Veinte años de la crisis asiática (1): La victoria de la izquierda. Miguel Ors Villarejo

 Cuando el 2 de julio de 1997 el Gobierno tailandés anunció que renunciaba a la paridad fija con el dólar porque se había quedado sin reservas para defenderla, la izquierda mundial no pudo ahogar un bufido de satisfacción. Desde que casi una década atrás el muro de Berlín se viniera estrepitosamente abajo y dejara a la vista la siniestra verdad del paraíso comunista, la progresía había permanecido discretamente callada. La superioridad del capitalismo era patente y, en combinación con la democracia liberal, parecía efectivamente la estación final de la historia.

En la primera mitad de los años 90 aún se registraron turbulencias en México, Brasil o Argentina, pero los expertos las atribuían a la ineptitud y/o corrupción de sus élites. Ni Tailandia ni sus vecinos (Singapur, Corea del Sur, Filipinas, Malasia, Indonesia, Taiwán, Hong Kong) tenían nada que temer, porque su comportamiento era (en términos macroeconómicos) impecable. “A diferencia de los manirrotos latinoamericanos”, escribe The Economist, “presentaban elevadas tasas de ahorro y superávits en sus cuentas públicas”. Tailandia había cerrado 1996 con una deuda que no alcanzaba ni el 5% del PIB. ¿Por qué los mercados se ensañaron unos meses después con estos alumnos aventajados del Fondo Monetario Internacional?

Para Peter F. Bell, un profesor de la Universidad Estatal de Nueva York, la razón estaba clara. “El milagro asiático fue el fruto de una peculiar y necesariamente efímera coyuntura de las fuerzas de clase planetarias, en la que los capitales de Occidente y Japón pudieron dominar políticamente y explotar económicamente los relativamente bajos salarios asiáticos”. Mientras estos se mantuvieron en niveles compatibles con unos beneficios empresariales abundantes, los inversores se dedicaron a “la extracción de plusvalías en la industria exportadora”. Pero la concienciación del proletariado local hizo cada vez más complicado este expolio. Los sindicatos presionaron para mejorar las remuneraciones y, al caer la rentabilidad de las manufacturas, el dinero se refugió en el sector inmobiliario. Ahí infló una espectacular burbuja y, cuando esta reventó, huyó dejando tras de sí un reguero de quiebras, desempleo y miseria. “El PIB [de la región]”, escribe Barry Sterland, “pasó de crecer el 7% en los ejercicios anteriores a contraerse el 7% en 1998. En el caso de Indonesia, el declive fue del 13%”.

Bell publicó su análisis en 2001, cuando todavía humeaban los escombros de aquel pavoroso espectáculo. Si disfrutara como nosotros de una perspectiva más amplia, difícilmente podría afirmar (aunque con los marxistas nunca se sabe) que unos salarios elevados son incompatibles con “la extracción de plusvalías”. Porque, una vez encajado el brutal golpe, los tigres hincaron una rodilla en el suelo, tomaron aire, se irguieron y, en las dos últimas décadas, han experimentado un intenso ritmo de actividad. El capital mundial continúa explotando a los tailandeses a pesar de que su renta per cápita, que rondaba los 3.800 dólares en 1997, alcanzó los 5.900 el año pasado, un 55% más. En Corea del Sur el progreso ha sido aún más llamativo: de los 13.000 dólares de 1997 han pasado a los 25.500, un 96% más. ¿Por qué los aviesos inversores no dan la espalda a unos trabajadores que en algún caso están mejor pagados que los europeos?

Es verdad que, en igualdad de condiciones, el empresario preferirá producir allí donde menos cueste la mano de obra, pero la igualdad de condiciones nunca se da. “Las naciones ricas son ricas porque están bien organizadas y las pobres son pobres porque no lo están”, explica The Economist. “El obrero de una planta de Nigeria es menos eficiente de lo que podría serlo en Nueva Zelanda porque la sociedad que lo rodea es disfuncional: la luz se corta, las piezas de recambio no llegan a tiempo y los gerentes están ocupados peleándose con burócratas corruptos”.

“A mediados de los años 70”, abunda el Nobel Paul Krugman, “el trabajo barato no era argumento suficiente para permitir que un país en vías de desarrollo compitiera en el negocio de las manufacturas internacionales. Las sólidas ventajas del Primer Mundo (sus infraestructuras y capacidades técnicas, el superior tamaño de sus mercados y la proximidad a proveedores clave, su estabilidad política y las sutiles pero cruciales adaptaciones sociales que permiten el correcto desempeño de una economía) más que compensaban diferencias en los sueldos de 10 y hasta 20 veces”.

“Entonces”, continúa Krugman, “algo cambió. Una combinación de factores que aún no entendemos del todo (rebajas arancelarias, desarrollo de las telecomunicaciones, abaratamiento del transporte aéreo) redujo los inconvenientes de fabricar [en Asia]” y países “que se habían dedicado previamente al cultivo de café y yute empezaron a coser camisetas y zapatillas deportivas”.

A diferencia de las autoridades latinoamericanas, las del Lejano Oriente se dieron cuenta en seguida de que a aquellos patronos extranjeros (en su mayoría grandes multinacionales) no podía dejárseles campar a sus anchas, pero en lugar de ponerles encima un burócrata que inevitablemente acababa siendo capturado, lo organizaron de modo que se vigilaran entre sí mediante una saludable competencia. Esta fue la primera clave del milagro asiático. Al obligar a las diferentes marcas a pelear para quedarse con los empleados más productivos, los salarios empezaron a subir y, al cabo de una década, se habían acercado “a lo que un adolescente americano gana en un McDonald’s”, dice Krugman.

La otra explicación del milagro asiático fue la estabilidad. Para granjearse la confianza del capital foráneo, se adoptó una política de gasto muy conservadora: todos los presupuestos se saldaban con superávit y la deuda era prácticamente inexistente. Además, para minimizar el riesgo cambiario y de inflación, se estableció una paridad fija con el dólar. El Gobierno se ataba al mástil de la política monetaria de la Reserva Federal, con lo que cualquier hombre de negocios tenía la tranquilidad de que sus beneficios no se verían diluidos por la depreciación de la divisa local o una devaluación súbita, como era habitual en las repúblicas bananeras.

Esta combinación de bajos costes laborales, libertad de mercado y ortodoxia macroeconómica puso en marcha un círculo virtuoso de inversión, empleo, producción, exportación e inversión de nuevo que permitió a los tigres completar en unas décadas un proceso de enriquecimiento que en Occidente había llevado siglos.

Este éxito cuestionó la tesis entonces dominante sobre la indisolubilidad del matrimonio entre economía de mercado y democracia liberal e incluso se teorizó que Oriente había alumbrado una modalidad distinta y más poderosa de capitalismo, que algunos bautizaron pomposamente como confuciano.

INTERREGNUM: Europa y Japón. Fernando Delage

“La cuestión fundamental de nuestro tiempo—dijo el presidente Trump en Varsovia el pasado 6 de julio—es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir”. Se desconoce si era una pregunta retórica por su parte, pero recordaba aquello que decía Toynbee de que las grandes civilizaciones mueren por suicidio más que por asesinato. Por primera vez desde la segunda posguerra mundial, las amenazas al orden liberal proceden tanto de los enemigos internos como de los externos. Y si alguien no está defendiendo los valores de la Ilustración que han definido Occidente es el propio Trump.

Afortunadamente, otros líderes no se han cruzado de brazos. Y nada simboliza mejor esa respuesta que el acuerdo de libre comercio concluido entre la Unión Europea y Japón en vísperas de la reunión del G20 en Hamburgo. Dos economías que suman 600 millones de personas y representan un tercio del PIB global y un 40 por cien del comercio mundial, se han unido frente al giro proteccionista de la administración norteamericana. Sus implicaciones, no obstante, van mucho más allá.

Como señalaron las autoridades europeas y japonesas, es un acuerdo asimismo sobre “los valores compartidos en los que se basan nuestras sociedades”, la democracia y el Estado de Derecho, y una demostración de la voluntad política de ambas partes de actuar contra la corriente de aislacionismo y desintegración que otros parecen defender. “No hay protección en el proteccionismo”, dijo el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.

Tras el abandono del TPP y del TTIP, Tokio y Bruselas se han visto obligados a defender por su cuenta un orden internacional basado en reglas, que establezca altos estándares (laborales, medioambientales, transparencia…) que también obliguen a las economías emergentes. Para Japón, el acuerdo con la UE implica que esos estándares deberán formar parte de toda negociación que Washington quiera emprender con Tokio. También puede facilitar, como desea Japón, una renegociación del TPP sin Estados Unidos, y elevar la ambición de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP) que negocian 16 economías asiáticas. Para Europa, un acuerdo que sucede al recientemente concluido con Canadá (CETA), expresa su compromiso con la liberalización comercial tras el Brexit y las incertidumbres acerca de la actitud de la administración Trump sobre el proyecto europeo.

En último término, el acuerdo representa de hecho un significativo desafío a Estados Unidos. Los productos europeos accederán al mercado japonés en unas condiciones que no tendrán los norteamericanos y, de manera más que simbólica, se pone en evidencia el creciente aislamiento internacional del presidente Trump. El pacto entre Japón y la Unión Europea consolida la idea de que los acuerdos comerciales no pueden ser simples arreglos bilaterales sobre determinados productos o tarifas. Los derechos de los trabajadores, la reciprocidad en los contratos públicos o la defensa de la propiedad intelectual son, entre otros, asuntos que ya no pueden quedar al margen de los mismos. Con el precedente creado por Bruselas y Tokio, será inviable para la administración Trump mantener su preferencia por un enfoque bilateral.

Suma y sigue, una historia de ciegos. Julio Trujillo

Un paso más hacia… lo mismo. Corea del Norte ha lanzado otro misil hacia el mar territorial del Japón, Estados Unidos ha activado sus defensas en todo el Pacífico y ha alertado de manera especial sus sistemas de alerta y respuestas en las islas Aleutianas y Alaska, el presidente Trump ha recordado a China su deber de contener a la dictadura norcoreana, Pekín ha requerido la retirada del escudo antimisiles de Estados Unidos en Corea del Sur y Japón ha vuelto a reclamar una acción internacional mientras prosigue su discreto pero decidido rearme naval.

En este escenario de empate infinito, pero de riesgo creciente, ya que tanto las acciones del dictador norcoreano como las del atrabiliario presidente Trump parecen inspiradas por los impulsos coyunturales, Europa sigue ausente, sin perfil, perdida en sus laberintos. Recuerda aquella frase del general Colin Powell cuando afirmaba que ante cada crisis de seguridad del planeta, cuando Estados Unidos alertaba a sus fuerzas de seguridad y usaba sus armas, Europa elaborada un comunicado de condena. Esta sistemática colocación de perfil para no salir del todo en la foto refleja, y eso no sería lo más grave, no sólo la tradicional tendencia a rehuir todos los enfrentamientos hasta que el enemigo llama a la puerta, sino la ausencia de criterios. Europa, la Unión Europea, no dice nada, y eso sí que es lo grave, porque no sabe qué decir, no tiene una concepción estratégica del conflicto, ni qué consecuencias puede tener para Europa ni cómo los acontecimientos pueden ser un riesgo o una oportunidad. Nada de eso, Europa es como los delincuentes oportunistas que esperan los acontecimientos y se prepara para ver qué puede rebañar en medio de la tormenta.

Estados Unidos tiene una estrategia. Existe más allá de Trump, aunque éste la gestione desde el impulso, la ignorancia y una vuelta al proteccionismo, por encima de la opinión de algunos de sus asesores. Pero Europa, que quiere aparentar una unidad de acción por encima de los intereses nacionales de sus componentes, encuentra en la inacción la manera de correr riesgos de desunión. En China, como en Libia o en Oriente Próximo, la princesa no decide, sólo se sonroja, da largas e intenta contentar a todos los pretendientes.

INTERREGNUM: Sureste asiático: ¿transición o retroceso? Fernando Delage

El sureste asiático, cuyas diez economías—desde 2015 integradas en la Comunidad de la ASEAN—se encuentran entre las de más alto crecimiento del mundo, representa un espacio decisivo en las redes de producción de la economía global, además de contar con algunas de la vías marítimas de comunicación más relevantes del planeta. El salto dado desde la descolonización en la década de los cincuenta es innegable. También lo es, sin embargo, la insuficiente modernización política de sus sociedades. ¿Por qué algunos de los países más ricos, como Malasia, están rodeados de corrupción? ¿Por qué Tailandia, Filipinas o Birmania no resuelven sus insurgencias locales? ¿Por qué ha habido una marcha atrás de la democracia en la zona?

Michael Vatikiotis, un veterano observador de la región, intenta responder a éstas y otras preguntas en su nuevo libro “Blood and Silk: Power and Conflict in Modern Southeast Asia” (Weidenfeld and Nicolson, 2017). Tres grandes factores explican, según Vatikiotis, los problemas de este conjunto de países. El primero de ellos es la desigualdad: pese a varias décadas de crecimiento sostenido, son las elites locales las que han acumulado riqueza y poder, sin preocuparse por el bienestar general de unas sociedades que, como consecuencia, no perciben los beneficios de la democratización.

Una segunda variable es la irrupción de los discursos identitarios. Sobre bases bien religiosas, bien étnicas, la tolerancia que facilitó la estabilidad del sureste asiático durante décadas está dando paso a nuevas políticas de exclusión. La degradación del pluralismo ha abierto el espacio a los extremismos y facilita la irrupción de conflictos internos, en un proceso ya alimentado por el deterioro de las condiciones socioeconómicas y los abusos de las autoridades. En vez de afrontar este desafío de manera directa y recuperar la tradición local de inclusión, los gobiernos se han dejado llevar por la inercia conservadora que, según creen, les asegura su permanencia en el poder. Líderes elegidos por los votantes pero de perfil autoritario, prefieren manipular etnia y religión —o argumentos de seguridad, como Duterte en Flipinas— con fines políticos en vez de defender los derechos y libertades constitucionales.

Un tercer factor está relacionado con la influencia de las potencias externas. Con un cuarenta por cien de población musulmana (aunque Indonesia representa por sí sola el grueso del total), el sureste asiático no escapa a la competencia entre Arabia Saudí e Irán por el control del islam, como refleja la financiación de escuelas y grupos religiosos, origen de un entorno favorable a la expansión del radicalismo. La creciente proyección económica y diplomática de China en la región está convirtiendo al sureste asiático, por otra parte, en terreno de rivalidad entre las grandes potencias, creando nuevas tensiones geopolíticas.

El futuro inmediato de la región aparece rodeado pues de incertidumbres. La falta de respuesta de los gobiernos a las quejas ciudadanas agrava el escepticismo de las clases medias sobre la democracia, vista como un medio más que como un fin en sí mismo. Pero la persecución de la oposición y el recorte de libertades empujará a grupos sociales a organizarse frente a las autoridades, o a redefinirse sobre bases distintas de la ciudadanía nacional, con la consiguiente amenaza de inestabilidad. El riesgo de sectarismo étnico y religioso en Indonesia y en Birmania, la desintegración del pacto social en Malasia entre malayos, chinos e indios, la permanencia de un gobierno militar en Tailandia, o la debilidad institucional de la democracia filipina reflejan una inacabada transición política interna, contradictoria con la relevancia económica que ha adquirido el sureste asiático en el mundo del siglo XXI.

¿Qué tiene en la cabeza ese niño gordito y loco? Miguel Ors.

El Brillante Camarada Kim Jong-un celebró el 4 de julio, la fiesta nacional de Estados Unidos, con sus propios fuegos artificiales: un misil de carga nuclear capaz de alcanzar Alaska. “La probabilidad de un conflicto catastrófico es demasiado alta como para que nadie se sienta cómodo”, comenta Zack Beauchamp en Vox. Como han hecho las dictaduras toda la vida, Corea del Norte busca un enemigo externo cuando pierde adhesión interna y, dada su acreditada ineptitud, esto sucede bastante a menudo.

El hecho de que disponga de un arsenal atómico hace extremadamente peligrosa esta dinámica. No se trata solo de que un día se le vaya la cabeza a ese “niño gordito y loco”, como llama John McCain a Kim. Sus provocaciones también podrían dar lugar a una respuesta mal medida por parte del temperamental Donald Trump o de la vecina Seúl, donde incluso han considerado la posibilidad de un magnicidio. “Jeffrey Lewis, director del Programa de No Proliferación de Extremo Oriente”, escribe Beauchamp, “piensa que matar a Kim es una opción real […] principalmente para atajar de raíz una posible agresión nuclear”.

Sería, sin embargo, una lástima, porque, a diferencia de su abuelo y de su padre, Kim no es un caso (totalmente) perdido.

En mayo del año pasado, el Brillante Camarada aprovechó el Congreso del Partido de los Trabajadores de Corea del Norte para consagrar la doctrina byungjin o del “desarrollo paralelo”. Por un lado, refuerza el programa armamentístico. “En la reforma constitucional de 2012”, explicaba el investigador principal del Real Instituto Elcano Mario Esteban, “[el país] se presentaba como potencia nuclear”, pero sin especificar si ello implicaba o no la posesión de una bomba atómica. La “línea byungjin reconoce explícitamente este punto” y deshace cualquier ambigüedad.

Esta no es una buena noticia y se interpretó en su día como un peldaño más de la escalera que conduce al holocausto. Pero mientras Kim alimenta con el brazo militar su imagen de guardián del régimen, con el brazo civil desmantela la herencia económica. Porque el otro eje del “desarrollo paralelo” es la liberalización del aparato productivo. “Comienzan a atisbarse”, escribía Esteban, “algunas similitudes” con la transformación iniciada en China hace 30 años, como la privatización parcial del campo, donde ahora “se garantiza a los agricultores un porcentaje de la cosecha que obtienen”.

Bryan Harris afirma directamente en el Financial Times que “Corea del Norte ha pasado de un socialismo férreamente controlado a un modelo básicamente de mercado”. Aunque las estadísticas disponibles son poco fiables (el Instituto de Investigación Hyundai estima que en 2015 la renta per cápita norcoreana creció el 9% y el Banco Central de Seúl, que cayó un 1%), los expertos que viajan con frecuencia a Pionyang coinciden en que “el cambio salta a la vista”. Ha surgido una clase adinerada llamada donju que exhibe su poderío en los cada vez más numerosos restaurantes y comercios. “Según una encuesta realizada a más de 1.000 desertores”, escribe Harris, “el 85% de la población se abastece ahora de alimentos en los mercados y únicamente un 6% depende ya de las cartillas de racionamiento”.

El problema de esta estrategia bífida es que es inconsistente. Si Kim quiere un crecimiento sostenible como el que han experimentado otros tigres asiáticos, necesita captar masivamente capitales y exportar aún más masivamente, y difícilmente lo logrará lanzando cohetes. En algún momento tendrá que elegir entre ser una potencia nuclear o convertirse en un miembro respetable de la comunidad internacional. ¿Y qué hará?

Nos encantaría decirles que ensayos como el del 4 de julio son una mera pantalla tras la que se oculta un astuto plan de transición a la normalidad, pero lo cierto es que el único que lo sabe hoy por hoy es ese niño gordito y loco.

La hora de Francia

Superadas las celebraciones y apurados los primeros tragos amargos por sombras de corruptelas que han obligado a Enmanuel Macron a realizar ya varios ajustes de Gobierno, llega la hora de la verdad, la hora de tomar decisiones importantes y reveladoras de intenciones más allá de los discursos electorales.

Es verdad que el presidente Macron no lo tiene tan fácil como parece. Llegado en una ola de popularidad y apoyo, está sustentado por un partido organizado apresuradamente sobre los resentimientos, los fracasos y las derrotas de las otras formaciones. Esto obliga al presidente y a su Gobierno a decisiones cuidadosamente equilibradas y alejadas de posiciones ideológicas fácilmente etiquetables.

Así, y en la mejor traición francesa, Macron ha tomado decisiones urgentes que estaban pendientes y que apuntan al mantenimiento de criterios proteccionistas respecto a empresas francesas en crisis; por ejemplo, varios astilleros, y ninguna señal de querer la liberalización de un sistema que está fuertemente intervenido en muchos sectores. Una cosa son los discursos críticos con el presidente Trump y otra es poner en marcha medidas que demuestren que está dispuesto a diferenciarse en la práctica.

Sin embargo, hay un vector que empuja a Macron a no ser demasiado proteccionista y nacionalista, y es que la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea le obliga a volver a estrechar los lazos de Francia con Alemania y este país, que no es un campeón del liberalismo pero si temeroso de la excesiva intervención del Estado, va a poner límites a la política francesa.

En todo caso, es Francia y no Alemania el país con más actividad en la política exterior europea, y aspira a ocupar los espacios que pueda en Asia Pacífico. La concepción francesa de su propio papel, el aroma de grandeur, sus propósitos de fortalecer su industria y su presencia militar, la necesidad de proteger a sectores económicos que temen competir con productos asiáticos y sus deseos de volver a los escenarios de Oriente Medio van a marcar cierta política en nombre de Europa que no debemos perder de vista.

El deterioro de relaciones entre Washington y Pyongyang se agudiza. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Otto Warmbier es un buen ejemplo del extremismo que impera en Corea del Norte. Condenar a un joven universitario a 15 meses de trabajos forzados por intentar robar un póster de propaganda del régimen norcoreano es todo un símbolo. Y la gran incógnita que nos deja es cual fue la razón que lo llevó a un coma en el que vivió durante un año y que tras su liberación le produjo su fallecimiento. Esta defunción pone en un punto mayor de tensión, si cabe, las frágiles relaciones entre Washington y Pyongyang. ¿Y ahora qué?

Está claro que todos los intentos de Washington por evitar que Corea del Norte se hiciera con armas nucleares han fracasado. Mucho antes de que Pyongyang comenzara su carrera armamentística, Estados Unidos intentó sin ningún éxito evitarlo. Han sido distintas las maniobras para neutralizar la dinastía Kim con sanciones, ejercicios militares, presión externa, y más reciente el intento del presidente Trump de una maniobra novedosa de acercamiento a China, a pesar de la larga lista de calificativos negativos que usó durante la campaña en su contra Pekín. Trump apostó por pedirle a Xi Jinping directamente que intercediera en la tensa situación entre Estados Unidos y Corea del Norte. Y esta semana pasada, justo después de que fuera anunciada la muerte del estudiante, Trump publicó a través de un twitter que al menos sabe que China lo intentó. Sin embargo, no funcionó.

Mientras tanto, en el otro lado del Pacífico se llevaron a cabo maniobras aéreas de mano de los japoneses en cooperación con los estadounidenses a pocas horas de conocerse la noticia de la muerte de Warmbier. Al respecto, el medio oficial del régimen de la dinastía Kim dedica un par de editoriales en los que advierten a Japón de que podrían convertirse en su objetivo, además de recordarle a Corea del Sur que seguir a Trump los llevará a un desastre.

En medio de esta grave situación de dimes y diretes, la Administración estadounidense está intentando tomar el control de la situación. El pasado miércoles, en otro intento diplomático, se llevó a cabo en Washington una reunión de alto nivel entre funcionarios estadounidenses y chinos en la que el Secretario de Estado, Rex Tillerson, recordó a China “que tienen una responsabilidad diplomática de ejercer mayor presión económica y política al régimen de Kim Jon-un, para prevenir una escalada de violencia en la región”. Mientras, el Secretario de Defensa, James Mattis, afirmaba que los Estados Unidos seguirán tomando las medidas necesarias para defenderse y defender a sus aliados. Todo apunta a que aumentarán su presencia militar en la región y que la Administración Trump continuará presionando para conseguir que sean impuestas más sanciones a la dinastía Kim, a la vez que Tillerson terminaba el encuentro anunciando que Trump visitara a China en el transcurso de este año, como quien quiere ofrecer un premio con el que ejercer coerción diplomática.

De acuedo con David Sanger y William Broad, periodistas del New York Times, Estados Unidos está jugando un papel clave en el gran número de misiles fallidos de Corea del Norte, que explotan en el aire, que se desintegran o acaban en el mar. Hace tres años Obama ordenó intensificar los ataques electrónicos a Corea del Norte. El 88% de los lanzamientos de sus misiles han fallado, por lo que afirman que es parte del sabotaje de los estadounidenses a los programas cibernéticos al régimen de Pyongyang.

Sin embargo, reconocen que hay un grupo de expertos que se muestran escépticos con esta teoría y que explican que el margen de error puede deberse a problemas técnicos y/o de manufactura. Advierten que la prueba de que no estarían manipulados por Washington está en que en los últimos meses los coreanos del norte han lanzado 3 misiles de mediano alcance con éxito.

En lo que sí coinciden casi todos los expertos es en que Pyongyang tendrá un misil nuclear antes de que el presidente Trump termine su periodo presidencial. Y a esa amenaza Washington ha respondido aumentando sus radares de alerta temprana en las principales bases militares del país. Solo en la costa oeste, la más vulnerable a un posible ataque norcoreano, se han instalado 36 interceptores capaces de neutralizar misiles en vuelo. Paralelamente a los intentos diplomáticos y pacíficos se ha conocido que la Casa Blanca está valorando un ataque a Corea del Norte, en el que se pretendería erradicar el régimen cuyo tercer heredero ha potenciado drásticamente su carrera armamentística.

Las dudas no son pocas. Sólo la geografía de Corea del Norte es un gran obstáculo por su complejidad montañosa, además de la dificultad de acabar con el presidente norcoreano, pues Kim Jong-un, como todos los dictadores de su horma, está muy obsesionado con cambiar permanentemente de ubicación.

Esperemos que ante esta posible y drástica amenaza China reaccione con inteligencia y ponga a Kim Jong-un entre la espada y la pared. China cuenta con los mecanismos pra hacerlo, las caudalosas cuentas de las figuras del régimen están en sus bancos, así como el origen de la mayoría de las importaciones que salen de China a Corea del Norte. Esperemos, en fin, que la cordura sea el timón de este barco que cada día está más a la deriva y con rumbo muy negro.

China podría conseguirlo con el beneplácito de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El Pacífico es el océano más extenso del planeta, una región que incluye unas 25.000 islas y costas de unos 52 Estados cuyos usos, tradiciones y recursos naturales han moldeado el sistema económico regional. Y a pesar de las profundas diferencias y desigualdades entre países tan opuestos como Australia y Camboya, la necesidad de impulsar sus economías ha permitido el establecimiento de un variado grupo de asociaciones que promueven los intercambios comerciales y facilitan la inclusión de economías menos competitivas en el juego.

Fue esta idea la que impulsó la creación del hoy agónico TPP, al que China no pierde de vista mientras sugiere opciones alternativas como la Asociación Económica Integral Regional (RCEP por sus siglas en inglés) y la Asociación de Libre Comercio para el Asia- Pacífico (FTAAP).

La exclusión de China del TPP tuvo una razón lógica: dejar al gigante asiático fuera para evitar que se hicieran con el dominio regional. Y mientras se llevaban a cabo las conversaciones para materializar el TPP, Beijín creaba alternativas de las que ellos pudieran formar parte y sobre todo liderar. El TPP fue pensado para ayudar a las economías, razón por la cual facilitaba el crecimiento de sus miembros, a pesar de su tamaño; y se regían por los derechos de los trabajadores reconocidos por la Organización Internacional del Trabajador, lo que fundamentalmente se traduce en protección a los trabajadores y persecución a la corrupción. Este marco legal incomoda al gobierno chino, pues su modo de operar dista mucho de estas formalidades y funciona en un marco de amplios beneficios propios con limitadas restricciones.

Los acuerdos comerciales modernos en la región asiática comenzaron en la década de los 60. La Asociación de Naciones del Sudoeste Asiático (ASEAN por sus siglas en ingles), que cuenta con diez miembros, fue de las primeros en establecerse. El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) es actualmente la organización que cuenta con más de 20 países junto con la Asociación de Libre Comercio para el Asia- Pacífico (FTAAP), que fue concebida bajo la cumbre de la APEC en Lima el año pasado, y tiene una ambiciosa meta que consiste en conectar las economías del Pacífico desde China a Chile, incluyendo a los Estados Unidos.

De acuerdo con China Daily la razón por la que se consiguió firmar el FTAAP fue debido a las previsiones de crecimiento publicadas por la Organización Mundial del Comercio para el 2016, que no se cumplieron, pues fue un año difícil para la economía y sobre todo para los intercambios, lo que hizo que se redujeran las previsiones hechas para el 2017. De entrar en vigencia, aunque fuese solo con las 21 economías que firmaron, se convertiría en la zona de intercambios más grande del planeta, con el 57% de la economía mundial, lo que representaría casi la mitad de los intercambios internacionales.

La Asociación Económica Integral Regional (RCEP), por su parte, es un acuerdo de libre comercio que incluye a China, India, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda junto con los países de la ASEAN (Filipinas, Indonesia, Tailandia, Brunei, Malasia, Singapur, Vietnam, Laos, Myanmar y Camboya). De entrar en vigor este bloque económico representaría alrededor del 30% de la economía y un cuarto de las exportaciones del mundo. A pesar de que el origen de RCEP es del 2012, no se ha logrado concretar aún. China respalda esta iniciativa y ha abogado por su aprobación, sin embargo, Deborah Elms, Directora Ejecutiva del Centro de Intercambios de Asia sostiene que la razón por la que todos los países del ASEAN están dentro es porque fueron arrastrados a participar por el hecho de que se les abría un nuevo mercado de oportunidades con los 6 grandes (China, India, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda) con los que no tienen acuerdos comerciales.

En este momento todas las opciones están en la mesa. Sin TPP y con un Trump sin interés en asumir el rol de líder en Asia, mientras Xi Jinping sigue acumulando riqueza y mayor liderazgo internacional, da la impresión de que la desesperación del abandono puede cobrar su precio. Beijín apuesta por dos vías estratégicas: La Asociación Económica Integral Regional (RCEP) y la Asociación de Libre Comercio para el Asia – Pacífico (FTAAP), la segunda más ambiciosa que liberaría más de la mitad de los intercambios comerciales llevados a cabo a día de hoy. En ambos casos, China estaría a la cabeza y contrariamente a lo que afirmó Obama siendo presidente, China escribirá las reglas del comercio mundial, lo que se traduce en mayor crecimiento de su economía y mayor influencia internacional.

INTERREGNUM: Daesh en el sureste asiático. Fernando Delage

El ataque a la ciudad de Marawai, en la provincia filipina de Mindanao, por parte de un grupo vinculado a Daesh desde el pasado 23 de mayo, —hecho que ha causado más de 200 víctimas y provocó la declaración de ley marcial por parte del presidente Rodrigo Duterte—, podría marcar el comienzo de un nuevo frente del terrorismo islamista en el sureste asiático. Se trata de la primera vez que se persigue la doctrina de lucha armada del Estado Islámico—ocupar territorios para imponer la sharia—en un entorno urbano en esta parte del mundo.

Diversas fuentes han confirmado la presencia de indonesios y malasios, además de filipinos y radicales de otros países—como uigures, saudíes y chechenos—en las filas de Maute, un grupo apenas conocido hasta la fecha. Según el gobierno de Indonesia, al menos 1.200 terroristas desplazados desde los campos de batalla en Irak y Siria se encontrarían en el sur de Filipinas, convertido, por unas características geográficas que limitan la capacidad de control del gobierno, en el epicentro de la infiltracion del Estado Islámico en la región. Algunos especialistas temen que la red de Daesh en la zona puede estar más extendida de lo que se pensaba con anterioridad.

Maute, el grupo que ha irrumpido como núcleo de la red islamista local, fue fundada por Omar y Abdulá Maute, dos hermanos que, tras trabajar durante unos años en Oriente Próximo, regresaron a Filipinas imbuidos de ideas radicales. Sus militantes se suman así a otras tres organizaciones relacionadas con Daesh en el país: Abú Sayyaf, Ansarul Khilafah, y los Luchadores Islámicos por la Libertad de Bangsamoro (este último es una escisión del Frente Moro de Liberación Islámico). Por el contrario, la Jemaah Islamiyah, basada en Indonesia, en su tiempo vinculada a Al Qaeda y considerada como la principal amenaza terrorista en el sureste asiático—fue la responsable del atentado de Bali de 2002, que causó 202 muertos—, ha declarado su oposición ideológica al Estado Islámico.

La cuestión para los gobiernos de la región es qué hacer con respecto a estos militantes que regresan a sus países con la voluntad de recurrir a la violencia para imponer su visión islamista. Su retorno se produce en un contexto en el que la tradicional moderación religiosa en países constitucionalmente laicos como Malasia e Indonesia, está siendo sustituida por una gradual islamización que, por complicidad o mera inacción, impulsan las propias autoridades. Estas circunstancias no ayudan a afrontar un fenómeno—el extremismo islamista—que podría convertirse en un creciente desafío a medida que Daesh se retire de los desiertos del mundo árabe.

En unos días o semanas, Manila declarará su victoria sobre Maute. Pero la alianza entre las distintas organizaciones radicales supondrá una grave amenaza si estos “soldados del Califato” deciden replicar las tácticas insurgentes ya empleadas en Siria o Irak. Si sus ideas y acciones violentas continúan extendiéndose, los gobiernos locales tendrán que actuar de manera conjunta, y recurrir a la ayuda de terceros. No es casual que Duterte haya reducido su tono de denuncia de Estados Unidos y solicitado su “asistencia técnica” a las fuerzas armadas filipinas.

Un escudo con tensiones. Julio Trujillo

A pesar de que los analistas consideran un riesgo moderado la posibilidad de un enfrentamiento con Corea del Norte, Estados Unidos y los países vecinos a la autocracia coreana llevan muchos meses en un alto nivel de alerta con despliegue creciente de fuerzas capaces de responder anticipadamente y de tecnología para neutralizar eventuales ataques. Predomina la doctrina de que quien tiene capacidad para hacer daño puede hacerlo y hay que prevenirlo. Toda la ilusión por mantener la estabilidad, pero toda la preparación para ganar la guerra.

Una de las medidas tomadas por Estados Unidos con sus aliados fue la instalación en Corea del Sur de la Terminal de Defensa de Área a Gran Altitud (Thaad, por sus siglas en inglés).

El sistema está operativo y tiene la capacidad de interceptar misiles norcoreanos y defender a Corea del Sur, señalaron las Fuerzas de EE.UU. en ese país a través de un comunicado en aquel entonces. Pero no era del todo verdad. Tras unos meses el sistema está parcialmente operativo. Se sabe que el dispositivo de defensa puede interceptar misiles que en un futuro podría lanzar Corea del Norte, aunque todavía el Thaad no alcanzó su capacidad operativa completa.

Se esperaba que el sistema de defensa llegara a estar plenamente en funcionamiento en los próximos meses. Sin embargo, hace unos días la oficina presidencial de Corea del Sur anunció que se paralizaba el despliegue del escudo antimisiles ante la necesidad de que se someta a un estudio detallado de impacto ambiental. A nadie se le oculta que el nuevo presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, es partidario de una política más suave con su vecino del norte y de abrir puertas a una eventual negociación y el escudo antimisiles no sólo ha molestado, como es obvio por su exhibición de fuerza, a Corea del Norte, sino que ha sido criticado por China que ve en el sistema un avance de posiciones de ventaja estratégica para Estados Unidos.

El sistema no puede interceptar un hipotético ataque chino con misiles balísticos sobre territorio continental norteamericano. Lo que preocupa a Pekín son los potentes radares de banda X del sistema, que pueden detectar inteligencia de señales y movimientos militares en profundidad en territorio chino.

A la cúpula militar de China le preocupa que estos podrían ser utilizados para detectar lanzamientos de misiles chinos y alimentar los datos de los sistemas defensivos de Estados Unidos, por ejemplo, misiles interceptores basados en EE.UU., que afectan potencialmente la capacidad disuasoria de China. Pero EE.UU. ya cuenta con potentes radares en Japón y un sistema Thaad en Guam. No es fácil cuantificar el beneficio adicional que los radares de Thaad desplegados en Corea del Sur tendría para el Pentágono. Pero proporcionarán a los surcoreanos una nueva e importante capa de defensa frente a ataques con misiles.

Paralelamente a esta decisión, Estados Unidos probó su propio escudo antimisiles, como analizó 4asia.com, con resultados completamente satisfactorios, según fuentes del Pentágono.

La respuesta de Corea del Norte ha sido una nueva andanada de misiles sobre el mar de Japón como una prueba, un pulso más en la escalada de tensión. Esto resta capacidad de maniobra al presidente surcoreano Moon y sube un grado la preocupación y la alerta de Japón.

Así están las cosas mientras China, que insiste en la posibilidad mediar en una solución que rebaje la tensión no encuentra la respuesta que espera de Corea del Norte ni la confianza completa de Estados Unidos y sus aliados en la zona.