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Cambio de tono sí, ¿pero de fondo?

Washington.- Dejando a un lado la agresiva retórica a la que nos tiene acostumbrados, usando un tono mucho más moderado y sin duda conciliador se presentó Donald Trump ante el Congreso estadounidense, a sus ciudadanos y al mundo, quien mira con esperanza esta fase del presidente, que está más a tono con los discursos de los líderes occidentales y sobre todo de presidentes anteriores de esta nación. ¿Se entiende este discurso como un cambio de fondo? ¿O es tan solo un cambio de tono? ¿Hay un cambio real de la política exterior estadounidense?

El cambio de tono es muy importante, pero el fondo del discurso es en realidad la clave. Y el fondo del discurso desvela que no hay cambios sustanciales. Hubo más expresiones que no habíamos oído, como …”mi trabajo no es representar al mundo, es representar esta nación”; asumió que está gobernando un país dividido, o que el muro que separará la frontera del sur (evitando sutilmente mencionar a México) se comenzará a construir muy pronto. No mencionó a Corea del Norte, Rusia o China. Mientras, enfatizó la alianza inquebrantable con Israel a la vez que les recordaba amablemente a sus socios militares de la OTAN que deben pagar más cuotas, afirmando que ya algunos países lo están haciendo.

Este último punto, muy en consonancia con la línea de Steve Bannon, de exacerbación del patriotismo, nos recordó que los intereses de Estados Unidos estarán siempre primero en su agenda, que mantendrá su compromiso con la OTAN pero exigirá más a sus aliados. Lo cierto es que cada país miembro tiene una responsabilidad adquirida y debe responder por ella. Europa debe, incluso por sus propios intereses nacionales, ser capaz de pagar por su seguridad y financiar su defensa como parte fundamental de su política exterior.

El aumento histórico del gasto en defensa que ha propuesto, la reducción sustancial del presupuesto de ayuda internacional, y/o del Departamento de Estado, demuestran un cambio muy importante en lo que será la política exterior estadounidense. Con 58 billones de dólares para la defensa, que representa un aumento del 10%, el presidente Trump deja claro que fortalecerse internamente es una de sus prioridades y cumple con su promesa electoral de mantener a los Estados Unidos seguro. Ha puntualizado que habrá una partida para los veteranos de guerra, otra para la modernización de equipos y armamentos, y podríamos asumir que la mención que hizo al terrorismo islámico radical, en la que de acuerdo a sus propias palabras “los perseguirá hasta acabar con ellos”, indica que este plan estará contemplado dentro de este presupuesto. Confiamos en que otra partida será destinada a las zonas en conflictos en las que los estadounidenses siguen presentes y en donde cabe destacar que la gestión post-guerra ha sido nefasta. Aunque esa culpa sea de Obama, la ha heredado el actual presidente y está en obligación de asumirla.

La reducción de los presupuestos del Departamento de Estado y de las ayudas internacionales puede causar un efecto muy negativo para la diplomacia. Menos dinero significa menos presencia, menos diplomáticos, menos funcionarios estadounidenses por el mundo, que hacen un trabajo de apertura de diálogos y de influencia regional, y permiten a Washington mantenerse conectado y presente en el mundo. Son los diplomáticos los que previenen conflictos, enfrentamientos, y guerras. Paralelamente los programas de ayuda humanitaria, críticos en países muy pobres, en países devastados, son también los que ayudan a estas naciones a una transición a la esperanza, como fue el Plan Marshall en Europa en su momento. Incluso pueden servir para frenar la penetración de radicalismos en época de desolación y angustia social. Claramente su rol es diametralmente opuesto al que harían los soldados sobre el terrero.

Si el tono “presidencial” se debió al uso del teleprónter, y la ausencia de improvisación, que normalmente lo lleva a terrenos pantanosos de los que no puede salir ileso, por el bien de todos esperemos que siga haciendo uso de este sistema. Míster Trump aprovechó sus 60 minutos para alimentar su ego con cada ovación, con cada una de las veces que los presentes se levantaron para aprobar efusivamente sus planteamientos y con cada aplauso su satisfacción era visible. Todo esto, sumado a los comentarios positivos hechos por la prensa, que él mismo ha convertido en su más acérrimo enemigo, podría ayudar a un cambio de postura permanente de este nuevo líder, quien quizás prefiera ser criticado con guantes de seda y alabado por su comportamiento más apropiado. No olvidemos que así fue como vivió su vida antes de entrar al mundo político.

Un test para medio mundo

El asesinato de Kim Jong-nam, hermano del líder norcoreano Kim Jong-un, nos trae la imagen cinematográfica de la técnica mas acrisolada de los servicios secretos adiestrados en la escuela moscovita que nació de la Revolución de Octubre y que han producido muchos ejemplos, como  el asesinato en Londres, por agentes de Bulgaria, con un paraguas envenenado, del disidente búlgaro Gueorgui Ivanov Markov, el 11 de septiembre de 1978; o el del espía ruso que desertó a Occidente Aleksandr Válterovich Litvinenko, irradiado con polonio, tras acusar a la dirección de los servicios secretos rusos de la eliminación de disidentes.
Pero esta muerte, que parece apuntar a los servicios secretos de Corea del Norte, además de estas evocaciones pone sobre la mesa la inmensa tensión y las luchas por el poder que están ocurriendo tras las bambalinas del hermético régimen norcoreano. Poco se sabe de estas luchas, aunque sí que han hecho desaparecer a parientes y colaboradores del presidente acusados de conspirar para acceder al poder.
 Kim Jong-nam, hermano mayor del actual líder era el heredero natural,  pero unas costumbres fuera de las normas oficiales, sus viajes al exterior y una vida menos reglada de lo que suele llevarse por aquellos lugares, sirvieron de coartada para apartarle del poder hasta el punto de que ya había sufrido otros intentos de asesinato e, incluso, en una ocasión, tuvo que mediar China para pedirle a su hermano clemencia. Que el asesinato, si ha sido obra del Gobierno norcoreano, haya tenido lugar en estos momentos podría significar que la situación interna es más delicada que nunca, que los equilibrios de poder son más frágiles y que el régimen está necesitado de demostraciones de fuerza, hacia adentro, como este asesinato, y hacia afuera, aumentando la tensión con Corea del Sur, Japón y Estados Unidos.
En este contexto adquieren una mayor importancia los gestos y las palabras desde Occidente, junto con la vigilancia y la disposisición a no ceder, y se ensancha aún más el campo para que la diplomacia China juegue a intermediar a cambio de concesiones en la zona de sus interés estratégico. Ahí hay un test para Trump y su equipo y un motivo de preocupación para Rusia que ve como se tensa más una situación en sus fronteras orientales sin que Moscú, al menos de momento, esté jugando un papel tan decisivo como en otros escenarios.

Sigue el juego

El presidente Trump se ha distanciado de las alianzas económicas en Asia Pacífico para replegarse sobre sí mismo en la inauguración de un periodo de proteccionismo de impredecibles consecuencias en este momento. Sin embargo, Estados Unidos ha hecho esfuerzos desde el primer momento por emitir mensajes de compromiso con la defensa, en el terreno militar, del estatus quo de la región reafirmando los lazos con Corea del Sur y Japón.
No era para menos, ya que ambas naciones se enfrentan a un país que ha hecho de la amenaza y la agresividad sus principales instrumentos de negociación de ventajas en la escena internacional, Corea del Norte, y un amigo de este país, China, que, aún optando por el pragmatismo, necesita tener al perro ladrador de Pyongyang con el que jugar, y que desarrolla una política de dominio del Mar de la China y en la disputa territorial que mantiene con Japón por un lado y con otros países  por otro, sobre algunas islas de la región.
En ese delicado panorama, mientras Trump llenaba de incertidumbre e inseguridad económica a sus aliados rompiendo el acuerdo de libre comercio, enviaba a la zona al Secretario de Estado, James Mattis, para asegurar a Japón que el paraguas defensivo que une a ambos países implica también a las disputadas islas Senkaku, y para reafirmar su compromiso con la defensa de la integridad territorial de Corea del Sur. En ese escenario se ha producido, mientras el presidente de Japón visitaba Estados Unidos, el lanzamiento por Corea del Norte sobre el Mar del Japón de un misil susceptible de portar una cabeza nuclear.
El desafío norcoreano ha dado a Trump la oportunidad de reafirmar sus compromisos y sus advertencias a uno de los últimos regímenes estalinistas del mundo y, a Japón, la ocasión para reclamar a China un papel más activo para desautorizar a sus aliados norcoreanos y comprometerse en una política de estabilidad en la región.
Sigue pues el juego en el Pacífico occidental con los mismos protagonistas pero con gestores diferentes. No parece que la tensión vaya a descender a corto plazo porque China exige un precio: Taiwan y los islotes en disputa, que ni Estados Unidos ni Japón pueden aceptar aunque sobre esa base se está negociando. Y en ese contexto es en el que, la principal amenaza inmediata, Corea del Norte, puede conseguirconcesiones materiales nada desdeñables.

Detrás de las cortinas

El factor Trump y la temporada electoral europea, en cuyo horizonte aparecen fuerzas populistas, extremistas y contrarias a la Unión Europea, están difuminando la emergencia de acontecimientos no menos importantes y que van a influir inevitablemente en aquéllos.
En el Pacífico, enviados del presidente Trump se están reuniendo con dirigentes de países aliados de Estados Unidos para tratar de atenuar las consecuencias de palabras altisonantes, anuncios precipitados y groserías telefónicas del presidente. Es necesario soldar brechas abiertas con Japón, desconfianzas de Taiwán, enfados de Australia y, en general, llevar a la zona señales de lealtad, compromiso con la estabilidad y determinación en mantener los equilibrios. Al fondo está la provocación permanente de Corea del Norte, el espacio que va ganando China en toda la zona y los esfuerzos de Rusia por jugar su papel ante las dudas de Estados Unidos.
No muy diferente se está dibujando el escenario europeo. La reanudación de los incidentes armados en el este de Ucrania parecen reflejar un intento ruso de probar la capacidad de reacción de Europa y de Estados Unidos y una subida de la apuesta de cara a futuras negociaciones en las que, inevitablemente, cotizarán al alza las acciones de Rusia en Siria.
Así, las corrientes centrífugas en Europa, estimuladas por lo que ocurre en Gran Bretaña, aplaudidas tanto por Trump como por Putin y por el coro que animan la extrema derecha y la extrema izquierda con discursos parecidos, aparece bajo una nueva luz. Se perfila una santa alianza para debilitar a la Europa democrática y de bienestar, a pesar de sus innegables errores, con el proyecto de ser sustituida por un escenario nacionalista, antiliberal, replegado sobre sí mismo y abonado de conflictos que hunden sus raíces en el siglo XX.

La agonía de la diplomacia.

No cabe duda de que el mundo ha cambiado mucho en los últimos años.  El desolador escenario post segunda guerra mundial, y post guerra de las dos Coreas dejó la necesidad de reconstruir no sólo los escombros que dejan los conflictos armados, sino también dejó el escenario idóneo para establecer alianzas de no agresión, tratados de cooperación y acuerdos de supervivencia entre distintos Estados. Me atrevo a decir que fue la época de oro de la diplomacia, la creación de la ONU, la OTAN y de un importante número de acuerdos bilaterales entre Estados Unidos y Japón, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Australia y, más recientemente, Filipinas y Taiwán.  Todo para establecer un orden mundial donde la paz y el respeto a las reglas fundamentales del juego sería el norte. Los tiempos son otros y la versión trumpiana de la diplomacia apuesta por cambiar significativamente las reglas del juego e incluso los actores y aliados del mismo.

La reciente llamada telefónica entre el primer ministro australiano y el presidente estadounidense deja un clima de absoluta perplejidad, después de que el mismo presidente Trump aprovechara la oportunidad para alardear de su victoria electoral, atacara el acuerdo previamente establecido entre ambos Estados en materia de refugiados y calificara la llamada como la peor de todas las que ha hecho en pleno desarrollo de la misma, de acuerdo al Washington Post.

Australia, junto a Estados Unidos y otros tres países, componen una estrecha alianza con uno de los acuerdos con menos repercusión pública, en la que sus miembros desde hace más de 70 años han construido una infraestructura de vigilancia global e intercambian información en materia de espionaje. Las agencias de inteligencia de Reino Unido, Canadá, Nueva Zelanda, Australia y Estados Unidos mantienen una relación muy estrecha basada en la confianza y la reciprocidad. Además de que las relaciones económicas y de intercambio turístico entre Australia y América son también muy amplias.

Una vez más, este comportamiento presidencial pone en riesgo la seguridad nacional de Estados Unidos y la estabilidad en Asia. El Wall Street Journal organizó la semana pasada un evento en Washington en donde se analizó la relación bilateral con China. Contó con la presencia de dos congresistas expertos en seguridad nacional y en relaciones exteriores. Ambos parlamentarios coinciden en que el TPP está muerto y que estamos en un nuevo tiempo, en una era de acuerdos bilaterales. La anulación del TPP favorece a China, lo que pone a Beijing en una situación privilegiada de liderazgo regional. Sin embargo, insistieron en que Estados Unidos tiene herramientas para presionar a China, pues China necesita de los Estados Unidos y, por lo tanto, se podría llegar a acuerdos comerciales más justos para ambas economías.

En dicho evento se habló con mucha preocupación de Corea del Norte y, sin poder dar datos precisos pues nadie los conoce, se afirmó que Pyongyang tendrá el misil balístico intercontinental listo en poco tiempo. Razón por la que se deberían imponer más sanciones para acorralarlos. “…Nació como un monstruo y fue creado por oficiales soviéticos que parecían tener poca idea sobre la creación de un estado. Ellos convirtieron a Kim II-sung en un líder, pero cuando se dieron cuenta de que inspiraban poco respeto al público, levantaron en torno a él un culto a la personalidad de corte estalinista, de modo que el país acabó siendo gobernado por un rey dios, algo como los reyes de Corea antes de la ocupación japonesa”.  Esa es la descripción de este país, en palabras del ex-embajador inglés John Everand en Corea del Norte entre 2006 y 2008.

La situación interna de Corea del Norte es deplorable: aislamiento, hambruna, precariedad, por lo que imponiendo más sanciones se podría agudizar la crisis, y Kim Jong Un no podría pagar a sus generales, que son los que ayudan a mantener el régimen. Y tal y como quedó demostrado en Alemania oriental, sería la solución para acabar con este dictador.

En la discusión también se planteó que los Estados Unidos tienen la capacidad tecnológica de bombardear con emisiones radiofónicas u otros medios a la población de Corea del Norte con información de cómo se vive en Seúl y otros lugares desarrollados, como estrategia desestabilizadora del régimen. Y lo mismo se podría hacer en China, si se planteara la necesidad de presionar a Beijing con su colaboración estratégica en la región, sobre todo con Corea del Norte, a los que China suministra muchos de los productos que consumen. Pero tal y como los parlamentarios enfatizaron, no es en interés estadounidense desestabilizar un país como China.

Mientras el mundo intenta descifrar los códigos de la nueva administración Trump, da la sensación de que sencillamente responden al particular modo de relacionarse de este líder, donde al parecer la diplomacia no conoce su propósito sino los simples caprichos de quien lleva ahora las riendas de la nación.

La personificación del sueño americano, catalizador de nuevas alianzas

Washington.- Según nos acercamos a la toma de posesión del Presidente electo Donald J. Trump, y el tan esperado nombramiento del Secretario de Estado Rex Tillerson, la política exterior de la nueva administración parece ir tomando forma. A pesar de que el nuevo gabinete carece de experiencia política, cuenta con un amplio conocimiento en materia de negocios y expansión de bienes y fortunas, que podría ser la brújula que dirija su política exterior y que como resultado podría arrastrar a la ruina relaciones históricas como las de Japón con los Estados Unidos.

El nuevo secretario de Estado tiene una trayectoria conocida en el mundo petrolero, desde las distintas posiciones que ocupó en Exxon Mobil, y cómo, desde allí, sus relaciones con Rusia han sido muy estrechas. Según el Wall Street Journal, Tillerson lideró la expansión de Exxon en Rusia durante la presidencia de Boris Yeltsin, lo que marcó el despegue de su carrera.

En los años más recientes ha habido manifestaciones públicas de la estrecha relación entre el presidente Putin y Tillerson, no sólo con las exploraciones multibillonarias que Exxon ha hecho en Rusia y el convenio firmado en 2011 con la compañía estatal Rosneft, sino, incluso, con el premio, “a la Orden de la Amistad”, que el mismo presidente ruso, otorgó al señor Tillerson, uno de los mayores honores que pueden recibirse en Rusia. Además de apariciones públicas y fotos donde se aprecia la complicidad, o al menos cercanía entre ambos. O, como el Washington Post califica esta relación, “el largo romance de Tillerson con Rusia”.

El constante coqueteo de Mister Trump, desde su cuenta de Twitter, con Putin no pasa a nadie inadvertido, sobre todo tras la decisión en la que la Administración Obama expulsa 35 diplomáticos rusos e impone sanciones económicas contra organismos de espionaje. A lo que Putin expresó que no respondería con reciprocidad a la expulsión. Por lo que el Presidente Trump comenta: ” …Siempre supe que Putin era un hombre inteligente…”

Estas cercanías despiertan incertidumbre y revuelo internacional, pues desvela el comienzo de un nuevo capítulo en las relaciones internacionales, distinto a lo que estamos acostumbrados en la post guerra fría. Japón ha sido uno de los países en mostrar más inquietud, en respuesta a los comentarios del entonces candidato presidencial, a principios del 2016, de que Corea del Sur y Japón deberían desarrollar sus propias armas nucleares para contrarrestar las amenazas de Corea del Norte. O que Japón necesita pagar más, para mantener tropas estadounidenses en su suelo.

El estado nipón está apostando públicamente por un mantenimiento de relaciones con Estados Unidos; así lo confirma la visita de Abe hecha en días pasados a Pearl Harbor, y las reiteradas declaraciones en los que manifiestan su compromiso con América. Paralelo a esta situación, Japón, ha venido experimentando un crecimiento de su nacionalismo. El Primer Ministro Abe consiguió en septiembre pasar una reinterpretación del artículo 9 de la Constitución japonesa, en la que se permite la autodefensa colectiva, un significativo cambio de la mentalidad de la post segunda guerra mundial. También ha venido robusteciendo su capacidad militar en los últimos años. Ha desarrollado una flota naval muy poderosa en respuesta a la política expansionista china. Además del incremento, en agosto pasado, del presupuesto de defensa, hecho por el Ministro de Defensa japonés Tomomi Inada, un nacionalista de línea dura.

Japón ha intensificado su relación con la OTAN, específicamente en promoción de la paz global. Organizó la Conferencia de Tokio en 2012 y aporto 5 billones de dólares entre 2009 al 2013 al programa de asistencia y seguridad de la OTAN en Afganistán; ha ayudado a las fuerzas armadas afganas, y a la reintegración de excombatientes a la sociedad. Así como en los años 90 contribuyó a la reconstrucción de Los Balcanes y la reintegración a Europa.

Los 70 años de estrecha relación entre Japón y Estados Unidos, pueden estar llegando o bien a su fin, o al menos a una nueva dimensión. Da la impresión que la nueva administración estadounidense apuesta por dejar desatendidos a quienes han sido sus aliados históricos, obligándolos a tomar control de su propia seguridad, y gestionar sus propios presupuestos de defensa, lo que propiciaría un reacomodo de fuerzas. China y Rusia operan bajo las mismas líneas, siempre que sea conveniente a sus intereses.

Japón y Corea del Sur coinciden en su temor a Corea del Norte, y su capacidad armamentística. Rusia se entiende con el dictador Kim Jong-un. Mientras que Japón mantiene una tensa relación con Rusia desde 1945 debido a los territorios del Norte o las Islas Kuriles, que fueron ocupadas por los soviéticos.  A pesar de la reciente visita de Putin a Japón, las relaciones entre ambos podrán mejorar en el plano económico, pero seguirán tensas hasta que no se establezca un acuerdo sobre las Islas.

Estados Unidos ha mantenido y liderado hasta ahora relaciones estratégicas con Japón, Corea del Sur, Singapur, Filipinas, Australia, y Taiwán. Pero estos países entre si no tienen ningún tipo de plan militar conjunto, de reacción en contra del expansionismo chino en la región. O de otros potenciales peligros, como el terrorismo internacional. Este escenario podría ser aprovechado por Japón, para ganar espacio, que, hasta ahora, han sido exclusivamente de Estados Unidos, y ejercer mayor influencia regional. Incluso global, financiando programas humanitarios o de defensa, consiguiendo un mayor protagonismo debido al espacio que deja la personificación del sueño americano, tal y como Mister Trump define la carrera de Tillerson, que más que perpetuar su influencia mundial, parece apuntar a generar negocios que traigan fortuna y riqueza a la sociedad estadunidense.

Aplazamiento en la cumbre

TOKIO.- El Gobierno japonés comunicó hace una semana a las autoridades de China y Corea del Sur el cambio de fecha para la celebración de la su cumbre tripartita planificada inicialmente para diciembre de 2016.

Se celebrará el año que viene en fechas más convenientes, declaró el titular del Ministerio del Interior de Japón, Fumio Kishida. El ministro  subrayó que las autoridades niponas quisieran celebrar esta reunión lo antes posible, tras coordinar sus fechas con Corea y China.

El aplazamiento se relaciona con varios incidentes en cada unos de los países en los últimos meses, que amenazarían el clima de entendimiento. China ha criticado las sanciones contra Corea del Norte impuestas por Japón y Corea del Sur; Corea del Sur vive en plena crisis tras la moción de censura aprobada contra Park por el Parlamento del país contra Park Geun-hye, y Japón ha iniciado una intensa relación bilateral con Trump cuyas conclusiones no están claras.