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INTERREGNUM: Vuelven las Spratly

El pasado 22 de febrero, Reuters desveló que China ha concluido la construcción de dos docenas de estructuras en las siete islas artificiales que controla en el mar de China Meridional; estructuras aparentemente diseñadas para albergar misiles tierra-aire de largo alcance.

Pese a sus promesas de no militarizar las islas, el gobierno chino ha continuado consolidando su dominio de un espacio clave para la navegación marítima, por el que circula la mitad del comercio internacional, el sesenta por cien del gas y el petróleo, y un porcentaje aún mayor de las exportaciones e importaciones de la República Popular. La expansión de sus capacidades de defensa aérea representa una clase señal de sus intenciones para los países de la región, pero también para Estados Unidos, cuya nueva administración afronta así un desafío añadido en Asia tras el reciente lanzamiento de un misil por parte de Corea del Norte en el mar de Japón.

Pekín, que ha reconocido la existencia de dichas estructuras, afirma su naturaleza meramente defensiva. No obstante, en su intento por modificar el status quo mediante una política de hechos consumados, sus acciones sitúan a Washington ante la obligación de pronunciarse. Las potencias en ascenso suelen poner a prueba a las establecidas para averiguar el alcance de su voluntad de intervención, y sembrar la duda sobre la credibilidad de sus compromisos de seguridad.

Los movimientos chinos tienen, por tanto, un impacto directo sobre sus vecinos. El día anterior a la publicación de la noticia, concluyó en Boracay una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), en la que—de manera unánime—manifestaron su preocupación por la militarización de las Spratly, aunque sin mencionar de manera explícita a China. El ministro filipino, Perfecto Yasay, actual presidente rotatorio de la organización, declaró además su optimismo sobre la adopción en unos meses, tras más de 10 años de negociación, de un código de conducta vinculante entre Pekín y la ASEAN sobre el mar de China Meridional.

En el año que celebra su L aniversario, la ASEAN se esfuerza por transmitir una imagen de unidad y cohesión, sin la cual corre un grave riesgo de irrelevancia como actor estratégico. Pero China tiene sus medios—económicos y financieros en particular—para dividir al grupo y contar con el apoyo de sus Estados más débiles. Quizá también observa la nula atención prestada al sureste asiático por la administración Trump, cuya política asiática se ha limitado hasta la fecha a reafirmar sus alianzas con Tokio y Seúl, y a confirmar—tras unas primeras declaraciones contradictorias—la política de una sola China con respecto a Taiwán.

Antes de su primer viaje a Asia, previsto para el próximo otoño, Trump deberá dar forma a una estrategia regional más elaborada, que quizá no sea tan diferente de la formulada por su competidora de campaña, Hillary Clinton, bajo el presidente Obama. El cambio en la distribución de poder en Asia y las fuerzas estructurales que conducen a la competencia entre Washington y Pekín son independientes de los líderes de turno. Pero mientras se rechaza el criterio de los antecesores para buscar una nueva fórmula que—por la naturaleza de los intereses en juego—, será parecida pero con otro nombre, pasarán varios meses durante los cuales Pekín seguirá avanzando—de manera cada vez más irreversible—en la transformación del orden regional.

Dinámica expansiva

El conflicto de Oriente Medio, no únicamente del cercano oriente, está adquiriendo una dinámica cada vez más expansiva. La intervención de Irán en Siria, que puede situar fuerzas de Teherán en la frontera con Israel, país al que ha jurado destruir, y su protagonismo histórico y sociológico en Afganistán otorgan al régimen chií un papel de actor principal en el escenario regional. Y algo parecido está pasando con Pakistán, cuya situación actual no puede ser desligada de la de Afganistán. Si a eso unimos que Irán tiene estrechos lazos con Rusia y Pakistán con China y que ambos ven como, poco a poco, aumentan su presencia en los conflictos de la zona las repúblicas centroasiáticas, en algunas de las cuales hay una importante influencia turca y en todas, y en mayor grado, de Rusia, tenemos el bosquejo de un escenario de pesadilla.

Puede ser una exageración afirmar que únicamente Rusia, entre las grandes potencias, ve ese escenario en su globalidad y tiene una estrategia adecuada a sus intereses nacionales. Probablemente en Estados Unidos se vea perfectamente lo que está ocurriendo, pero la inercia de la parálisis de Obama y la indecisión e improvisación de Trump no permiten adivinar si va a dibujarse una estrategia global en la que, por cierto, La Unión Europa ni ninguno de sus Estados miembros parece querer asumir papel alguno. Pero la realidad es que Putin va ampliando su esfera de influencia mientras Estados Unidos se repliega y China va colocando peones en la histórica Ruta de la Seda con paciencia y determinación.

La globalización afecta también a la política y debería afectar a la forma de ver los escenarios y adoptar las decisiones oportunas. Pero, al menos en las manifestaciones externas y en los análisis que se presentan esto parece estar ausente. Y no, esta no es una buena noticia.

INTERREGNUM: Baile de parejas

En un entorno asiático en el que se aceleran los cambios geopolíticos, las grandes potencias se ven obligadas a reajustar sus cálculos estratégicos tradicionales. Las amenazas no convencionales, el ascenso de China y la percepción de repliegue por parte de Estados Unidos crean una percepción de incertidumbre a la que se responde de una manera que puede ser, a su vez, fuente de mayor inestabilidad. Así ocurre con la carrera de armamentos en curso, inseparable de nuevos movimientos bilaterales.

Aunque proliferan este tipo de acercamientos, dos de ellos han adquirido especial interés en los últimos meses: el de Rusia con Pakistán, y el de India con Vietnam. Pese a la recuperación de su estatura internacional como consecuencia del conflicto de Ucrania y de la guerra civil siria, Moscú dista mucho de tener en Asia el papel de peso que querría desempeñar. La asociación estratégica con Pekín es una necesidad más que una opción, que Rusia comparte con el esfuerzo por diversificar sus socios con el fin de evitar una excesiva dependencia de la República Popular. Aunque India ha sido un “cuasi-aliado” desde 1962, el contexto subregional se ha transformado en gran medida para los intereses rusos. La convergencia entre India y Estados Unidos, y el reforzamiento de la “inquebrantable” amistad de China con Pakistán, demandan de Moscú la actualización de su estrategia hacia Asia meridional.

La creciente relevancia geopolítica del océano Índico, la incorporación de India y Pakistán a la Organización de Cooperación de Shanghai y el imperativo ruso de triangular la relación con ambos, así como el deseo de Moscú de no quedarse al margen de las oportunidades económicas y diplomáticas que puede ofrecer el Corredor Económico China-Pakistán—primera fase de la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda—explican ese mayor interés por Islamabad. El anuncio de una probable visita de Putin el próximo mes de mayo—la primera de un presidente ruso—refleja su interés por reforzar los lazos con Pakistán para, a través de él, tener una mayor presencia en el Índico. Pese a su discutible viabilidad, se habla—incluso—de la ambición rusa de establecer una vinculación formal de Pakistán con la Unión Económica Euroasiática. No hace falta decir que, de producirse, dicha visita, con importantes implicaciones para la dinámica subregional, será una importante variable en la política de India hacia su vecino, pero también hacia China.

Estas circunstancias explican así la profundización de la relación de esa otra pareja, India y Vietnam, de la que es reciente muestra la negociación sobre el suministro de misiles tierra-aire a Hanoi. Aunque Pekín hace lo propio con Islamabad, y en mucho mayor grado si cabe, el oficialista “Global Times” advertía hace unos días a Delhi sobre sus relaciones militares con Vietnam, indicando que “crearán tensiones en la región, frente a las cuales China no se quedará de brazos cruzados”.

La multiplicación de acuerdos bilaterales de seguridad—como los señalados—agrava la desconfianza ente las potencias, aun siendo ellas las impulsoras de los mismos, con el consiguiente riesgo de una espiral de inestabilidad. Un dilema añadido por tanto para Trump, cuando en Asia se da por descontado que, sea cual sea su política hacia la región, el papel de Estados Unidos ya no volverá a ser el de los últimos 70 años.

¿Un año rumbo a la catástrofe?

2017 comienza percibido por gran parte de la opinión pública mundial como un año de incertidumbre y muchos apuntan que se inicia un rumbo hacia la catástrofe. Es, en gran parte, un sentimiento subjetivo que se justifica con criterios dispares. En realidad, este pensamiento está asentado sobre imágenes creadas en los grandes medios de comunicación, que tiene no poco que ver con posicionamientos ideológicos y viejos prejuicios.

Si se analizan los argumentos que se apuntan tenemos tres grandes líneas de pensamiento: los terribles conflictos suscitados por el islamismo radical; la emergencia de los populismos en los que los discursos de la extrema derecha y de la extrema izquierda coinciden inquietantemente, y, cómo no, la elección de Donald Trump para ser presidente de los Estados Unidos los próximos cuatro años. Y una cuarta línea, ya sostenida en el tiempo: el apocalipticismo general que mete en un mismo saco todas las profecías del horror: la catástrofe climática, el auge de la pobreza y la suprema miseria moral.

Sin embargo, los datos desmienten esos argumentos. Si enumeramos los conflictos bélicos existentes, concluimos que hay menos que nunca desde la Guerra Mundial, aunque el impacto audiovisual y del terrorismo cuando golpea Occidente amplifican sus ecos; los populismos merecen una atención pero, de momento, no hay una ola antidemocrática aunque esté más en los medios de comunicación que en las urnas, y Trump, cuyo principal error es su imprudencia, no ha definido una política que se concrete en una ruptura con la tradición republicana. Y recuérdese que se dijo lo mismo de Reagan y los Bush, padre e hijo. Además, las cifras hablan de crecimiento económico en África y de recuperación, lenta y desigual, en casi todas partes.

Eso no quiere decir que no haya riesgos. En la zona Asia Pacífico la tensión aumenta como consecuencia del rearme naval chino, el repunte del nacionalismo japonés, la anomalía agresiva de Corea del Norte y el refuerzo del protagonismo ruso, asuntos que exigen un análisis por separado y relacionándolos. Es en ese contexto en el que la imprudencia de Trump puede ser el desencadenante de elementos de crisis más graves. Hay que esperar que el pragmatismo chino, la contención japonesa y los elementos de equilibrio interno de Estados Unidos serán necesarios y determinantes.