolver o parar esta grave amenaza. Ninguna de las partes desea un conflicto armado. La embajadora estadounidense ante Naciones Unidas, Nikki Haley, afirmó la pasada semana que, por primera vez, China está siendo realmente un gran aliado para enfrentar la grave situación en Corea. Insistió en que Estados Unidos debe continuar la presión que está ejerciendo; sin embargo, dijo, “ni la comunidad internacional ni EEUU tenemos como objetivo comenzar una guerra, pero si nos dan razones habrá una respuesta militar”.

En el marco de estas graves tensiones, Donald Trump informa a Corea del Sur, (en una entrevista concedida a Reuters), que sería apropiado pagar el billón de dólares que cuesta el escudo antimisiles (THADD por sus siglas en inglés). Ciertamente, el lado comercial del presidente es muy dominante y sale a relucir en cualquier maniobra, incluso en las diplomáticas. Y, a su vez, manda un doble mensaje por su cuenta de twitter, diciendo que Corea del Norte no ha respetado los deseos de China y del presidente con el lanzamiento del último misil. Recordándole a los norcoreanos que China está del lado de Estados Unidos en la lucha por acabar con la proliferación armamentística de Pyongyang mientras que aprovecha para coquetear con Xi Jinping.

Estamos en medio de una novedosa situación donde Estados Unidos necesita a China y no está teniendo ningún reparo en admitirlo. A China le gusta sentirse necesitada, pero no quiere renunciar a su juego táctico de seguir siendo el proveedor de Pyongyang, pero con prudencia, porque hasta ellos saben que Kim Jong-Un es peligroso y despiadado. Los chinos están disfrutando el protagonismo indirecto que le está trayendo la cercanía con Washington y sin duda, le sacaran provecho en otras negociaciones donde necesitan del apoyo estadounidense.

China quiere evitar un enfrentamiento militar a toda costa, pues desestabilizaría la zona y podría generar una estampida de norcoreanos buscando refugio en su territorio. Y además les pone en una situación vulnerable, pues en un escenario de confrontación bélica podrían salir agredidos por error. Y son conscientes de que Estados Unidos podría comenzar un ataque directo en la parte norte de la península coreana. A su vez, contar con un régimen como el de Pyongyang les ayuda a mantener el liderazgo en la región, ya que los convierte en los interlocutores de unos y otros. Pero, ¿hasta dónde está dispuesta a llegar la comunidad internacional frente a un peligro potencial como éste?

La comunidad internacional tiene el deber de exigirle más a China. El juego diplomático y el coqueteo al que está jugando Estados Unidos es válido, y probablemente inteligente. Sin embargo, si China quiere el reconocimiento de súper potencia debe comportarse como tal y presionar de verdad a Pyongyang con recortes de exportaciones, a ver si finalmente en un momento de sensatez el gobierno chino logra que el norcoreano rectifique y dejen el juego nuclear que trae a todos de cabeza.