A punto de ebullición. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La semana más encendida de las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte ha sido la que acaba de culminar. El tono de Donald Trump hace historia y no precisamente por diplomático. El Washington Post afirmaba que la guerra de palabras entre Kim Jong–Un y Trump le ha dado la oportunidad a China de proyectarse como la voz de la razón, mientras que el editorial del Global Times, periódico oficial chino, advertía que China no apoyaría a Corea del Norte si son ellos los que atacan primero tierra estadounidense. Pero que de ser Estados Unidos el primero, se produciría una intervención china.

Trump se ha jactado de decir que su primera orden al llegar a la Casa Blanca fue renovar y modernizar el arsenal nuclear. Sin embargo, varios expertos sostienen que la capacidad militar de la administración Obama y la de Trump es la misma. Que el tono es radicalmente distinto, no cabe duda, pero también que las formas provocadoras del ocupante de la oficina oval han dado un vuelco a lo que han sido estas tensiones históricas. Nos gusten estas formas o no, hay que admitir que el hecho de que China apoye las sanciones a Pyongyang es un gran avance e impone una mayor presión al régimen de Kim Jong-Un.

Mientras, un grupo de especialistas japoneses y coreanos del sur eran citados por el think tank Brookings y señalaban cuál es el mayor peligro de este momento, explicando que sus países han delegado en Estados Unidos la seguridad de sus naciones bajo el acuerdo establecido décadas atrás, y eso incluye un potencial ataque nuclear de manos de los norcoreanos. Tanto Japón como Corea del Sur han decidido no desarrollar armas nucleares, basados en su confianza en el paraguas antimisiles estadounidense que técnicamente debería protegerles.

Pero en la práctica la situación podría complicarse mucho. Seúl está muy cerca de la “Zona desmilitarizada” y cualquier ataque comprometería fuertemente la seguridad de la capital y la de sus habitantes. Algo parecido sucedería con Japón; como hemos visto, muchos de los misiles lanzado por régimen de Kim Jung-un han aterrizado en el mar nipón, lo que deja claro que es un territorio muy vulnerable.

Parece haber llegado el momento en que Estados Unidos asuma su rol pragmático y a través de los twitteres de Trump se envían amenazas contundentes que le dejan claro a Pyongyang que no están jugando. Es más, que están listos para responder con furia como nunca se había visto para evitar un ataque y proteger tanto al territorio estadounidense como el de sus aliados. Es un momento clave, en el que los estadounidenses deben proyectar una imagen fuerte a la vez que afinan y robustecen sus relaciones con los aliados en la zona. En este juego diplomático de tremendas tensiones políticas el que se venda como el más fuerte y capaz tiene muchas más opciones de ganar.

Irán juega sus cartas. JulioTrujillo

Aunque a pasos torpones y erráticos, Trump va definiendo una nueva estrategia exterior norteamericana que está ya teniendo consecuencias en el realineamiento de algunos países y el dibujo de algunos escenarios diferentes.  A pesar de que, con los viejos tópicos, los adversarios de siempre y los intelectuales “comprometidos” emiten sus dictados anti Trump desde sus brillantes columnas de viejos periódicos o de sus despachos universitarios, y subrayan los detalles atrabiliarios del presidente de EE.UU. por encima de sus decisiones profundas, éstas van cambiando algunas cosas. Y todas estas cosas están introduciendo cada día elementos nuevos en el escenario que va desde el Mediterráneo al Pacífico donde están, hoy, los mayores puntos de inestabilidad y de riesgo para la seguridad internacional.

Una de las últimas decisiones, la de imponer nuevas sanciones a Irán, corregir algunas de las concesiones de Obama y la Unión Europea y alertar de las continuas amenazas iraníes de completar el trabajo de Hitler y acabar con los judíos y, por supuesto, con Israel, ha obligado a Teherán a mover piezas.

Irán está, en estos momentos, combatiendo militar y políticamente en dos frentes importantes y varios accesorios. Por una parte, Teherán tiene fuerzas en Siria, donde combate junto a Hizbullah, las tropas de Bashar el Asad y los rusos contra la nebulosa de grupos de la oposición, que van desde el Daesh, contra el que oficialmente están todos, hasta grupos kurdos apoyados por Europa y Estados Unidos sin olvidar varias milicias coordinadas por Al Qaeda o con intereses independientes que se suman de manera oportunista a quienes les convenga en cada situación.

Mientras tanto, expertos y asesores iraníes combaten en Yemen, junto a los chiitas hutíes, contra los sunnitas locales apoyados por una coalición de Arabía Saudí, Egipto y países del Golfo. Teherán, donde el sector menos radical de la teocracia acaba de verse reforzados en las elecciones, confiaba en que un acercamiento entre Estados Unidos y Rusia respecto a Siria olvidara aumentar la presión sobre Irán. Pero Trump no ha cerrado acuerdos con Putin y ha recuperado la desconfianza oficial hacia los planes iraníes de seguir desarrollando armas nucleares y ha aprobado nuevas sanciones.

En ese escenario, Teherán ha realizado varios movimientos rápidos los últimos días: ha enviado una delegación a Corea del Norte, ha intensificado su ofensiva diplomática en América Latina y ha declarado que “todas las opciones están sobre la mesa si Estados Unidos rompe el tratado firmado” con el régimen de los ayatolláhs. Esta nueva situación fortalece, paradójicamente, el discurso y los intereses de Rusia y sobre esta base, Putin va a basar sus propuestas de gran acuerdo con Estados Unidos.

El griterío que ahoga los hechos

La gran novedad de la situación política en Asia-Pacífico es que China se ha sumado en el Consejo de Seguridad de la ONU al nuevo plan de sanciones contra Corea del Norte, un paquete que, esta vez, sí que va a tocar sensiblemente la línea de flotación económica del régimen de Corea del Norte. De ahí la sobreactuación provocadora y chulesca del gobierno norcoreano con su presidente ejerciendo de gran altavoz de las amenazas contra el mundo. Y, también excepcionalmente, el líder norcoreano se ha encontrado enfrente a un presidente de EEUU que, contra lo que hacían Clinton y Obama no corre a ofrecer compensaciones económicas o negociaciones paralelas y secretas, sino que envía barcos y recuerda que EEUU tiene cien misiles por cada uno de los que tenga Corea del Norte. Y, encima, Pekín ha votado junto a EEUU y Rusia y ha elevado unos puntos su presión sobre la autocracia norcoreana.

Esa es la base de la escalada verbal de Pyongyang anunciando el apocalípsis. El régimen norcoreano está en una de las posiciones más débiles de su historia reciente y ha decidido hacer lo que ha hecho siempre: gritar que o ellos o el diluvio universal en forma de misiles.

Es indudable que Corea del Norte ha mejorado mucho sus capacidades militares a costa del bienestar de su sociedad y que dispone de misiles de largo alcance y tecnología para lanzarlos. Pero afirmar con rotundidad que podrían llegar a territorio continental de Estados Unidos cargados da cabezas nucleares parece algo prematuro. En todo caso, cuando un país tiene medios y amenaza con usarlos hay que tomar medidas como si fuera a hacerlo.

Pero, ¿existe en realidad una posibilidad de conflicto nuclear entre Corea del Norte y Estados Unidos? No lo parece. Salvo que sea producto de un error, un ataque contra Guam, Japón o Corea del Sur conduciría en cuestión de horas a la destrucción del régimen norcoreano y la desaparición de los provocadores, y ellos lo saben. Pero en la medida en que Pyongyang consiga crear la sensación de que hay riesgo de un gran conflicto mayores serán las presiones de los “bienpensantes” no exentos de ingenuidad sobre Estados Unidos y Europa para que eviten el peligro negociando y cediendo al chantaje. Ese es el juego, lo demás son gritos.

Península coreana: una bomba en cuenta regresiva. Nieves C. Pérez Rodríguez

El segundo misil de largo alcance lanzado por los norcoreanos el pasado viernes 28 de julio, ratifica la capacidad que tienen de atacar a los Estados Unidos en su propio territorio. A diferencia de lo que hemos escrito en previas publicaciones, en esta ocasión hay expertos que sostienen que Corea del Norte podría tener capacidad de llegar con un misil a la ciudad de Washington o Nueva York, lo que pone en alerta roja la tensa calma en la que hemos vivido en las pasadas décadas, a la vez que desmonta las teorías que preveían que Pyongyang en un plazo de unos 2 años podría ser capaz de poner un misil en Hawai e incluso en California.

En el marco de esta gran tensión, los medios internacionales se hacían eco de la grave situación con interrogantes como la planteada por el Sydney Morning Herald: ¿hasta qué punto están preparadas están las ciudades estadounidenses para un ataque nuclear? O la afirmación del Washington Post “el sentido del tiempo se agota en la confrontación con Pyongyang”. A pesar de los cambios de inquilinos de la Casa Blanca, su posición oficial ha sido parecida en relación a Pyongyang en los últimos 70 años, sin embargo, la situación nunca había sido tan peligrosa, y mucho menos Estados Unidos se había encontrado en tal vulnerabilidad.

Johanna Maska, experta en Marketing y que trabajó para Obama durante más de 8 años, primero en la campaña electoral y luego desde la Casa Blanca como la directora de prensa del presidente, considera que Obama dedicó gran parte de su tiempo a la región de Asia Pacífico. 4Asia tuvo ocasión de conversar con ella, que personalmente organizó visitas oficiales a Singapur, Tailandia, Corea del Sur, Camboya, Birmania, Indonesia, Malasia, Filipinas, Japón, China, Australia, e India. Y, en su opinión, todas esas visitas tuvieron como fin liderar conversaciones sobre paz, seguridad y prosperidad económica.

Maska enfatiza la diferencia entre Obama y Trump y la prioridad del primero por liderar junto con los países asiáticos un esfuerzo diplomático para hacer un trabajo en conjunto y manejar la grave situación de Corea del Norte. Mientras que, hasta ahora, ella considera que Trump dedica mucho tiempo a twittear pero muy poco esfuerzo en generar compromisos diplomáticos regionales.

En sus propias palabras “el escenario actual es mucho más propenso a conseguir el establecimiento de compromisos en el Pacífico, que en el momento en el que Obama era presidente. Hoy es evidente el avance y la determinación de Kim Jong-un. No en vano presume de capacidad armamentista, y no es un mito que está dispuesto a hacer uso de su arsenal. Es tiempo de que Trump haga algo más que escribir unos 140 caracteres en sus respuestas en twitter y se dedique a gestionar esta grave situación”.

Suma y sigue, una historia de ciegos. Julio Trujillo

Un paso más hacia… lo mismo. Corea del Norte ha lanzado otro misil hacia el mar territorial del Japón, Estados Unidos ha activado sus defensas en todo el Pacífico y ha alertado de manera especial sus sistemas de alerta y respuestas en las islas Aleutianas y Alaska, el presidente Trump ha recordado a China su deber de contener a la dictadura norcoreana, Pekín ha requerido la retirada del escudo antimisiles de Estados Unidos en Corea del Sur y Japón ha vuelto a reclamar una acción internacional mientras prosigue su discreto pero decidido rearme naval.

En este escenario de empate infinito, pero de riesgo creciente, ya que tanto las acciones del dictador norcoreano como las del atrabiliario presidente Trump parecen inspiradas por los impulsos coyunturales, Europa sigue ausente, sin perfil, perdida en sus laberintos. Recuerda aquella frase del general Colin Powell cuando afirmaba que ante cada crisis de seguridad del planeta, cuando Estados Unidos alertaba a sus fuerzas de seguridad y usaba sus armas, Europa elaborada un comunicado de condena. Esta sistemática colocación de perfil para no salir del todo en la foto refleja, y eso no sería lo más grave, no sólo la tradicional tendencia a rehuir todos los enfrentamientos hasta que el enemigo llama a la puerta, sino la ausencia de criterios. Europa, la Unión Europea, no dice nada, y eso sí que es lo grave, porque no sabe qué decir, no tiene una concepción estratégica del conflicto, ni qué consecuencias puede tener para Europa ni cómo los acontecimientos pueden ser un riesgo o una oportunidad. Nada de eso, Europa es como los delincuentes oportunistas que esperan los acontecimientos y se prepara para ver qué puede rebañar en medio de la tormenta.

Estados Unidos tiene una estrategia. Existe más allá de Trump, aunque éste la gestione desde el impulso, la ignorancia y una vuelta al proteccionismo, por encima de la opinión de algunos de sus asesores. Pero Europa, que quiere aparentar una unidad de acción por encima de los intereses nacionales de sus componentes, encuentra en la inacción la manera de correr riesgos de desunión. En China, como en Libia o en Oriente Próximo, la princesa no decide, sólo se sonroja, da largas e intenta contentar a todos los pretendientes.

¿Qué tiene en la cabeza ese niño gordito y loco? Miguel Ors.

El Brillante Camarada Kim Jong-un celebró el 4 de julio, la fiesta nacional de Estados Unidos, con sus propios fuegos artificiales: un misil de carga nuclear capaz de alcanzar Alaska. “La probabilidad de un conflicto catastrófico es demasiado alta como para que nadie se sienta cómodo”, comenta Zack Beauchamp en Vox. Como han hecho las dictaduras toda la vida, Corea del Norte busca un enemigo externo cuando pierde adhesión interna y, dada su acreditada ineptitud, esto sucede bastante a menudo.

El hecho de que disponga de un arsenal atómico hace extremadamente peligrosa esta dinámica. No se trata solo de que un día se le vaya la cabeza a ese “niño gordito y loco”, como llama John McCain a Kim. Sus provocaciones también podrían dar lugar a una respuesta mal medida por parte del temperamental Donald Trump o de la vecina Seúl, donde incluso han considerado la posibilidad de un magnicidio. “Jeffrey Lewis, director del Programa de No Proliferación de Extremo Oriente”, escribe Beauchamp, “piensa que matar a Kim es una opción real […] principalmente para atajar de raíz una posible agresión nuclear”.

Sería, sin embargo, una lástima, porque, a diferencia de su abuelo y de su padre, Kim no es un caso (totalmente) perdido.

En mayo del año pasado, el Brillante Camarada aprovechó el Congreso del Partido de los Trabajadores de Corea del Norte para consagrar la doctrina byungjin o del “desarrollo paralelo”. Por un lado, refuerza el programa armamentístico. “En la reforma constitucional de 2012”, explicaba el investigador principal del Real Instituto Elcano Mario Esteban, “[el país] se presentaba como potencia nuclear”, pero sin especificar si ello implicaba o no la posesión de una bomba atómica. La “línea byungjin reconoce explícitamente este punto” y deshace cualquier ambigüedad.

Esta no es una buena noticia y se interpretó en su día como un peldaño más de la escalera que conduce al holocausto. Pero mientras Kim alimenta con el brazo militar su imagen de guardián del régimen, con el brazo civil desmantela la herencia económica. Porque el otro eje del “desarrollo paralelo” es la liberalización del aparato productivo. “Comienzan a atisbarse”, escribía Esteban, “algunas similitudes” con la transformación iniciada en China hace 30 años, como la privatización parcial del campo, donde ahora “se garantiza a los agricultores un porcentaje de la cosecha que obtienen”.

Bryan Harris afirma directamente en el Financial Times que “Corea del Norte ha pasado de un socialismo férreamente controlado a un modelo básicamente de mercado”. Aunque las estadísticas disponibles son poco fiables (el Instituto de Investigación Hyundai estima que en 2015 la renta per cápita norcoreana creció el 9% y el Banco Central de Seúl, que cayó un 1%), los expertos que viajan con frecuencia a Pionyang coinciden en que “el cambio salta a la vista”. Ha surgido una clase adinerada llamada donju que exhibe su poderío en los cada vez más numerosos restaurantes y comercios. “Según una encuesta realizada a más de 1.000 desertores”, escribe Harris, “el 85% de la población se abastece ahora de alimentos en los mercados y únicamente un 6% depende ya de las cartillas de racionamiento”.

El problema de esta estrategia bífida es que es inconsistente. Si Kim quiere un crecimiento sostenible como el que han experimentado otros tigres asiáticos, necesita captar masivamente capitales y exportar aún más masivamente, y difícilmente lo logrará lanzando cohetes. En algún momento tendrá que elegir entre ser una potencia nuclear o convertirse en un miembro respetable de la comunidad internacional. ¿Y qué hará?

Nos encantaría decirles que ensayos como el del 4 de julio son una mera pantalla tras la que se oculta un astuto plan de transición a la normalidad, pero lo cierto es que el único que lo sabe hoy por hoy es ese niño gordito y loco.

Corea: la arriesgada apuesta del deporte como diplomacia

En la inauguración del Campeonato Mundial de Taekwondo del pasado junio en Muju, Corea del Sur, el presidente Moon Jae-in dijo que quería que las dos Coreas compitieran como un solo equipo el próximo año en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018 que se celebrarán en Pyonyang y destacó el Campeonato Mundial de Tenis de Mesa de 1991 como el mejor ejemplo. Sin embargo, el miembro del Comité Olímpico Internacional (COI) de Corea del Norte, Chang Ung, descartó la idea de un equipo Norte-Sur, explicando al diario Dong-a Ilbo que se trataba de un objetivo poco realista en el actual clima político.
El presidente Moon defiende como propuesta política cambiar el ritmo de las relaciones con Corea del Norte y propiciar una distinción a través del acercamiento indirecto y de un discurso de apaciguamiento muy del gusto del buenismo europeo y de la política basada en las buenas intenciones. Una política que, lamentablemente, choca no solo con los planteamientos de la Administración Trump (aunque coincide con los de China) sino también con las experiencias de la historia. En opinión de Moon, ese compromiso debe ser utilizado como herramienta de presión para aliviar las tensiones existentes entre los dos Estados y convencer al Norte a abandonar sus desafios constantes, más concretamente los referidos a los programas nucleares y a los misiles balísticos.
La propuesta deportiva llega con ecos de Mandela, Sudáfrica, el fútbol y el rugby, pero no parece haber tenido, de momento, el mismo eco. “Necesitamos más de 22 rondas de conversaciones para establecer un equipo conjunto de tenis de mesa para los mundiales de 1991. Nos llevó cinco meses de arduo trabajo”, recordó Chang.
Las políticas de apaciguamiento debe ser muy meditadas. No sólo por los resultados que obtuvieron estrategias semejantes en los años treinta contra Hitler, que desembocaron en lo que desembocaron; con la URSS respeto a Hungría y con Rusia en Georgia y Ucrania (todas ellas antesalas de avances de los agresores) sino porque en el caso concreto de Corea del Norte son vistas ya como rendiciones parciales.
No hay que caer sin embargo en una actitud de dureza frontal inamovible. Las ofertas de acercamiento, si no van unidas a una demostración de llegar a donde haya que llegar si se produce una agresión no sirven para nada más que para consolidar las provocaciones. Ese es el riesgo y ese es el horizonte.

¿Se volverá China democrática? Quizás, pero no mañana. Miguel Ors.

En un artículo de 1959, el sociólogo estadounidense Seymour Lipset enunció la “teoría de la modernización”, que postula que “cuanto más desarrollada es una nación, mayores son las posibilidades de que albergue una democracia”. Su hipótesis recibió en 1990 el espaldarazo del Informe sobre el Desarrollo del Banco Mundial, en el que se constataba que, mientras 21 de los 24 países de ingresos altos eran estados de derecho, de los 42 más pobres solo lo eran dos.

Samuel Huntington llegó incluso a identificar una “zona de transición” a partir de la cual surgiría la democracia, y adujo como prueba la creciente proporción de la población mundial que vivía en libertad: el 32% en 1973, el 39% en 1990 y el 58% en 1994.

Por desgracia, se pueden hacer todo tipo de malabares con las estadísticas. Por ejemplo, Stephen McGlinchey ha argumentado que entre 1922 y 1990 el número de naciones soberanas pasó de 64 a 130 y, sin embargo, la proporción de democracias se mantuvo constante en el 45%.

Además, ¿de qué hablamos cuando hablamos de democracia? No basta con redactar una Constitución y celebrar votaciones periódicas. El asunto es más complejo y, para organizarlo un poco, The Economist Intelligence Unit (TEIU) elabora un índice a partir de una encuesta que, además de la fiabilidad del proceso electoral, evalúa el pluralismo, el respeto de las libertades, el funcionamiento del Gobierno, la participación ciudadana o la cultura política.

A la luz de este baremo, en 2016 apenas un 4,2% de los habitantes del planeta disfrutaban de una “democracia plena”. La mayoría de los países que Huntington incluyó en su tercera ola aparecen como “democracias imperfectas” o “regímenes híbridos” (el escalón previo a los “autoritarios”). El ejemplo más notorio del fracaso de la teoría de la modernización es China, cuyo gran progreso material no ha impedido que figure en el furgón de cola del índice de TEUI, y no precisamente en los primeros asientos: ocupa el puesto 136 de 167.

A Donald Trump esto le inquieta. Dice que sus predecesores dejaron que China se desarrollara con la esperanza de que un día abandonase el comunismo. Ahora teme que hayamos alimentado un monstruo que podría devorarnos en cualquier momento y aporta como precedente lo que pasó entre Atenas y Esparta. Bueno, en realidad él no aporta ningún precedente. Todo lo que sabe de los griegos se reduce aparentemente a que le caen bien. “No olvidéis”, proclamaba durante un mitin en marzo, “que vengo de Nueva York y allí andan por todas partes”.

Es su equipo el que, según Michael Crowley , “está obsesionado con Tucídides”. Steve Bannon, el estratega jefe de la Casa Blanca, es un “aficionado” (sic) a la guerra del Peloponeso y, en un artículo de 2016, ya estableció un paralelo entre aquel conflicto y el pulso que mantuvo con la Fox cuando trabajaba para Breitbart. Naturalmente, en el artículo ganaba él, el disciplinado espartano. La decadente Atenas Foxiana era vencida porque sus soberbios directivos ignoraron a Tucídides, que les habría alertado de que, al tolerar la emergencia de Breitbart, estaban firmando su sentencia de muerte.

¿Se pueden aplicar estas enseñanzas a la relación entre China y Estados Unidos? Difícilmente. La disputa entre Breitbart y la Fox es un juego de suma cero: cuando compites por la misma audiencia, creces a costa de los rivales y que desaparezcan es positivo. Pero no está claro que destruir un país beneficie automáticamente a los demás. Se pierden mercados a los que exportar y prestamistas a los que recurrir, por no hablar de los costes directos en los que se incurre.

Así que, sí, es decepcionante que la conjetura de Lipset/Huntington no se haya cumplido, porque (hasta donde sabemos) las democracias no guerrean entre sí. Pero eso no significa (hasta donde sabemos) que deban guerrear con los regímenes que no lo son.

Llegó el verano y twitter no para. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Con el comienzo oficial del verano y la apetencia natural por bajar la presión y el ritmo, parece que en occidente relativizamos más el complejo panorama internacional. Mientras tanto, Míster Trump se apega cada vez más al twitter. Lo ha convertido en más que una herramienta de trabajo, algo que va más allá de un medio de comunicación. Parece su canal de liberación de frustraciones mediáticas, su manera de hacer catarsis con su ego de las críticas a su gobierno. Hasta parece que intenta crear una burbuja de realidad paralela en donde le habla sólo a su audiencia, como quien quiere alimentarles con la información que él filtra para aislarlos de la “Fake Media” (Medios falsos), como él les llama al menos una vez al día, dedicando una parte muy considerable de su tiempo a atacarles. Con tantos problemas que necesitan atención y gestión…

Que el personaje no tenía experiencia política era sabido, y eso no es un pecado, pero de ahí a intentar cambiar la manera de gobernar usando ataques y twitter como gestión de gobierno hay un trecho largo y peligroso. Por citar un ejemplo: después del encuentro oficial en Florida entre Trump y Xi Jinping, que debió ser muy cordial, el líder de la oficina oval no ha tenido sino palabras agradables para su homólogo chino. Incluso después del último misil lanzado por Corea del Norte el jueves pasado, Trump en un tono diplomático twitteó que al menos sabe “que el líder chino había intentado mediar en la crisis, a pesar de no haberlo conseguido”; así como en otra oportunidad dijo que sería un “honor encontrarme con Kim Jung-Un”. Es que twitter le da mucho juego para mandar mensajes internacionales, para afianzar sus ideas, y hasta para tratar de distorsionar la noticia del día.

Su tendencia cubre también el ámbito doméstico. Obama Care, o la reforma sanitaria a la que convirtió en parte fundamental de su campaña, y que ha sido una de sus banderas políticas a lo largo de estos 6 meses de gobierno, es también otro de sus tópicos favoritos en twitter; o atacar a los representantes demócratas por votar en contra, o en muchos casos a los propios representantes republicanos por no apoyarlo a pasar la legislatura, que según muchos expertos no resolverá ningún problema y por el contrario los agudizaría.

Intentando ser objetivos y justos, debemos reconocer que en su gabinete tiene gente capaz. Según el New York Times, Rex Tillerson mantiene posiciones realistas y  Nikki Haley (embajadora ante Naciones Unidas) un discurso moralista, pero ninguno de ellos han formado parte del mundo diplomático antes. Mike Pence no tiene la experiencia del anterior vicepresidente tampoco, sin mencionar que no goza ni de un ápice del carisma de Joe Biden. Su yerno Jared Kushner cargado de buena intención parece haberse equivocado aceptando reuniones con los rusos. Y no podemos dejar fuera a los militares, que en la historia de los Estados Unidos han influido en la dirección de la política exterior considerablemente. El general Flynn está en una posición muy comprometida por haber aceptado dinero ruso y al secretario de Defensa, James Mattis, la historia no le perdona frases duras y controvertidas durante la guerra de Irak. Una fuente de la Fuerza Naval que pidió no ser revelada, insistió sin embargo a 4asia que él confía plenamente en el general Mattis, subrayando que es un profesional con buen criterio y capaz de priorizar la seguridad del Estado por encima de todo.

Y mientras, Beijín finiquita la construcción de la base militar más avanzada en las Islas Spratlly (en una de las islas artificiales que han construido en el sur del mar de la China, a pesar de toda la presión internacional); los Estados Unidos han vendido a Taiwán un formidable arsenal cuya negociación comenzó con la Administración anterior pero que está parece haber dilatado con toda la intención, en espera de la intermediación china en Corea del Norte. Y como si el mensaje no fuera lo suficientemente claro, el gobierno estadounidense también impone sanciones a un banco chino por vínculos con Corea del Norte, lo que se traduce en bloqueo para esta entidad y sus usuarios al sistema bancario estadounidense.

Además, la visita del presidente surcoreano Moon Jae-in a Washington le da el escenario perfecto a Trump para afirmar que la paciencia estratégica con el régimen de Corea del Norte ha acabado por muchos años. Inmediatamente antes, el general McMaster, asesor de seguridad nacional, confirmaba públicamente que las opciones militares para Corea del Norte han sido preparadas y serán presentadas al presidente. Seguramente Twitter será el primer canal que comunique la decisión de la Casa Blanca en relación a Pyongyang que según vemos no tiene pinta de ser nada pacífica, tal y como lo hemos venido advirtiendo…

INTERREGNUM: Modi en Washington. Fernando Delage

En su quinto viaje a Estados Unidos como primer ministro, la semana pasada, Narendra Modi se ha encontrado con un Washington muy diferente del que visitó hace un año. En un discurso ante el Congreso indicó entonces que las relaciones entre India y Estados Unidos habían dejado atrás “las dudas de la historia”. Y así lo confirmaban, entre otros acuerdos, la declaración conjunta sobre Asia firmada por Modi y Obama en enero de 2015, o el pacto de defensa firmado unos meses más tarde entre ambos gobiernos. Seis meses después de la toma de posesión de Trump, Modi ha tenido su primer contacto directo con un presidente que, a priori, plantea a India nuevas incertidumbres, tanto en la esfera económica como en la estratégica.

Para Modi, que ha situado la economía en el centro de su política exterior, Trump representa un complejo desafío. El imperativo del desarrollo le obliga a atraer capital extranjero—de Estados Unidos incluido—, para reforzar el sector industrial y crear 100 millones de empleos hasta 2022. El discurso de Trump, que quiere recuperar los empleos perdidos por la deslocalización, choca de manera directa con las prioridades de Delhi. India—noveno socio comercial de Estados Unidos—se encuentra asimismo en la lista de países que Washington está investigando por prácticas comerciales irregulares. El déficit norteamericano con India (31.000 millones de dólares, diez veces menos que el que mantiene con China), ha movilizado tanto a políticos como a empresas privadas, que se quejan de las barreras arancelarias, de las dificultades de acceso al mercado indio, o de la deficiente protección de la propiedad intelectual. Por su parte, a Delhi le preocupan las regulaciones y estándares técnicos norteamericanos que obstaculizan sus exportaciones, así como los posibles cambios en la política de visados para profesionales.

En el terreno diplomático y de defensa hay toda una serie de asuntos sujetos a reconsideración por parte de Trump—como Afganistán, Pakistán e Irán—, que afectan de manera directa a India. Y, de manera especial, ambos países reconocen a China como un potencial rival a largo plazo y perciben los esfuerzos de Pekín por reconfigurar el equilibrio de poder en Eurasia como un desafío a sus intereses.

El gobierno indio, sin embargo, parece inquieto por la manera en que Trump se ha aproximado a la República Popular. El abandono de su retórica antichina de la campaña electoral, el trato dispensado a Xi Jinping en Florida el pasado mes de abril, las acríticas declaraciones hechas por el secretario de Estado durante su visita a Pekín, o la confianza aparentemente puesta en China para gestionar la crisis nuclear norcoreana, plantean numerosos interrogantes en India sobre la política asiática de esta administración norteamericana. Lo incierto de las posiciones de Trump puede obligar a Modi a un reajuste diplomático, que no deja sin embargo de ser una oportunidad.

Al desafiar Trump las bases tradicionales de la política exterior de su país desde la segunda guerra mundial, India tiene que buscar nuevas opciones y asumir el tipo de responsabilidades regionales e internacionales que corresponden con las ambiciones propias del que pronto será el país más poblado del planeta. Es cierto que carece de los recursos y del consenso interno que permitan esa proyección. Pero articulada en clave nacionalista, puede ser una variable que facilite la reelección de Modi en las elecciones generales de 2019. Mientras Trump abandona presencia exterior para ganar—según cree—apoyo en casa, a Modi le puede venir bien reforzar su empuje diplomático para consolidar su posición política interna. Cosas del mundo de la globalización.