20180102 Ors !Kung Kalahari

Cualquier tiempo pasado fue peor. Pero bastante peor. Miguel Ors Villarejo

Cada día los telediarios nos bombardean con desgracias: el paro, el hambre, los accidentes, las epidemias… La impresión es que va todo fatal, cuando lo cierto es que la humanidad ha progresado en los últimos 200 años más que en los 100.000 anteriores.

En materia de violencia, aunque muchos están convencidos de que la Tierra es más peligrosa que nunca, los conflictos de alta intensidad, como los llama el Human Security Report Project, se han reducido a menos de la mitad desde el final de la Guerra Fría. Y lo mismo ocurre con los atentados, los genocidios y los homicidios. Vivimos lo que el psicólogo Steve Pinker califica como “la era más pacífica de la historia”.

También en materia de bienestar se ha verificado un avance espectacular. Como reflejan las estadísticas de Our World In Data, en las últimas décadas hemos sido testigos de la mayor reducción de la pobreza conocida por el hombre. En 1981, un 54% de la población vivía con menos de dos dólares al día, que es donde el Banco Mundial sitúa el umbral de la pobreza extrema. Ya aquello suponía un gran éxito respecto de la tasa de 1820, que era del 94%. Pero es que entre 1981 y 2015 el porcentaje cayó al 12%.

Sigue siendo, por supuesto, intolerable y no debemos bajar la guardia, pero una cosa es fustigarnos de vez en cuando y otra caer directamente en la abominación y renegar del progreso. La reciente publicación de un par de libros (Against the grain, de James Scott, y Affluence without abundance, de James Suzman) ha avivado en muchos medios (The Guardian, The New York Times, London Review of Books, Financial Times, The New Yorker) el peregrino debate de si no estábamos mejor como cazadores-recolectores. “Tenemos que repensar lo que queremos decir cuando hablamos de las antiguas eras oscuras”, escribe John Lanchester en “The Case Against Civilization” (más o menos, “Juicio a la civilización”). La evidencia recogida por los antropólogos entre algunas de las tribus nómadas desmiente la creencia de que antes del Neolítico la existencia fuera “solitaria, miserable, brutal y breve”, como sentenció Thomas Hobbes. La gente no solo gozaba de una longevidad y una salud similares a las actuales, sino que trabajaba menos y en un entorno más justo. “El impulso igualitario”, apunta Lanchester, “es central al estilo de vida del cazador-recolector, que es acomodado (affluent), pero sin abundancia ni excesos”.

En realidad, como explica William Buckner en Quillette, cuando Scott, Suzman y Lanchester apelan a la evidencia recogida por los antropólogos hablan básicamente de Richard B. Lee y la investigación que realizó en los 60 entre los !Kung del Kalahari. De acuerdo con sus conclusiones, en esta comunidad cada individuo dedicaba entre 12 y 19 horas cada semana a reunir los alimentos que necesitaba y había una proporción de mayores de 60 años similar a la de cualquier sociedad industrializada.

El problema de esta investigación es que no ha podido ser ratificada por estudios posteriores, ni siquiera los del propio Lee, que en 1984 amplió a entre 40 y 44 horas la semana laboral de los !Kung. En cuanto a la calidad de su alimentación, Nancy Howell señaló en 1986 que “estaban muy delgados y se quejaban a menudo de pasar hambre”. Howell también calculó que la mortalidad entre los menores de un año era del 20% (0,3% en España) y que apenas un 57% de los niños superaba los 15 años.

Y esto no es todo. Las noticias de otros cazadores-recolectores revelan que el infanticidio femenino es una práctica habitual y la tasa de homicidios, muy superior a la de las naciones más violentas del planeta.

¿Y la igualdad? La ausencia de bienes atenúa el afán de consumo, pero llevamos la envidia tan inscrita en el ADN que, cuando no tenemos a mano diferencias de renta o de propiedades, nos inventamos cualquier otra. Lo cuenta Christopher von Rueden en un artículo de la revista Evolution, Medicine, and Public Health sobre los tsimane. En esta tribu de la Amazonia boliviana todas las decisiones se consensuan, sin que se ejerza la menor coerción sobre nadie. Constituye un modelo de sociedad “pequeña, preindustrial y políticamente igualitaria”. El perfecto paraíso anticapitalista.

“Esto no significa, sin embargo, que no haya jerarquías”, advierte Von Rueden en The New York Times. En las reuniones, la opinión de unos prevalece sobre la de otros y, cuando hay que mediar en alguna disputa, se recurre al arbitraje de unos pocos sabios.

A partir de estas observaciones, Von Rueden dibujó un organigrama de cuatro poblados tsimane y sometió luego a sus habitantes a distintas pruebas médicas, además de pedirles muestras de orina. “Descubrimos que los varones con menor influencia política presentaban peores registros de cortisol, la hormona del estrés”. Aquellos cuyo prestigio había decaído también tenían el cortisol por las nubes, aparte de mostrarse más proclives a las afecciones respiratorias, “la principal causa de enfermedad y muerte”.

Las comparaciones odiosas no son, por lo visto, exclusivas del capitalismo.

“Es estupendo”, reflexiona Buckner, “pensar que en algún momento del pasado, o incluso hoy mismo en algún rincón del planeta, hubo una comunidad que sorteó todas las dificultades; donde todos llevaban una existencia saludable y dichosa, ajenos a las tensiones de la vida moderna”. Pero esa Arcadia idílica es un mito y pretender que “los retos sociales son exclusivamente contemporáneos o exclusivamente occidentales” no solo no es de mucha ayuda, sino que “nos deja más confundidos sobre sus causas y, por tanto, peor equipados para resolverlos”.

Fotografía: Dan

Polucion

Una China bella. Gema Sánchez.

(Foto: Ankhbayar Tumurbaatar, Flickr) Ahora que en Madrid se habla tanto de los índices de contaminación atmosférica y de los protocolos municipales para intentar disminuir las emisiones procedentes del tráfico rodado, me cuenta un amigo residente en Pekín que, en esta ciudad, acaban de entrar en alerta naranja. Los medidores (el más fiable el de la Embajada de EE. UU.) han registrado niveles de dióxido de nitrógeno de hasta 269 microgramos el metro cúbico, más de diez veces el valor que la OMS establece como seguro, que son 25 microgramos. (Para que los lectores se hagan una idea, la media anual en Madrid en 2016 fue de 39.) Ante tal situación, las autoridades recomiendan que los niños, ancianos y enfermos no salgan a la calle.

El desarrollo acelerado y descontrolado de China en las últimas décadas ha provocado un envenenamiento del medioambiente. A las densas columnas de humo que expulsan las fábricas, se une el humo de millones de vehículos y, la semana pasada, el encendido de las calefacciones que siguen empleando carbón como combustible. Todo ello se agrava por la ausencia de viento y lluvia que podrían limpiar la densa nube. Hay que recordar que en Pekín se llegó a alcanzar en diciembre de 2015 un valor superior a 500 microgramos, el tope de los sistemas de medición.

La exposición a unos niveles tan elevados de contaminantes produce afecciones respiratorias severas, no en vano 1,5 millones de personas mueren al año en China por causas relacionadas con la contaminación. La población está preocupada, la mayoría ya se ha acostumbrado a usar mascarilla como un complemento más de su atuendo callejero y, los más afortunados, pueden respirar un ambiente algo más limpio en su hogar mediante el uso de filtros. Pero ¿qué se puede hacer?

Las autoridades chinas reiteran que están adoptando medidas para rebajar la polución; sin embargo, no parece que estén dando los resultados positivos esperados. Un informe del Centro Tyndall para Investigación del Cambio Climático de la Universidad de East Anglia (Reino Unido) afirma que “las emisiones mundiales de NO2 parecen estar subiendo, después de un período estable de 3 años”, y el 28% de ese total corresponde a China. El coautor del mismo informe, Glen Peters, habla de que China está teniendo un repunte en las emisiones, un 3,5% en 2017. Estos datos parecen encajar muy bien con el retorno a las viejas políticas de producción industrial, características del modelo económico de crecimiento de los últimos años y, aunque están buscando la forma de cambiar el modelo por otro más eficiente, no es una tarea sencilla y conseguir resultados llevará tiempo.

El presidente Xi Jinping, en su discurso en el 19º Congreso Nacional de octubre, se comprometió a reducir la contaminación y cuidar el medio ambiente, lo expresó de una forma más poética: lograr “una China bella”. Él sabe que la polución preocupa a millones de compatriotas y que puede generar descontento, lo cual encendería todas las alarmas. Sabe también que, tan importante como volcar esfuerzos en conseguir que China sea reconocida internacionalmente como una gran nación, lo es conseguir unos estándares de vida razonables, donde no entrarían tales niveles de contaminación sostenidos durante mucho tiempo. Habría que recordar un viejo proverbio chino: “antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa”.

Fractal

Veinte años de la crisis asiática (y 3). El efecto mariposa. Miguel Ors Villarejo

El Museo Siam de Bangkok ha dedicado este año una exposición al aniversario de la crisis asiática. Aparte de fotografías y gráficos con la cotización del baht, el visitante podía contemplar “objetos que condensan el sufrimiento de los ciudadanos corrientes”, cuenta la agencia AP: “la estatua del Buda a la que un hombre de negocios confesó lo que no se atrevía a decir a su familia: que se había arruinado. O el teléfono por el que una mujer se enteró de que su jefe se había quitado la vida”. Algunos estudios cifran en 10.400 los suicidios adicionales que se produjeron en 1998 solo en Japón, Corea del Sur y Hong Kong.

La muestra se subtituló “Lecciones (no) aprendidas” y a The Economist le parece con razón “injusto”, porque las víctimas de la catástrofe se saben hoy muchas cosas “de memoria”. “Con la excepción de Hong Kong”, dice la revista, “no confían en una paridad fija con el dólar para controlar la inflación”. También son mucho más sensibles a los desequilibrios exteriores. “Tailandia arroja hoy un superávit del 11% en su balanza por cuenta corriente”.

Los tigres no son los únicos que han extraído enseñanzas. El FMI también se vio obligado a revisar su manual de primeros auxilios. Sus remedios nunca han sido muy populares, pero en 1997 imponía unas condiciones tan draconianas para acceder a sus préstamos contingentes, que Malasia rompió las negociaciones y decidió salir por libre del atolladero. En abierto desafío con el catecismo liberal vigente, impuso controles de capitales, aumentó el gasto público y rescató empresas y bancos. “El establishment académico auguró el colapso inevitable de la economía malaya”, recuerda Martin Khor, director del think tank South Centre. “Pero sorprendentemente se repuso incluso más deprisa y con menos pérdidas que otros países. Hoy las medidas [de Kuala Lumpur] se consideran una eficaz estrategia anticrisis”. Tuvimos ocasión de apreciarlo en 2007 y 2008, cuando Estados Unidos no dudó en nacionalizar su industria del motor y el G20 auspició un plan de estímulo para relanzar la actividad mundial.

Al final y a pesar de los anuncios apocalípticos de la izquierda, el capitalismo sobreviviría a aquel verano de 1997. “Los tigres se recuperaron antes de lo previsto”, reconoce el presidente del Banco de Desarrollo Asiático, Takehiko Nakao, y una vez saneados han retomado un vigoroso crecimiento.

Pero sería una ingenuidad incurrir en un optimismo de signo opuesto. En el azul firmamento capitalista los horizontes nunca están del todo despejados. Primero, porque la flotación de la moneda no es un remedio infalible. Todos (en Asia, en Europa o en América) estamos supeditados a las decisiones de la Reserva Federal. Cada vez que sube o baja tipos, altera la rentabilidad relativa de los activos y ocasiona movimientos de capitales que pueden hacer mucho daño.

Y segundo, porque se engaña quien crea que las crisis son consecuencia de la ineptitud (o la venalidad) de los responsables políticos y económicos, y que otros más perspicaces (u honestos) podrán evitarlas en el futuro. La seguridad absoluta no existe. El matemático John Allen Paulos relata el experimento de tres investigadores que emularon un negocio de elaboración y venta de cerveza, “con fábricas, mayoristas y minoristas, todo de pega. Introdujeron regulaciones verosímiles sobre pedidos, plazos y existencias, y pidieron a directivos, empleados y otras personas que […] jugaran como si todo fuera serio”. No tardaron en detectar “variaciones imprevistas”, “graves retrasos en el cumplimiento de los pedidos” y “una sensibilidad extrema a cualquier pequeño cambio”.

Es lo que predice la teoría del caos. En todo sistema dinámico (como la bolsa o la atmósfera) una alteración minúscula en las condiciones de partida puede dar lugar a escenarios diametralmente opuestos. “El lector de prensa”, aconseja Paulos, “debería ser muy cauto ante […] las crónicas que señalan causas únicas” para situaciones complejas, como las recesiones, porque están sujetas a fuerzas que las hacen “poco predecibles”. El aleteo de una mariposa en China puede determinar que, meses después, en Florida reine la calma o ruja un huracán. Y el hasta entonces irrelevante déficit exterior de un país del Lejano Oriente puede desatar el pánico en las finanzas planetarias.

Quo Vadis

INTERREGNUM: Sureste asiático: ¿transición o retroceso? Fernando Delage

El sureste asiático, cuyas diez economías—desde 2015 integradas en la Comunidad de la ASEAN—se encuentran entre las de más alto crecimiento del mundo, representa un espacio decisivo en las redes de producción de la economía global, además de contar con algunas de la vías marítimas de comunicación más relevantes del planeta. El salto dado desde la descolonización en la década de los cincuenta es innegable. También lo es, sin embargo, la insuficiente modernización política de sus sociedades. ¿Por qué algunos de los países más ricos, como Malasia, están rodeados de corrupción? ¿Por qué Tailandia, Filipinas o Birmania no resuelven sus insurgencias locales? ¿Por qué ha habido una marcha atrás de la democracia en la zona?

Michael Vatikiotis, un veterano observador de la región, intenta responder a éstas y otras preguntas en su nuevo libro “Blood and Silk: Power and Conflict in Modern Southeast Asia” (Weidenfeld and Nicolson, 2017). Tres grandes factores explican, según Vatikiotis, los problemas de este conjunto de países. El primero de ellos es la desigualdad: pese a varias décadas de crecimiento sostenido, son las elites locales las que han acumulado riqueza y poder, sin preocuparse por el bienestar general de unas sociedades que, como consecuencia, no perciben los beneficios de la democratización.

Una segunda variable es la irrupción de los discursos identitarios. Sobre bases bien religiosas, bien étnicas, la tolerancia que facilitó la estabilidad del sureste asiático durante décadas está dando paso a nuevas políticas de exclusión. La degradación del pluralismo ha abierto el espacio a los extremismos y facilita la irrupción de conflictos internos, en un proceso ya alimentado por el deterioro de las condiciones socioeconómicas y los abusos de las autoridades. En vez de afrontar este desafío de manera directa y recuperar la tradición local de inclusión, los gobiernos se han dejado llevar por la inercia conservadora que, según creen, les asegura su permanencia en el poder. Líderes elegidos por los votantes pero de perfil autoritario, prefieren manipular etnia y religión —o argumentos de seguridad, como Duterte en Flipinas— con fines políticos en vez de defender los derechos y libertades constitucionales.

Un tercer factor está relacionado con la influencia de las potencias externas. Con un cuarenta por cien de población musulmana (aunque Indonesia representa por sí sola el grueso del total), el sureste asiático no escapa a la competencia entre Arabia Saudí e Irán por el control del islam, como refleja la financiación de escuelas y grupos religiosos, origen de un entorno favorable a la expansión del radicalismo. La creciente proyección económica y diplomática de China en la región está convirtiendo al sureste asiático, por otra parte, en terreno de rivalidad entre las grandes potencias, creando nuevas tensiones geopolíticas.

El futuro inmediato de la región aparece rodeado pues de incertidumbres. La falta de respuesta de los gobiernos a las quejas ciudadanas agrava el escepticismo de las clases medias sobre la democracia, vista como un medio más que como un fin en sí mismo. Pero la persecución de la oposición y el recorte de libertades empujará a grupos sociales a organizarse frente a las autoridades, o a redefinirse sobre bases distintas de la ciudadanía nacional, con la consiguiente amenaza de inestabilidad. El riesgo de sectarismo étnico y religioso en Indonesia y en Birmania, la desintegración del pacto social en Malasia entre malayos, chinos e indios, la permanencia de un gobierno militar en Tailandia, o la debilidad institucional de la democracia filipina reflejan una inacabada transición política interna, contradictoria con la relevancia económica que ha adquirido el sureste asiático en el mundo del siglo XXI.

Hamburguesa

¿Qué tiene en la cabeza ese niño gordito y loco? Miguel Ors.

El Brillante Camarada Kim Jong-un celebró el 4 de julio, la fiesta nacional de Estados Unidos, con sus propios fuegos artificiales: un misil de carga nuclear capaz de alcanzar Alaska. “La probabilidad de un conflicto catastrófico es demasiado alta como para que nadie se sienta cómodo”, comenta Zack Beauchamp en Vox. Como han hecho las dictaduras toda la vida, Corea del Norte busca un enemigo externo cuando pierde adhesión interna y, dada su acreditada ineptitud, esto sucede bastante a menudo.

El hecho de que disponga de un arsenal atómico hace extremadamente peligrosa esta dinámica. No se trata solo de que un día se le vaya la cabeza a ese “niño gordito y loco”, como llama John McCain a Kim. Sus provocaciones también podrían dar lugar a una respuesta mal medida por parte del temperamental Donald Trump o de la vecina Seúl, donde incluso han considerado la posibilidad de un magnicidio. “Jeffrey Lewis, director del Programa de No Proliferación de Extremo Oriente”, escribe Beauchamp, “piensa que matar a Kim es una opción real […] principalmente para atajar de raíz una posible agresión nuclear”.

Sería, sin embargo, una lástima, porque, a diferencia de su abuelo y de su padre, Kim no es un caso (totalmente) perdido.

En mayo del año pasado, el Brillante Camarada aprovechó el Congreso del Partido de los Trabajadores de Corea del Norte para consagrar la doctrina byungjin o del “desarrollo paralelo”. Por un lado, refuerza el programa armamentístico. “En la reforma constitucional de 2012”, explicaba el investigador principal del Real Instituto Elcano Mario Esteban, “[el país] se presentaba como potencia nuclear”, pero sin especificar si ello implicaba o no la posesión de una bomba atómica. La “línea byungjin reconoce explícitamente este punto” y deshace cualquier ambigüedad.

Esta no es una buena noticia y se interpretó en su día como un peldaño más de la escalera que conduce al holocausto. Pero mientras Kim alimenta con el brazo militar su imagen de guardián del régimen, con el brazo civil desmantela la herencia económica. Porque el otro eje del “desarrollo paralelo” es la liberalización del aparato productivo. “Comienzan a atisbarse”, escribía Esteban, “algunas similitudes” con la transformación iniciada en China hace 30 años, como la privatización parcial del campo, donde ahora “se garantiza a los agricultores un porcentaje de la cosecha que obtienen”.

Bryan Harris afirma directamente en el Financial Times que “Corea del Norte ha pasado de un socialismo férreamente controlado a un modelo básicamente de mercado”. Aunque las estadísticas disponibles son poco fiables (el Instituto de Investigación Hyundai estima que en 2015 la renta per cápita norcoreana creció el 9% y el Banco Central de Seúl, que cayó un 1%), los expertos que viajan con frecuencia a Pionyang coinciden en que “el cambio salta a la vista”. Ha surgido una clase adinerada llamada donju que exhibe su poderío en los cada vez más numerosos restaurantes y comercios. “Según una encuesta realizada a más de 1.000 desertores”, escribe Harris, “el 85% de la población se abastece ahora de alimentos en los mercados y únicamente un 6% depende ya de las cartillas de racionamiento”.

El problema de esta estrategia bífida es que es inconsistente. Si Kim quiere un crecimiento sostenible como el que han experimentado otros tigres asiáticos, necesita captar masivamente capitales y exportar aún más masivamente, y difícilmente lo logrará lanzando cohetes. En algún momento tendrá que elegir entre ser una potencia nuclear o convertirse en un miembro respetable de la comunidad internacional. ¿Y qué hará?

Nos encantaría decirles que ensayos como el del 4 de julio son una mera pantalla tras la que se oculta un astuto plan de transición a la normalidad, pero lo cierto es que el único que lo sabe hoy por hoy es ese niño gordito y loco.

Finish

¿Está China lista para relevar a Estados Unidos? Miguel Ors Villarejo

Cuando arrancó el actual milenio, el PIB chino apenas suponía un 12% del estadounidense. Hoy es el primero del planeta. En tres lustros escasos ha acabado con siglo y medio de supremacía americana. Esta fulgurante expansión, que prosigue a tasas cercanas al 7%, ha ido acompañada por sendos incrementos del gasto militar y de la autoestima, y han animado a Pekín a reclamar la soberanía de prácticamente cualquier islote en disputa del Pacífico.

Por su parte, India crece aún más deprisa que China y, si a estos dos colosos se les suma Japón, es difícil no concluir que la Tierra bascula hacia el este. “El secular dominio occidental del mundo de los negocios toca a su fin”, escribe Gideon Rachman en Easternization: Asia’s Rise and America’s Decline from Obama to Trump and Beyond.

Este relevo no sería solo producto de la pujanza oriental, sino de nuestro declive. Mientras Europa lidia con el brexit y los populismos, las rencillas internas paralizan la OTAN y Estados Unidos sigue embarrancado en las interminables campañas de Irak y Afganistán. Tampoco es de gran ayuda la reluctancia occidental a invertir en armas. Rachman observa que incluso una potencia bélica como Reino Unido ha recortado tanto su presupuesto de defensa que todo su ejército cabe ahora en el estadio de Wembley, y aún sobran 16.000 asientos.

La acción combinada de estas tendencias alumbra un escenario poco halagüeño para Occidente y, aunque en la reseña que dedica Jessica Mathews al libro de Rachman en la New York Review of Books admite que su exposición de los hechos es impecable, cuestiona que vaya a traducirse “en una mayor influencia de las naciones asiáticas”.

Para empezar, el Este no forma un bloque homogéneo, ni siquiera bien avenido. “No hay un Oriente comparable a Occidente”, argumenta Mathews. “Aunque la región ha avanzado en la integración comercial, sigue dividida por los conflictos, el recuerdo de viejos agravios y profundas brechas culturales”. La nómina de aliados de Pekín no es muy impresionante. Se reduce, básicamente, a Pakistán y Corea del Norte, y supone “una carga más que un alivio”

Washington cuenta, por el contrario, con el firme respaldo de Japón y Corea del Sur y, desde la presidencia de George W. Bush, ha sabido ganarse a la India. Ahora es Estados Unidos, y no Rusia, el principal proveedor de armas de Nueva Delhi.

La propia China tiene suficientes problemas en casa como para pensárselo antes de salir a buscar más fuera. La legitimidad del Partido Comunista es precaria y, aunque lograra mantener los ritmos de crecimiento del pasado, deberá hacer frente a una grave crisis demográfica cuando en los próximos años empiece a jubilarse una generación “que dispondrá para mantenerse de un hijo y una inadecuada red de seguridad social”.

Finalmente, la occidentalización no ha sido producto únicamente de la presión militar y económica. Decenas de millones de personas de todo el planeta aspiran a formar parte de un sistema político que promueve los derechos humanos, el imperio de la ley, la educación y el progreso tecnológico, y que ha levantado un entramado institucional que, con todos sus defectos, permite que Ecuador gane pleitos en la OMC o que le saquen los colores a Estados Unidos en el Consejo de Seguridad.

¿Por qué bando se decantaría toda esta gente en el caso de que tuviera que optar entre Pekín y Washington? Cada cual hará lo que le dejen llegado el momento, por supuesto, pero si el sentido de circulación de los capitales sirve para anticipar qué modelo inspira más confianza, Mathews observa que “los millonarios rusos y chinos pugnan por colocar su dinero en activos estadounidenses y pisos de Miami y Londres”.

Mujer asiatica

El rol de la mujer en Asia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Diversos expertos coincides en que septiembre de 1995 marcó un momento histórico en la reivindicación de derechos de la mujer en Asia. La firma de la “declaración de Beijing” selló las pautas de los estándares a seguir en igualdad de género, acceso igualitario a la educación, militancia política y lucha contra la violencia de género, entre los aspectos más destacados. De acuerdo con Naciones Unidas fue el plan más progresista que jamás había existido para promover los derechos de la mujer. A pesar de que han pasado más de dos décadas, esta declaración sigue siendo una fuente de poderosa inspiración y guía para la sociedad civil, los gobiernos y los activistas en la lucha por avanzar en este camino.

Asia ha crecido de manera significativa en las últimas décadas; ha sacado de la pobreza extrema a millones de personas, sin embargo, más de 800 millones de asiáticos siguen viviendo con menos de 1,25 dólares diarios y 1.700 millones sobreviven con menos de 2 dólares diarios (de acuerdo con la organización para la cooperación y el desarrollo). En el caso de las mujeres, en el sur de Asia la participación en la fuerza de trabajo es tan solo del 40% comparado con la masculina. En Asia Central y del Este las niñas de primaria y secundaria se matriculan un 20% menos que los niños.

En el caso de India, desde 2005 se está observando un fenómeno curioso: cada vez más mujeres tienen acceso a educación; sin embargo, menos mujeres trabajan. A pesar de la expansión de centros urbanos, menos mujeres se insertan en actividades laborales en estas ciudades, hecho llamativo, porque suele ser radicalmente opuesto a lo que ocurre en otras sociedades. Tan solo el 27% de las indias trabajan y, contrariamente a lo que ha sucedido en la mayoría de las sociedades, en India cada día aumenta el paro femenino. Entre 2000 y 2012, más de 70 millones de indias dejaron de trabajar según la Sociedad Asiática (Asian Society Organization). En Pakistán, donde solo un 25% trabajan, en los años recientes se ha observado cómo ha habido un aumento progresivo.

En Bangladesh, el 58% de sus mujeres participan en alguna actividad laboral, mientras que en Nepal el 80% trabajan, siendo el porcentaje más alto en el sur de Asia, de acuerdo con un estudio publicado por la Universidad de Harvard en el 2016. Sin embargo, la mayoría de las mujeres sufren malnutrición y no reciben remuneración por su trabajo; es una sociedad dominada por castas donde la mujer ha estado históricamente en desventaja.

En Asia, el protagonismo político sigue siendo ejercido en su mayoría por hombres. En Filipinas únicamente ha aumentado un 10% la participación femenina en el gobierno nacional. Al igual que pasó en Indonesia o Corea del Sur, el hecho de que muchas mujeres lleguen a altos cargos políticos se debe a que son hijas o esposas de algún personaje destacado de la esfera política del país y curiosamente no han utilizado sus posiciones para defender los derechos femeninos. A pesar de que los países del sureste asiático han firmado la declaración de la eliminación de cualquier forma de discriminación femenina, con la excepción de Laos y Vietnam, es difícil incorporar la igualdad de género cuando un hijo es siempre más deseado que una hija; o en el caso de los países budistas que siguen creyendo que reencarnar como mujer tiene menos méritos y es consecuencia del comportamiento en vidas pasadas.

Japón por su parte cuenta con una participación política femenina de tan solo el 10%, mientras que solo 49% de sus mujeres trabajan; y a pesar de ser un país industrializado, la diferencia salarial es del 26,6% entre géneros. Parecida es la situación en Corea del Sur donde, a pesar de que el 99% de las mujeres reciben formación, tan solo la mitad de ellas trabajan.

Otra muestra de lo importancia que tiene la igualdad de género en el desarrollo económico de la región puede constatarse en las prioridades que tiene el Banco de Desarrollo de Asia, que tan solo en el 2016 destinó 45% de su presupuesto a esta materia. Cuenta con un plan operacional de incentivos para la promoción de la mujer, que comenzó en el año 2013 y que prevé continuar hasta el 2020, en donde estiman que llegarán a conseguir el objetivo, a través de un seguimiento de la inserción de la mujer en actividades económicas (emprendedoras, oportunidades, créditos, etc.), educación de niñas y adolescentes (desarrollo de sus vocaciones, capacitación, etc.), y el seguimiento en las leyes y políticas en pro de reducir las diferencias entre géneros, además de incentivar el acceso a posiciones en toma de decisiones tanto en el sector privado como público.

Mucho camino se ha andado y a pesar de que se ha progresado con la puesta en marcha de leyes y políticas para beneficiar a las mujeres y niñas asiáticas, aún queda un largo camino por recorrer. Y en muchos casos las religiones, los usos y costumbres culturales suponen el más aguerrido de los bloqueos en esta lucha.

shanghai

El estado de bienestar de Asia: el caso China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Asia ha sufrido una transformación drástica en los últimos años; ha pasado de ser un continente de renta baja a renta media. En 1991, más del 90% de la población vivía en países de baja renta per cápita.  Pero en 2015, el 95% de la población subió su renta a media y, esto incluye a China, India e Indonesia, que son los países más poblados de esta región, de acuerdo con un estudio publicado por el think tank Brookings la pasada semana, sobre el estado de bienestar en Asia. Corea del Sur pasó de ser un país de baja renta a media en 23 años y de acuerdo con estudios de comparaciones históricas, una nación suele tardar más de 50 años en conseguirlo.

El caso de China es el más llamativo con diferencia. La China de 1978 era una nación pobre, con indicadores económicos que la situaban por debajo de la mitad de los países asiáticos, y más cercano a los países africanos. Por lo que se vieron forzados a aplicar un plan de reformas que los convirtió en la segunda economía del planeta en poco más de tres décadas. China pasó, en 1978, de un PIB de 155 dólares a 7590 dólares en 2014, de acuerdo con un artículo publicado por el Foro Económico Mundial.  Salieron de la pobreza más de 800 millones de ciudadanos.  Con esos indicadores tan positivos en el pleno del Comité del Partido Comunista chino, ya bajo el liderazgo de Xi Jinping en el 2014, se planteó avanzar hacia un Estado de Derecho pero con características chinas, lo que significaba avanzar si, pero no necesariamente bajo los estándares de occidente. Las leyes en China regulan el orden económico y político pero no son un obstáculo, pues el partido comunista puede modificarlas o adaptarlas a la necesidad o momento. Esta flexibilidad es una de las razones que les ha permitido traer más inversiones extranjeras, así como impulsar el crecimiento económico en tiempo record.

Con cada día que transcurre, China se convierte más en un país urbano. Más de la mitad de su extensa población vive en ciudades y más de 100 ciudades chinas concentran un millón de habitantes cada una. Arquitectos de primera línea mundial tienen bajo su cargo el diseño de muchas de estas ciudades que por el apresurado crecimiento se han encontrado en medio del caos y la contaminación. El Centro financiero chino “Yujiapu” o la Manhattan de los chinos, (como también la llaman) no dejará nada que envidiar a Wall Street; incluso contará con unos edificios inspirados en los rascacielos del centro Rockefeller y centro Lincoln. Construido por el gobierno chino, cuyo costo estimado oscila los 30,4 mil millones de dólares (de acuerdo a CNN), es una clara demostración de ostentación que el orgullo chino necesita alimentar.

En la medida en que la economía china ha ido creciendo, con ella ha aumentado la demanda de productos que han ido incorporando a su dieta, lo que a su vez ha incrementado considerablemente las importaciones de productos agro-alimentarios. En los años recientes el aumento del gasto de las importaciones en estos productos se ha duplicado. Estados Unidos es el principal proveedor de alimentos con un total del 22,4% del total de sus importaciones.

La carne de vacuno y la leche de vaca junto con el vino son los productos que los chinos de clase media han comenzado a consumir y de los que han aumentado exponencialmente su consumo. Australia, Uruguay y Argentina son los principales proveedores de carne, mientras que Francia es el primero en proveer de vino al gigante asiático, seguido por Chile, quien además de vino también les abastece con una buena cantidad de fruta fresca, entre la que se encuentran manzanas, uvas, ciruelas, arándanos y ciruelas.

Además de haber ampliado el abanico de alimentos a consumir, la terrible polución en China ha ocasionado en muchas ocasiones la contaminación de alimentos producidos allí y casos de intoxicaciones, lo que también está llevando a la clase más consciente a decantarse por productos importados, por contar con mayores controles de calidad. El petróleo lidera las importaciones, representando el 9,4% del total.

Otro aspecto que ha cambiado radicalmente es el número de egresados de universidades. De acuerdo con el Foro Económico Mundial, este año se graduarán 8 millones de estudiantes de universidades chinas, casi 10 veces más graduados que en 1997 y comparado con Estados Unidos serán más del doble de los estudiantes estadounidenses que obtendrán títulos profesionales este año.

Todos estos datos hablan por sí solos, y reflejan el cambio profundo que ha vivido China en los últimos años. Únicamente un par de décadas atrás la educación superior en China estaba reservada para las clases privilegiadas, la mayor parte de la población habitaba en centros rurales y contaba con los medios justos para acceder a cereales. Hoy en día no solo forman parte de la Organización Mundial del Comercio, y aparecen en foros internacionales con la prestancia que se puede permitir una economía de ese nivel, sino que están invirtiendo y comprando espacios, que ni siquiera su principal contrincante ha podido percibir.

Una vez más la discreción y el arte de la guerra del antiguo filosofo chino Sun Tzu han servido de inspiración a los líderes chinos contemporáneos en las estrategias que han llevado a cabo para convertir a la China pobre en la superpotencia que es hoy.